[Lo que miro desde el surco] Un colapso

by Rodolfo González Figueroa 12

Por: Rodolfo González Figueroa

11/agosto/2017 La Ciénega, Jalisco. (LF) Su sombra le pasa por un costado y lo rebasa. Su perro ya no le nueve su cola. No tiene aliento siquiera para darse cuenta de esa situación. Vive sobre muriendo de soledad. Un amanecer más otra desgracia.

Camina en las tardes, por los campos, bordeando el canal, bordeando la muerte. No le interesa ya la vida. De la muerte, sólo sabe que es destino. Tiene pensamientos lejanos, pensamientos de la infancia, tiempo aquel de alegría.

Aunque el polvo de la miseria le oculta otros recuerdos y el agua que cae del cielo no alcanza para lavarle por lo menos la penuria de su mirada.

Quiso alguna vez sembrar su propia parcela y sacar maicito para darlo de comer a las chivas para después ordeñar y beber su leche, pero se las robaron y después, en un fraude, le arrebataron la tierra donde ahora se siembra caña que cada vez que la queman no resiste la invitación al fuego.

También intentó cierta ocasión sembrar hortalizas en el patio de su casa para comer sano y vender a sus vecinos fruta fresca y natural, pero como no tenía papeles, el gobierno embargó su casa y en su lugar ahora está establecido un salón de eventos donde jamás es invitado a las fiestas que se realizan.

Arriesgó todo y pretendió brindar su amor, su corazón, sus sentimientos y sus sueños a una mujer, pero como era moreno y pobre, ella lo desprecio y se fue con un fulano blanco y ricachón.

Está harto de la vida, harto de tanta decepción. Pero más más harto está del hambre.

Uno lo ve venir y pide comida; –“ando harto de hambre, un pancito por favor”

Aguantar ya no puede y piensa que si morir es destino de las personas, sería bueno buscar el camino.

Ha intentado todo lo posible para quitarse la vida y justo en el momento culminante le han interrumpido su osadía o lo han llevado a desintoxicar. Lo han vuelto a la vida cuatro veces. Hasta la muerte lo rechaza.

Ahora la lluvia arrecia y el abraza fuertemente a un árbol de parota. Le empieza a platicar sus desventuras, sus malogros. La parota lo escucha, mientras mueve sus ramas al ritmo del viento de la tormenta. Siente un poco de felicidad, porque al menos está siendo escuchado. Pero de pronto se descarga un letal rayo justo en la rama más gruesa del árbol y esta cae sobre el hombre.

Siente desvanecerse. Siente todo el dolor y ríe. Ríe plenamente. Después, se queda tieso, y callado, más callado que nunca.

 

 

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