Cerro colorado; historias de pobreza y promesas incumplidas | Investigación Especial

by Mayra Vargas 485

Autlán de Navarro ocupa el penúltimo lugar en la región Sierra de Amula en índice de pobreza con el 33.2 por ciento, de acuerdo al IIEG. Chiquilistlán encabeza la lista con el 77.9 por ciento.

22/agosto/2017 Autlán, Jalisco. (LF) Doña Mary vive en Cerro Colorado, su casa no tiene drenaje, ni agua potable, ni energía eléctrica, servicios que son básicos. Su condición la obligó, entre enero y febrero de este año, a pagar 800 pesos en la Dirección de Agua Potable del gobierno local para tener el servicio, sin embargo de la llave no ha caído ni una gota. Sigue acarreándola de donde puede.

Ella es una de las 19 mil 31 personas que viven en Autlán de Navarro y se encuentran en situación de pobreza extrema. El municipio tiene una población de 60 mil 572 personas, según datos de la Encuesta Intercensal del INEGI, realizada en 2015; de esta cantidad, el 33.2% es pobre, de acuerdo con datos del Instituto de Información, Estadística y Geográfica, el IIEG.

Cuando eres pobre, los ingresos son insuficientes para adquirir bienes y servicios que requieres para satisfacer tus necesidades y esta condición vulnera la dignidad de las personas, limita sus derechos, impide que puedan satisfacer sus necesidades básicas y esto impide que tengan una plena integración social.

Las personas en situación de pobreza padecen el rezago educativo, tienen problemas para acceder a los servicios de salud y a la seguridad social; también carecen de una vivienda con servicios básicos, como Doña Mary.

Hace aproximadamente quince años dejó su tierra natal en el Estado de Guerrero y llegó a Autlán en busca de una vida mejor. Era soltera, se vino a esta región porque le dijeron que aquí podría encontrar trabajo en el campo y así ocurrió. A su esposo lo conoció en el corte de chile, se juntaron y tuvieron tres hijas. Aunque su vida ha mejorado en este lugar, siguen siendo pobres y lo que ganan no les alcanza; en ocasiones no han tenido para comer.

Ella sigue trabajando en el corte, junto con su hija mayor y su esposo; dice que en ocasiones se quedan en Autlán a trabajar, a veces “los mueven” para El Limón o Unión de Tula, en la siembra y corte de chile y maíz, o en lo que haya:

“Pues sí es cansado y todo, pero qué voy a hacer, a ver dígame qué voy a hacer, a dónde vamos a ir para traer para comer, mis hijas (las dos menores) van a la escuela, ésta ya no me quiso estudiar (la mayor)”. Mi otra hija quiere trabajar (la segunda), viendo que está duro, pues quiere mejor trabajar porque como dice uno, no hay ni para comer. Pues (cuando no hay para comer) tengo que buscarle, endrogarme para que coman, porque el hambre es hambre, pidiendo a ver quién me presta dinero y después devolverlo, así me la paso”, dijo doña Mary entrevistada en su casa, junto con sus tres hijas. 

Dolores, la hija mayor de doña Mary ha sufrido las consecuencias de la pobreza. No sólo se ha enfrentado a la falta de alimento, también dejó de estudiar porque consideró que en su casa era más necesario el dinero para sobrevivir, que ir a la escuela. Ella apenas terminó la primaria y cambió el salón de clases por el surco. Dolores forma parte del 19% de las personas que sufren el rezago educativo en Autlán, es una de las 10 mil 908 personas en esta condición, reconocidas por el IIEG.

A pesar de su situación, su madre quiso evitar que desertara de la escuela, pero fue en vano:

“Yo le dije, del trabajo de diario te vas a cansar y ahora ya está viendo que sí se cansa y pues ni modo, ya no quiso estudiar, chíngale y póngase a trabajar, porque no queda de otra…(no siguió estudiando) porque ella ve que no hay dinero, que piden en la secundaria libros y toda la cosa,  se tienen que pagar algunas cosas y es lo que no quiere ella, porque ve que trabajamos y trabajamos y no nos alcanza”, lamentó doña Mary. 

