Chamela-Cuixmala, las selvas que sobrevivieron a agua, viento y fuego

Jalisco

Por: Agustín del Castillo | Milenio Jalisco.

Las selvas secas de Chamela-Cuixmala permanecen al margen de la depredación humana desde hace más de 35 años, tras la protección que trajo primero su privatización, que erradicó la tremenda deforestación impulsada por el desarrollismo; después, al ser decretadas reserva de la biosfera (1994), en gestiones apadrinadas por el rector de la UNAM, José Sarukhán, y por el propietario de tres cuartas partes de su superficie, el multimillonario inglés James Goldsmith.

Pero a partir de 2011, estos bosques del trópico de Jalisco han sido sometidos a pruebas extraordinarias por ese relojero ciego e implacable que es la naturaleza.

Dos huracanes excepcionales, Jova (2011) por el volumen de agua acarreado, y Patricia (2015) por la violencia de sus vientos, ocasionaron severos daños en la masa de árboles que puebla la costa montañosa, y la alta mortalidad vegetal dio pie al arribo de un oportunista mucho tiempo desconocido: el fuego. Allí sí, venía detrás, como adamita expulsado en busca de su desquite, el hombre. Fuegos provocados, a pretexto de eliminar madera y pastos secos, desde la periferia, con ambiciones ganaderas.

Pero mientras las secas de 2016 ocasionaron múltiples siniestros, y obligaron a trabajar turnos extenuantes a las brigadas locales, 2017 parece haber sido el de las lecciones aprendidas. Álvaro Miranda, director científico de la Fundación Cuixmala, entidad que sostiene la reserva federal, destaca el interés que revisten los cambios repentinos que estos fenómenos han traído a ecosistemas largamente protegidos.

“Hay que decir primero que no hay una historia de convivencia en nuestro ecosistema con el fuego; a diferencia de la Sierra de Manantlán, donde es una historia larga y eso ha llevado a mucha experiencia en el manejo del fuego, en el caso de nosotros no es una dinámica propia tener el fuego presente, una selva de estas características, bien conservada, no lo permite; más bien está ligado a eventos muy excepcionales; y si bien, con cierta frecuencia tenemos la presencia de huracanes, los dos casos recientes, de Jova y Patricia, fueron únicos: si Jova trajo un impacto relevante que calculamos sobre 10 a 15 por ciento de la cobertura forestal, Patricia trajo un impacto nunca antes visto, y aunque son datos aún preliminares, el impacto de Patricia fue sobre 60 por ciento de la cobertura”, subraya.

Si bien, son estimaciones de la reserva, considera viable extrapolar a una franja de hasta 60 kilómetros sobre la zona central por donde pasó el meteoro, el 23 de octubre de 2015, y desde entonces, con mediciones científicas, el más intenso que se haya monitoreado en todo el planeta.

“El impacto de Patricia fue en la línea de costa, y una diferencia con relación a Jova es que no trajo lluvia, y esos impactos que sí vimos en Jova, como desgajamiento de cerros, o movimientos de suelo. Pero Patricia fue devastador de un modo muy distinto”.

EL MAYOR HURACÁN DE LA HISTORIA

Millones de árboles literalmente aplastados, derrumbados por la fuerza de vientos categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, por arriba de 300 kilómetros por hora.

“Sabíamos que lo que se veía ahí era una mera aproximación, pero que el efecto lo íbamos a ver en el siguiente año, no en el mes posterior o en tres meses, sino hasta la lluvias del año siguiente […] no sabíamos de ahí cuánto se había muerto, y cuánto estaba vivo; las selvas de clima seco sabemos que tienen una gran capacidad para rebrotar en condiciones muy particulares; a veces incluso rebrota de tocones, y eso significa que no es fácil decir si un árbol está realmente muerto; este mismo fenómeno lo hemos vivido con sequías extremas, cuando tenemos El Niño son sequías prolongadas de cuatro o cinco años; los troncos se colapsan, las ramas se empiezan a descomponer, pero hay esa capacidad de rebrotar, porque el efecto de la sequía no se manifiesta en todo el individuo, se manifiesta en las copas, y es fácil de explicar: llevar agua desde las raíces hasta las copas es un movimiento físico, hay una columna hídrica que a veces se colapsa, como la tubería, y ya no jala el agua, pero el resto del árbol sigue vivo…”.

De manera que fueron dos huracanes con golpe alarmante, pero es necesario apelar a la paciencia de la observación. Muchos árboles resucitaron al paso del temporal de 2016.

