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Por: David Chávez Camacho

Autlán, Jalisco; 10 de junio de 2019. (Letra Fría) El reportero entrevista al pobre guatemalteco con nombre maya, quien aprendió el idioma castellano en la cárcel, una cárcel mexicana, el Centro de Reclusión de Sentenciados de Puente Grande, Jalisco. Está preso desde hace ocho años, detenido en Zacatecas por andar con unos muchachos que traían una camioneta robada.

Ahí está, preso, y su familia no lo sabe, una esposa y dos hijos. Sabe Dios cómo estarán, dice. Del consulado de Guatemala jamás le han visitado o asesorado. Se dice agradecido con la cárcel jalisciense, pues come y viste, recibe atención médica y hasta tiene un trabajo por el que percibe algunos pesos. En su rancho guatemalteco, ni energía eléctrica tenía.

Si algún organismo de Derechos Humanos o el consulado de Guatemala se interesan en él, pueden preguntar en Reinserción Social del Estado de Jalisco. Hay más centroamericanos y extranjeros recluidos en cárceles estatales y de México.

En cierto sentido, a nuestro preso le ha ido bien: está vivo. Así es la cosa, la realidad.

Se nos ha traído a una situación en la que sobrevivir ya es ganancia. A otros migrantes, niñas, niños, mujeres, les ha ido mucho peor, han muerto luego de abusos criminales, en México y en Estados Unidos.

Así es la cosa, la realidad, y los discursos bienintencionados no la cambian, ni la indignación, ni el grito por los Derechos Humanos. De hecho, puede ser que tales discursos estorben, no nos dejen mirar la realidad tal cual, mirarla no para resignarse, sino para intentar cambiar lo que se tenga que cambiar.

Los migrantes del sur de México y del sur luego de México, enfrentan terriblemente una realidad que se va endureciendo en la medida que se transita hacia el norte. ¿Para qué entonces se debería permitir a los migrantes centroamericanos ingresar a México, dejarles cruzar por entre agresiones e indiferencias y estrellarse en Estados Unidos?

Por supuesto que la utopía del mundo feliz en el que todos somos hermanos y no hay fronteras, es atractivo, alegre. Sí, pero eso no existe ni existirá, mucho menos con gobernantes como Donald Trump. Pero, si se mira bien, también es criminal dejar pasar, dejar hacer, cuando ello resulta en personas expuestas a todos los peligros naturales y culturales, a quienes se ve pasar mientras se bebe café y se piensa irresponsablemente que los Derechos Humanos son abstracciones mágicas que les protegerán. México ni Estados Unidos son infinitos, ni sus territorios ni sus economías… ni su hipotética y mentida y nunca suficiente solidaridad.

Cuando se sabe que un camino termina en precipicio, ¿se deja pasar a la gente sin aviso del peligro? El viejo sueño americano y el efímero sueño mexicano, son ahora pesadillas. Acá lo que hay es una sociedad criminógena y allá, tras la frontera norte, lo que hay es una sociedad cada vez más frívola y abusiva, la sociedad democrática que eligió como presidente a Homero Simpson.

Termino esta columna con la obligada referencia a San Gabriel, Jalisco; ya que nobleza obliga. Y lo hago con una pregunta. ¿Dónde estaban, o haciendo qué, las autoridades federales, estatales y municipales, que no se dieron cuenta de la tala que ahora provoca ríos de piedras, lodo y troncos de árboles muertos?

Problemas como el de la migración desesperada no se enfrentan ni se solucionan en los mapas globales, sino en la localidad en la que uno está, en la que uno es. Es entre vecinos, en lo cercano, donde los derechos humanos y los derechos ciudadanos deben ser promovidos y respetados, ahí donde pueden o debieran hacer más un regidor, un presidente municipal, un  diputado local, que el extraño y lejano presidente de los Estados Unidos.

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