Una vida marcada de esfuerzos 

Esta vivienda se ubica en la parte más alta de Cerro Colorado. (Foto: Mayra Vargas)

Llegar a Autlán fue como conquistar el sueño americano. Cuando se juntó a vivir con su pareja decidieron comprar un terreno para construir su casa. Un señor les ofreció un terreno en la parte alta de Cerro Colorado, en 15 mil pesos. Juntaron el dinero y lo compraron, aunque el vendedor no les dio un documento que amparara la compra, es decir, la venta fue “de palabra”. Así, adquiriendo deudas con el patrón, poco a poco fueron construyendo su casa:

“Endrogándonos construimos la casita. Nos van descontando y nos viene quedando poco. Fíjese, ganamos 180 (al día), ¿Con cuánto salimos a la semana? Y con lo que nos descuentan, qué nos viene quedando, pues nada. Y pues pidiendo (prestado) vamos saliendo delante”, dice. 

Su casa fue edificada con ladrillo, el techo es de lámina. La cocina es de madera con techo de cartón. Ellos tienen una vivienda, pero sin servicios básicos. Esto ha obligado a doña Mary a ir a la presidencia municipal a pedir que les conecten dichos servicios, pero no le han hecho caso, porque le dicen, vive en una zona irregular y considerada de riesgo:

“No tengo drenaje, nada. El agua de los trastes pues la riego aquí (señala sus plantas). Para lo del baño tenemos la poza ahí, ya se llena, la tapamos y ponemos otra. También a eso fui a la presidencia y dicen que sí van a venir a arreglar y todo eso, pero no vienen…

Estuve yendo estos meses pasados, vinieron a ver y midieron pero ya no han regresado”, lamentó.

Doña Mary lamenta que las autoridades locales los tengan en el olvido y sólo los busquen cuando es tiempo de elecciones, después, no regresan.

Tener agua, drenaje y luz en Cerro Colorado, una odisea

El niño se dirige hacia el tambo que les sirve como baño. (Foto: Mayra Vargas)

En el centro de Autlán se vive una realidad distinta a la de la periferia: en un día normal, al transitar por el Centro Histórico y colonias cercanas, vemos a las personas regar agua en sus banquetas como un acto cotidiano, le abren al grifo y la tienen de forma inmediata. Los vecinos se bañan sin preocuparse, no padecen el desabasto.

La realidad cambia conforme uno se aleja de la zona centro; los vecinos de Cerro Colorado y los suburbios, sufren diario la falta de agua. Familias deben acarrearla en cubetas o tambos para bañarse, lavar los trastes y hacer el quehacer del hogar.

Elvira y Mario también viven en Cerro Colorado, en la parte más alta. Tienen cuatro años pidiéndole al gobierno local que Agua Potable les conecte una toma en su vivienda, la respuesta que les dio la autoridad fue negativa porque su casa era de madera:

“Que no nos podía dar toma de agua porque teníamos casa de madera, que teníamos que hacer de ley, de ladrillo”, recuerda don Mario.

La necesidad los obligó a contraer una deuda para construir al menos un cuarto, no fue de ladrillo, usaron bloque porque les salía más barato. Hace dos años, por fin, les pusieron su toma, pero no sale agua. Esto orilló a Elvira a negociar con una vecina, le paga mil pesos al año para que le permita conectar una manguera a una de sus llaves y por medio de ésta proveerse del líquido, aunque la mayoría de los días la presión es insuficiente para que el agua llegue hasta sus cubetas, por eso, la acarrean de donde pueden.

Mario lamenta su situación y la de muchos vecinos, que por necesidad compraron sus lotes entre 15 y 20 mil pesos sin obtener certeza jurídica, reconocen que viven en una zona irregular y por ello, padecen la falta de servicios, pero su condición no les permite comprar en otro lado:

“La luz, una señora de allá me la pasa, llega de 100 pesos y yo le mando 150 por mes, me friega con lo de la luz, pero la necesitamos”, lamenta Elvira.