“Si te digo que 60 por ciento de la cobertura fue afectada por el huracán en términos de inclinarla o derribarla, diría que de 10 a 15 por ciento fueron los individuos que murieron; el resto están vivos y nos lleva al tema de la resiliencia en el sistema; algunos ya tienen ramas, empezaron a florear, a sacar frutos. Entonces el impacto es enorme, hay una población relativamente pequeña que se muere y que se hará combustible, pero lo alentador es que la vegetación viva es más complicada de poderse quemar. Son dos aspectos del cambio que vivimos entre 2016 y 2017. Un año con combustible y otro año en que los árboles vuelven a responder bien contra el fuego, porque están vivos”, destaca.

En esta región, el fuego no nace en la selva. No lo provocan ni las sequías más extremas. Necesita la participación humana.

“Todos los fuegos que hay en la región son provocados; todos provienen de quemas agropecuarias, de pastizales; la gente está acostumbrada a quemar sus parcelas, sus praderas, buscando que se mantengan verdes. El tema aquí es que cuando eso se hace , históricamente sabemos que esas parcelas cuando llegan a su borde con la selva, difícilmente penetran al interior, pero es en condiciones normales, porque como hay poco material combustible, es poco propenso a quemarse; normalmente quema la hojarasca, que es una parte leve, porque se recicla rápidamente, pero el fuego no es capaz de quemar los troncos”.

¿Qué pasó después de Patricia? “Tener tanta vegetación muerta o inclinada sobre el suelo, con ramas pequeñas y hojarascas, hay manera de que se prenda, y eso lo estamos padeciendo todavía. Hicimos una estimación del material combustibles pre huracanes y post huracanes, y estamos en el orden de tres a cuatro veces más material combustible acumulado tras los eventos, de lo que debería haber en el bosque, lo cual revela con claridad la propensión a quemarse”.

Si se considera la nula legalidad de los procesos económicos, esto es, nadie notifica del uso de fuego a la autoridad correspondiente, como lo marca la norma 015, ese fuego usual en las fronteras sí penetró el dosel en 2017, pero sobre todo, en 2016.

“Si la norma se respetara, no debería estar ocurriendo esto; la norma te dice claramente, si quieres quemar le tienes que notificar a la autoridad, el municipio es responsable, hay un calendario de quemas, no todos pueden quemar a la vez, hay un instructivo para las guardarrayas, y una presencia en el momento de la quema, para evitar que se salgan d control y afecten a terceros o a otras zonas forestales”.

– ¿Por qué disminuyó entonces el problema en 2017 en relación con 2016?

– Logramos articular un esquema importante de prevención, para avisar a la gente que estábamos en condiciones críticas por el efecto de estos huracanes, que hacen más propenso que todo se queme; de manera que el incidente más grande fue una quema agropecuaria que se brincó a las zonas forestales, a una superficie importante de selva, pero el daño finalmente se pudo contener. Tuvimos en 2016, unas 240 hectáreas al interior de la reserva con ese tipo de afectaciones, y quizás unas dos mil ha en todo el polígono de la región […] en 2017 le echamos muchas ganas a prevención y creo que más o menos nos resulto, pero siempre tenemos por ahí al inconsciente que deliberadamente te quiere quemar, y hay que estar en guardia.

La experiencia en Chamela-Cuixmala es que no todo es apostar al combate. La prevención juega un papel crucial, lo mismo que la observación y el monitoreo ecológico a largo plazo. No se trata solamente de la suerte de una selva que permanecía intocada, hacia los años siguientes

Se trata de un posible impacto que se generará de manera más frecuente en tiempos de cambio climático, con eventos meteorológicos más extremos por el alza de las temperaturas en las zonas ecuatoriales. Los ecólogos han documentado que los ecosistemas integrales son más resistentes a estos golpes. La reserva fue el primer impacto terrestre de Patricia, que aminoró considerablemente su fuerza al internarse en el continente. Así, hay un servicio ambiental comprobado, que obliga a que la agenda ambiental y de riesgos establezca con claridad la prioridad de conservar estos parajes más allá de las utopías del paraíso recuperado.

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CLAVES

Una selva especial

Chamela-Cuixmala es el bosque tropical seco mejor protegido y más investigador de toda América Latina, no obstante su superficie relativamente pequeña: 13,142 hectáreas como reserva de la biosfera, según el decreto presidencial de 1994.

Las investigaciones acreditan que en la región se tiene la mayor cantidad de especies exclsuivas (endémicas) del trópico mexicano, lo que revela procesos de adaptación altamente especializados de sus moradores.

Una enorme diversidad vegetal y animal sobrevive en un entorno complejo, con grandes sequías recurrentes y huracanes relativamente frecuentes. La precipitación media anual no rebasa 700 milímetros.

Patricia, en octubre de 2015, es el huracán más intenso que haya golpeado una costa. Pero su saldo humano fue mínimo: cero muertes y cinco mil damnificados.

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