[Lo que miro desde el surco] Indi-gentes

by Carmen Aggi Cabrera 265

Por: Rodolfo Figueroa

rodolfo200x20011/noviembre/2016 La Ciénega, Jalisco. (LF) Atravesando cada rincón del pueblo desparrama su tristeza. Va bañando de lágrimas, a paso de nostalgia, las piedras del camino en donde no nace nada. Refugiado y cubierto por fortalezas de plásticos, botellas y otros basurales, duerme. Sueña casi siempre con delicias  y texturas suaves que nada tienen que ver con su vida de ahora.

Anteriormente fue patrón. Fue don señor. Hombre de voz gruesa e imperativa. Habitaba en mansión de persianas, candiles y alfombras. Comía a sus horas, no porque tuviese hambre. Era de muchas palabras y abundantes sonrisas. No conocía el polvo ni la tierra. De carnes y caviares sabía, y tenía. Caminaba poco pero se ejercitaba mucho. Estuvo en la opulencia, en los adentros de la plétora, regocijándose entre tesoros.

Pero don destino fue mas fuerte y muy cruel. Don destino brutal, don destino desalmado le dio un giro sin vértigo. Lo aventó a la calle. Sin ropas, sin monedas, sin sonrisa lo obligó a caminar, a empolvarse, a sudar la gota gorda, a conocer el aroma de la indigencia. En un golpe frenético el destino lo volteo a la vagabundez. Sus posesiones, embargadas, ahora ni mirarlas puede. Los únicos artículos de lujo que ahora le quedan son el viento y la luz de los días. Aunque nadie los valore para el son lo único. Porque la familia, lo abandono. Y tierras, nunca tuvo ni compró ni heredó.

Por entre veredas y brechas mal trechas encuentra ahora los motivos para vivir. Mirada agachada, el siempre tropieza con piedritas y otros objetos que la gente ni percibe. Se enajena mirando los charcos de las calles, en ellos se adentra descubriendo el mundo que ahí habita. Ahora eso ha pasado a ser el sentido de la existencia, la razón de su miserable vida. Porque a la gente ya le perdió la fe. Dejo de sentir empatía con la raza humana desde que fue por ella traicionado, robado, demolido. Hoy en día ya no le interesa el trato con las personas. Prefiere la amabilidad y sencillez de las piedras, de los animales callejeros y de la luna fiel. Sus mejores amigos se desvanecieron igual que su fortuna económica. Sus familiares lo negaban por el hecho de ya no tener mansiones, lujos, esplendores u ostentaciones magníficas.

Mientras camina recuerda. Mientras recuerda olvida. Irónica se ha vuelto su existencia. Ahora la gente ya no lo procura. A veces le invitan la comida, en otras ocasiones, una ofensa. El se ha vuelto a construir varias veces, luego de que lo deformaran los golpes. Pasó por debajo de camionetas, golpeó con su cabeza la punta de los pies de varios hombres, su panza dio abrigo a muchos puñales, dagas y cuchillos, bebió litros y litros de agua fétida, la hizo de brincolín humano, sirvió de blanco a donde varias balas acertaron, dio de piocházos contra varias banquetas y frecuentemente cabeceaba embaces, martillos, rocas, palos y bardas. No ha recibido premio ni reconocimiento por eso. Ni la televisión, ni la radio, ni los periódicos han sacado reportaje de su resistencia y apego ferviente a la vida.

Más de una vez ha preferido soltarse, dejar la cuerda, cortarla y caer al abismo de la muerte. Pero hasta la muerte lo discrimina. Frecuentemente lo empuja a la salvación, a la permanencia. Le han inyectado sangre, le han cerrado los agujeros de las heridas, le han transferido dosis exponenciales de firmeza existencial.

En los días sin luz, días nublados, días de hambre y dolor ha conseguido sobrevivir, sobremorir. En su memoria ya no caben los tiempos idos, ya no llegan aquellos días de comodidad y despreocupación, en su lugar están ahora la intriga de la deriva y la construcción de estrategias de supervivencia. Su mente se ocupa ya no de contar dinero, sino de contar sus pasos, los días, las estrellas. Calcula la fuerza de su cuerpo para recorrer la distancia hasta su punto final que más bien parece guión infinito, eterno, imperecedero. Lamentarse, no tiene caso. Sólo aguantarse, resignarse y seguir andando en contra de todos los contras y recontras reconstruidos.

La gente lo ve pasar y lo primero que se dice es que ahí viene “el loco”, “el inadaptado”, “el demente”. Nadie lo saluda aunque el en sus malos días desee buenos días a los demás. Aunque el, “el trastornado mental”, no pronuncie frases incongruentes, es despreciado. A pesar de que el, “el alterado del cerebro”, desearía que la gente comprenda la vida antes de caer a la situación en que el se encuentra, es  repudiado. Si bien, “el perturbado emocional”, no hace daño a nadie ni molesta a sus vecinos, es menospreciado porque sus ropas hablan del estado social y su cara delata al sistema que lo condena.

El, hombre de harapos y sabiduría no convencional, ya no le teme a nada. El miedo es lo que menos existe en su ser. Los únicos temores que le quedan son que el sol no salga, que ya no llueva, que el viento cambie de aire, que la gente pierda la palabra verdadera, la que viene del alma y no de fuera.

El son varios: indigentes y vagabundos que por aquí pasan. Caminando nomás andan. Sintiendo el flujo de la vida y la rotación de la tierra. Penando por ser solos. Disfrutando de ser solos. Buscando la compañía en el pasto, en las botellas, en las sábanas. Descubriendo amistades en el aislamiento, en las veredas, en el viento, en la noches y en los resquicios del misterio.

 

Comments (265)

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