[Idas y vueltas] Arriba el América…

by Néstor Daniel Santos Figueroa 0 views603

Por: Néstor Daniel Santos Figueroa

Nestor28/diciembre/2016 Guadalajara, Jalisco. (LF) La ética pública está formada con valores más o menos compartidos por una sociedad democrática. No sólo sirve para identificar y defender los principios básicos que hacen posible la convivencia, sino para observar también los que se oponen a ella y que, eventualmente, pueden llegar a convertirla en un desafío insoportable. Me refiero a los valores que privilegian el egoísmo y que contradicen, con las conductas que se desprenden de ellos, la posibilidad práctica de organizar la vida en común.

La gente suele reconocer ese tipo de actitudes opuestas a la ética de la convivencia como faltas de respeto al derecho ajeno: el vecino que le sube al volumen de su equipo de sonido en la madrugada; el que estaciona su coche en la cochera del otro y le impide salir; los jóvenes pandilleros que marcan su territorio pintando todas las paredes del barrio; los que cierran las calles para organizar una fiesta; los que tiran basura por todos lados; los que se adueñan de las banquetas para cobrar el lugar de estacionamiento; los que se apropian de los espacios públicos para colocar puestos de venta ambulante.

Todos ellos y sus muy numerosas variantes, responden sin más a sus intereses particulares y, en el fondo, no difieren gran cosa de los policías que cobran mordida para eludir a la ley, desde una esquina hasta las redes del narcotráfico, o de los políticos que se llevan el dinero público a casa, o utilizan los medios que están a su alcance para ensanchar sus ámbitos de poder y riqueza particulares.

Cierto: estos últimos tienen mayor responsabilidad, porque asumieron un puesto público con la obligación de actuar a nombre de todos, mientras que los primeros lo hacen a título personal. Pero detrás de esos dos espécimenes está la misma teoría: la del gandalla.

Es decir, del que asume (como el primer hombre malo según Rousseau) que todo lo que tiene a la vista le pertenece, mientras no haya nada ni nadie que se lo impida. Para el gandalla el espacio público es un territorio de conquista privada: lo público no es un espacio civilizado y regulado por normas básicas de respeto y convivencia en común, sino el lugar en el que puede desplegar libremente sus aficiones y sus deseos personales.

El gandalla traslada sus pulsiones privadas a los lugares públicos y, al mismo tiempo, se adueña de los espacios comunes siempre que puede. Y mientras más lo hace, más éxitos acumula, pues de eso se trata: de imponer sus intereses propios del signo que sean, en todos los sitios y de todas las maneras posibles. Para el gandalla no hay leyes, sino obstáculos físicos: si no se adueña de más espacios no es porque respete el derecho ajeno, sino porque no puede hacerlo.

Todos estos son valores contrarios a una ética democrática de la convivencia. Privilegian al más fuerte, al más cínico, al más rico, al más poderoso y excluyen a quienes no pueden ni tienen los medios para defenderse por sí mismos. En tal sentido, los gandallas son veneno puro contra la democracia. En conjunto, constituyen una enorme estupidez colectiva. Así pues, son como aquellos que se sienten orgullosos de triunfos de un equipo conseguidos con la teoría del gandalla, y que cuando ganan o pierden, cuando logran colarse en la fila del tráfico, cuando ocupan un asiento amarillo sin ser discapacitados, y ante cualquier reclamo solo saben decir: ¡Ódiame más!

(Podrán estallar mil revoluciones, pero mientras en México haya más gandallas que revolucionarios, nada cambiará…)

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