Fernando, más de una década embelleciendo y hablando con muertos

by Carmen Aggi Cabrera 0

Su oficio es inusual: embalsama cuerpos. Trabaja con cadáveres y el objetivo es dejarlos lo más natural posible para que parezca que están dormidos.

Carmen Aggi Cabrera | Autlán de Navarro

Los últimos doce años de su vida, Luis Fernando Baltazar Amaya ha ejercido con profesionalismo el oficio de embalsamador, es decir, se ha dedicado a preservar por horas o días, el cuerpo de las personas que han fallecido. Es técnico embalsamador:

“Me gusta trabajar con el perfil de las personas. Dejarlas con una sonrisa”, dice.

Cuando el cadáver de una persona llega a sus manos él lo coloca sobre una plancha. Le quita la sábana que lo envuelve y habla con él, primero le pide perdón y después, permiso:

En primer lugar lo que yo hago es pedirle perdón a la persona que voy a embalsamar, por respeto, porque voy a tocar su cuerpo, y pedirle permiso para hacer mi trabajo porque es un trabajo, para mí es una profesión de respeto porque yo también tengo familiares y no me gustaría que me los trataran con morbo. Nunca he hecho mi trabajo con morbo, siempre con respeto”, explica a la reportera.

Después de hablarle al muerto, Fernando lo lava. Enseguida toma sus instrumentos y empieza su trabajo: hace una incisión e inyecta formol, alcohol y glicerina para retrasar la descomposición del cuerpo. Toma el colorante artificial y lo inyecta para devolverle el color a la piel. Cada persona es distinta, el secreto está en aplicar la dosis exacta:

“Hay que saber la cantidad. Es sobre el peso de la persona. Si pones mucho formol lo puedes quemar”, detalla.

Fernando ejerce su oficio con amor. A cada cuerpo le dedica el tiempo necesario, lo embalsama sin prisas, como el cuerpo le vaya permitiendo:

“Dos horas más o menos porque hay que trabajar el físico de la persona. Hay que darle masajes para que lo dejes bien. El masaje sirve para relajar los músculos de la cara para que no queden demacrados. Trabajar los párpados, la mejilla, la boca”, especifica.

Cuando le entregan un cadáver, su meta es embellecerlo para que parezca que está dormido:

“A la hora de entregar la persona a los familiares, quiero que lo vean normal. Que no lo vean demacrado, que no lo vean con su boca chueca, con su boca abierta, con sus párpados abiertos, que lo vean como que está dormido y es lo que me ha ayudado mucho a mí porque a las personas eso es lo que les gusta, ver a su familiar dormido”, explica.

Ejercer este oficio requiere de conocimiento en química, anatomía y también, de cosmetología. Después de preparar un cuerpo él lo maquilla. Elije el tono de maquillaje que más se parezca a su piel. Toma las brochas y coloca rubor en las mejillas. Aplica máscara en las pestañas y pinta los labios. A algunos cadáveres les ha colocado barniz en las uñas y tinte en el bigote y cabello. Fue Don Rogelio, el propietario de la funeraria, quien le enseñó a hacerlo.

Fernando trabaja en la Funeraria Torres, empresa en la que comenzó hace 19 años en servicios generales. Él dice que hace doce años el oficio lo encontró: gracias a que el embalsamador de la funeraria estaba fuera de la ciudad, él se encargó de embellecer el cadáver de un hombre. Aunque nunca lo había hecho, sí había observado lo suficiente para realizar un trabajo impecable.

En sus doce años de embalsamador ha embellecido a amigos y familiares. Pero nada le impacta tanto, como recibir el cuerpo de un niño:

“A mí lo que me impacta más en mi trabajo es cuando fallecen niños porque yo soy padre de familia y me pongo en el lugar de los padres. Los niños van creciendo, viviendo y uno como padre ya les conoce la risa, el llanto y si se les mueren, sí se siente, porque uno es padre. Y una persona grande pues, sí se siente, pero no igual”, narra.

Lo más difícil en este oficio, dice, es trabajar con cuerpos de personas que perdieron la vida de forma trágica:

“Es más difícil. Muerte violenta es más difícil para uno porque hay que reconstruir. Cuando fallecen en un accidente automovilístico les quedan vidrios incrustados en su cara. Hay que trabajar eso para que a la hora de entregar el cuerpo a los familiares no se vean las cicatrices. Hay que trabajar el maquillaje. Estamos hablando de tres horas, cuatro horas y media a veces, a veces, depende cómo esté la persona”.

Fernando no sabe cuántos cuerpos han embellecido sus manos. Calcula que son cientos:

“Cuando empezamos éramos la única funeraria y eran como 45 cuerpos por quincena. No dormíamos, había semanas que a mi casa solo iba a bañarme y cambiarme. El señor Rogelio se encargaba de tener las camionetas listas, la señora Eugenia se encargaba de limpiar la capilla, éramos nada más cuatro personas y sacábamos el trabajo”, recuerda.

Cuando él muera, le gustaría que lo embalsamara “uno que supiera” y que lo hiciera con respeto y dignidad:

“Tanto como funerarios y embalsamadores somos profesionales. No nos gusta trabajar con el dolor ajeno. Los vemos como seres humanos”, sostiene.

Fernando trata de mejorar su técnica de embalsamador cada día, con cada cuerpo. Ama su oficio y se siente orgulloso de ayudarle a las personas a sobrellevar el dolor, haciendo que vean a su familiar fallecido como era en vida:

“Me preguntan cómo caí yo aquí y les digo que el de arriba me puso. Yo siento eso, que el de arriba fue el que me puso aquí. Él te pone en donde te ocupa”, dice sonriente frente a Don Rogelio, Doña Eugenia y sus hijos, a quienes considera, su segunda familia: “Me fui a California y regresé aquí de vuelta. Salgo de vacaciones y dos días estoy a gusto allá, pero los demás aquí me la paso”.

Luis Fernando asegura no temerle a la muerte:

“De hecho desde que yo empecé a hacer esto no he tenido miedo, nervios menos, porque cuando haces algo que te gusta, lo haces con amor. Siento que no le tengo miedo a la muerte porque trabajo con ella… Para mí, aparte de mis papás a quien admiro mucho es a la muerte, porque se lleva a ricos, pobres, buenos, malos, de todo. Es pareja. Es la única que es pareja”, subraya.

 

*Este contenido formó parte de la edición impresa del mes de noviembre de 2017*

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