Manantlán 2017, un año desastroso

by Letra Fría 33

La tardanza de recursos institucionales, la creciente impunidad, la inaplicación de la cadena de mandos en el uso de fuego… todo eso causó la peor estadística de bosques quemados para Jalisco en medio siglo, y una de las peores para la reserva de la biosfera.

Por: Agustín del Castillo

29/septiembre/2017 Guadalajara, Jalisco (LF) 2016 fue el año en que la región de Chamela-Cuixmala padeció los estragos de amplios incendios forestales por miles de metros cúbicos de maderas muertas por el huracán Patricia, de 2015, pero sobre todo, por la omisión de las autoridades locales y la tibieza del trabajo de las estatales y federales para prevenir uso de fuego sin control, en parte, para cambios de uso de suelo oportunistas. 2017 ha sido el año de la Sierra de Manantlán.

La principal área natural protegida del occidente mexicano vio pasar el fuego por más de 13 mil hectáreas, una de sus cifras más altas en 30 años de protección formal por parte del gobierno mexicano. Llama la atención que es una reserva pionera en manejo de fuego a nivel nacional, pero se evidencia que ese precedente y esa experiencia acumulados de poco sirven si no llegan los recursos institucionales a tiempo. Y al formar parte del sistema nacional de áreas naturales protegidas, corresponde al gobierno federal y a la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp) en específico, entregar dineros y apoyos pactados. Si a este cuadro agregamos la creciente impunidad en el campo de los recursos naturales, y la ominosa presencia de bandas criminales que limitan la actuación institucional, se dio la “tormenta perfecta” para que la prevención, y luego, el combate, fueran fuertemente condicionados y de menor eficacia, sin eliminar del cuadro de horrores la realidad de un clima que ha sido, en lo que atañe al año en curso, extremadamente seco.

Me lo dijo con todas sus letras uno de los principales expertos nacionales en el tema, quien además tiene su centro de labores justo en Autlán, a escasos kilómetros de la sierra, y que ha entregado buena parte de su vida profesional a la reserva de la biosfera: Enrique Jardel Peláez, del Instituto Manantlán de Ecología y Conservación de la Biodiversidad (Imecbio), de la UdeG.

“En Manantlán hubo problemas por las cosas que se dejaron de hacer; por la falta de recursos y por la falta de seguimiento a cosas que hace diez años se habían planteado, el programa de manejo del fuego en la reserva, un programa de manejo que a la hora de la hora nunca se aprobó formalmente, por la resistencia de la Conanp y tener un conflicto idiota a nivel de personas […] así, en parte se quedó en el limbo, nos funcionó la parte de supresión de incendios, pero como no hicimos la parte del manejo de combustibles, en las áreas en que se habían controlado los incendios varios años, fue donde recibimos la parte más severa de los daños de ahora”, señaló el experto, cofundador del proyecto Manantlán en los años ochenta, cuando lo entrevisté para mi programa de radio en Guadalajara.

Para esas fechas, la tercera semana de junio, Jalisco completo era un cuadro desastroso en la materia de incendios forestales: el 22 de junio se reportaban 525 incendios después sobre 148,556 hectáreas de bosques y selvas de Jalisco, con lo cual la entidad colocó el segundo registro histórico más alto en el tema a nivel nacional desde 1970 –sólo superada por Oaxaca y Chiapas en el aciago año 1998-, lo que confirmaba sus enormes carencias tanto de política forestal como de presupuestos, de organización y de silvicultura. El tradicional divorcio e incluso el contrapunto de lo forestal con el gran tema del desarrollo rural han pasado esta vez una alta factura. Todo esto, al margen del triunfalista discurso oficial que destacaba la modernidad del esquema de combate bajo el “mando único”.

“Esta situación lo que pone en realce es a final de cuentas que hay fallas en la política forestal, que hay poca capacidad para responder al problema […] no le podemos echar la culpa al clima, ya se sabía lo que venía y hubo tiempo para afrontarlo; además, cuando se habla del cambio climático y de adaptación, es como recibir un jalón de orejas de que si ahorita nos fue como nos fue, en un año critico pero no excepcional, cómo nos va a ir después, cuando las condiciones se pongan más extremas y difíciles”, comentaba Jardel Peláez.

Resaltaba que muy probablemente el bosque responderá de forma adecuada para restaurar sus daños, pero los costos transitorios a pagar a escala humana, en cuestiones como salud por mala calidad del aire, pérdida o reducción de flujo de agua, incremento de temperatura y posibles desastres por deslaves y aludes, son la otra cara que sí refleja desastre.

“Esto está en el discurso, en el blablabla, pero no está inserto en el entendimiento de la gente, ni en el entendimiento que guía las acciones más allá del discurso, porque discursos tenemos de sobra, y utilizan una serie de términos que en el fondo están vacíos, como lo de sustentabilidad; lo que pasó con nuestros bosques es crítico: yo veo que hay la falta de una política efectiva de gestión de los bosques, y eso debería de cumplir con un entendimiento del manejo de los bosques, porque a final de cuentas, por ejemplo, tuvimos problemas con los incendios de la sierra de Cacoma en Autlán, de calidad del aire, así como en otros poblados de la región; el área incendiada de las montañas que provocó esa contingencia, a final de cuentas se va a recuperar con la vegetación; incluso hay especies que resultan favorecidas por las nuevas condiciones de hábitat, entonces no es una catástrofe ecológica, pero sí causó un problema para la población humana, y en ese proceso de recuperación va a haber más demanda de agua de las plantas, bajará el caudal de los arroyos que abastecen a Villa Purificación, habrá un proceso erosivo que puede dañar cuenca abajo, y está el tema de la salud de los habitantes que respiraron ese humo”.