El tendido de la Comisión Federal de Electricidad no llega hasta la parte más alta de Cerro Colorado. Las autoridades les prometen que pronto instalarán lo necesario para que todas las viviendas tengan luz, pero ese momento no ha llegado.

Además de esto, Mario debe ingeniárselas para satisfacer las necesidades fisiológicas: cava un pozo lo más profundo que puede, consigue un tambo de lámina y lo coloca en el hoyo, cerca un espacio de dos a tres metros cuadrados en donde coloca una taza y ahí defecan. Los desechos caen al tambo enterrado y cuando se llena, lo cubren con tierra y busca otro lugar para cavar el pozo que será su nuevo baño.

“El excremento y el orín cae a los tambos que enterramos, pronto se consume (la capacidad) y le digo a él, cómo vamos a andar (defecando) al aire libre, pues no, así que mejor ahí hacemos, en los tambos”, narra Elvira.

Están cansados de vivir esta situación y para solucionar de manera temporal el problema y dejar de usar los tambos, han apelado a la solidaridad de los vecinos, para que les permitan conectarse al drenaje de las viviendas ubicadas más abajo, que sí cuentan con el servicio, pero no se los han permitido:

“Les hemos pedido el favor, pero no quieren, les decimos que les damos algo de dinero porque nos dejen conectarnos pero no quieren”, lamenta.

No hay dinero para enfermarse

Aquí vivía una familia pero abandonó el lugar porque carecía de agua, drenaje y energía eléctrica.  (Foto: Mayra Vargas) 

Mario gana 180 pesos al día por una jornada de ocho horas en el campo. Su patrón no le otorga Seguridad Social y cuando se enferma él, su esposa o su hijo, debe acudir con un médico privado:

“Es mucho trabajo y poco dinero y sin seguro (social), porque (los empleadores) le hablan a uno sinceramente, no hay seguro”, cuenta sentado junto a su esposa.

Él es una de las 29 mil 596 personas en Autlán que no cuentan con Seguridad Social de acuerdo al IIEG. El 51.6% no tiene acceso a ello.

Su esposa cuenta con el Seguro Popular. A sus 36 años padece artritis reumatoide, le extirparon un ovario y ahora sufre de hemorragias debido a un tumor que tiene en su matriz. Necesita una cirugía, pero el Seguro Popular no se lo cubre y no tienen dinero para pagarla en una clínica privada:

“Yo antes vendía tacos, pasteles, pozole. Diario vendía tacos en la noche y aparte los domingos, menudo y hacía tortillas. Diario me levantaba a las cinco de la mañana a hornear pan, porque vendía pastel de tres leches en Villa Purificación y en Casimiro Castillo, por rebanaditas. Me mojaba mucho, de lo caliente a lo frío y yo creo que por eso me dio la artritis. Tengo cinco años con esto”, dice mientras se soba las manos.

No puede evitar que su voz que quiebre cuando piensa que conforme avance el tiempo, su enfermedad le mermará en su calidad de vida: “Yo no quiero estar así, pero tampoco tengo dinero para curarme”.

Porcentaje de pobreza en los municipios de la Sierra de Amula de acuerdo con datos del IIEG 

MUNICIPIO PORCENTAJE
Chiquilistlán 77.9%
Ayutla 73%
Atengo 65.42%
Tenamaxtlán 63.34%
El Grullo 53.98%
Unión de Tula 53.93%
Juchitlán 50.64%
Tecolotlán 50.3%
Cuautla 47.48%
Tonaya 43.91%
Tuxcacuesco 41.48%
El Limón 35.26%
Autlán 33.2%
Ejutla 29.47%

 Este reportaje forma parte de la primera edición impresa de Letra Fría

Comments (485)

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