Para Jalisco, “150 mil hectáreas es una superficie altísima […] no se hizo lo que se tenía qué hacer para enfrentar la situación; y por otro lado están las causas de los incendios, y eso está relacionado con cambios de uso de suelo, o algún tipo de actividades productivas, entonces demuestra que no está funcionando la política forestal, porque las zonas que tienen áreas de aprovechamiento forestal organizado, aunque hayan tenido incendios, se les controló con oportunidad; los grandes problemas se van así a áreas que no tienen manejo, o donde hay una conversión a otros usos; si están incendiando para cultivar aguacates o para meter maíz o para sembrar amapola, pues está fallando la política forestal, la gente no está valorando el bosque…”.

Resistencias inexplicables

Manantlán está enclavada en territorio jalisciense en 90%, y colimense en 10%, tiene su mayor registro de fuego en 1998, que fue el peor año para el país, y se acercó en todo el territorio nacional a 900 mil ha de afectaciones; “ya ahorita estamos al nivel del año 2011, que fue otro año crítico, pero se quemaron áreas que tenían tiempo sin quemarse. Por ejemplo, la zona núcleo no se quemaba desde 1998”, añadía.

A Jardel Peláez le sorprende la resistencia a programas de manejo de fuego: “está demostrado en el mundo que una estrategia que estaba basada en reacción y combate es imposible que funcione; lo vimos en el caso chileno el año pasado, y en el caso Portugal ahorita, con incendios tremendos, y con el costo de vidas que han tenido […] todos esos incendios se podrían eliminar si hubiera un manejo del fuego, asociados a las condiciones del manejo del suelo; por ejemplo, en la costa estaban quemando para combatir garrapatas, en los potreros, y la lumbre se pasó para el monte; esas mismas quemas que tienen como propósito controlar las garrapatas también sirven para controlar combustibles, y no hay razón para que se hicieran de manera clandestina, ya que a final de cuentas se descontrola y hay incendios. Es decir, si hubiera una política del manejo del fuego, algo que queda claro es que no funciona si no hay una gestión adecuada del territorio, si no hay una base de aprovechamiento, si no hay una base institucional, con objetivos claros; entonces nuestras áreas naturales están al garete”, remataba el experto.

La reserva de la biosfera Sierra de Manantlán fue decretada por el presidente Miguel de la Madrid Hurtado en marzo de 1987, tras un largo proceso de gestión liderado por la UdeG y los poblados indígenas nahuas de las montañas. Desde entonces, es uno de los más valiosos reservorios de diversidad biológica. Cuando hubo acuerdos sólidos entre UdeG y gobierno federal, el territorio fue eficazmente gestionado. A partir de la creación de la Conanp, ese equilibrio se rompió y se han perdido muchos pilares. Hoy es una demarcación acosada por conflictos y con insuficientes recursos.

Cadena de irresponsabilidades

En el terreno de las omisiones, la cadena de irresponsabilidad es larga: la prácticamente nula aplicación de la norma oficial mexicana 015 SEMARNAT/SAGARPA en materia de manejo de fuego, y el incumplimiento de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa) de los convenios firmados con la Comisión Nacional Forestal (Conafor) para no otorgar estímulos y subsidios a actividades agropecuarias que deterioran los bosques y selvas.

La NOM-015 data de 2007 y es casi letra muerta. “La presente norma tiene por objetivo establecer las especificaciones técnicas de los métodos de uso de fuego en los terrenos forestales y en terrenos de uso agropecuario, con el propósito de prevenir y disminuir los incendios forestales”, señala. Es de aplicación general, y no puede ser legalmente soslayada.

El punto cuatro habla de las disposiciones de uso de fuego: “las personas que pretendan hacer uso de fuego, con excepción de fogatas, deberán presentar un aviso de fuego en el formato establecido en el anexo 1 a la autoridad municipal, entregando una copia a la autoridad agraria correspondiente […] deberá avisar a los vecinos del terreno antes de realizar la quema […] se podrá hacer uso del fuego, siempre y cuando no se realicen quemas simultáneas […] al hacer uso de fuego, el usuario deberá detectar, combatir y extinguir los focos secundarios […] en caso de que la quema salga de control y se propague hacia la vegetación circundante, el responsable de la quema y los participantes deberán combatir, controlar y extinguir el fuego”. Caray, ¿dónde se cumple esto?

La norma señala que la Sagarpa debe, consultando a las autoridades ambientales, determinar la época del año en que el uso del fuego debe “restringirse temporalmente”. Las autoridades municipales y agrarias deben estar en contacto con el sector federal para comunicarles quemas y que determinen la posibilidad de vigilar el proceso. En zonas forestales, el uso de fuego debe ser restringido y vigilado por personal de la Comisión Nacional Forestal. “La Sagarpa promoverá y capacitará a los productores agrícolas y ganaderos, en el uso de fuego y de otras alternativas para la preparación del terreno y control de plagas, que eviten el uso de fuego…”.

En 2017, esto ha sido casi letra muerta. El 26 de agosto pasado, la Conafor reportaba 190,409 hectáreas quemadas en Jalisco en todo el año, la tercera parte de la cifra nacional. Un auténtico desastre.

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Comments (33)

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