Idas y Vueltas | Erística

in Columnas y Opinión/Néstor Daniel Santos Figueroa

Por: Néstor Daniel Santos Figueroa.

Puede parecer un truco jedi o zen, pero la mejor manera de tener la razón es no participar en discusiones. ¿Pero quién puede resistir la tentación de mostrar sus mejores argumentos y de tratar de persuadir a los demás de que lo que nosotros pensamos es lo correcto? No importa que se trate de un hilo de comentarios en Twitter o Facebook, una discusión virtual en Disqus, el café con los amigos, el trago con los parroquianos de un bar o de una cena familiar: hay gente que querrá tener siempre la razón, cueste lo que cueste.

¿En qué momento una conversación se transforma de un civilizado intercambio de ideas, en una guerra de gritos que sube en intensidad hasta que alguien comienza a insultar abiertamente al otro? Existen estudios que concluyen que cuando nuestra postura cae en contradicción, las zonas del cerebro que controlan el razonamiento lógico se adormecen, mientras que aquellas partes que controlan la hostilidad (el reflejo de respuesta al ataque en una pelea, por ejemplo) se activan. Nos  sentimos atacados y reaccionamos visceralmente, agrediendo, porque en esos momentos no queremos persuadir al otro de nuestros puntos de vista, sino defender nuestros propios argumentos (nuestra propia adhesión a una verdad adquirida) de cualquier cosa que pudiera dañarla.

En otras palabras: una conversación se vuelve una discusión violenta cuando la verdad deja de importarnos, y comenzamos a discutir dentro de una metáfora de guerra, donde vencer lo es todo.

No es difícil ver este comportamiento en cualquier terreno donde exista más de un punto de vista dominante o entre partidarios de diferentes aspectos de una misma cosa: en lo profesional al igual que en lo personal, la gente cree que tener la razón es el equivalente a tener un status jerárquico superior al del otro.

Para quien pudiera confundir la intención de esta columna, aclaro que no estoy hablando en particular de un candidato o seguidores de un candidato. Me refiero a nosotros, a los que, cautivos de un sistema que privilegia el poder por la vía de la impunidad y la corrupción, nos asumimos defensores o acusadores de candidatos para los que sólo representamos la manera de llegar al poder porque se supone somos una democracia.

Nadie en pleno uso de sus facultades mentales debería meter las manos al fuego por un político en México, y mucho menos cerrarle la puerta a un familiar, retirar la amistad, ofender a un amigo, solo porque apoya a quien representa la idea opuesta a lo que cree.

La dialéctica y la filosofía nos enseñan que pueden existir verdades contradictorias, y que las respuestas importan menos que el planteamiento correcto de las preguntas. Es decir, lo importante es saber cuestionar y cuestionarse, y esto solo puede hacerse cuando los interlocutores están dispuestos a poner en crisis su propia visión del mundo. Quien desea conocer la verdad auténtica debe partir del hecho de que sus propias herramientas emocionales e intelectuales pueden estar mal calibradas. Al político (y a los defensores o acusadores del político) les interesa tener la razón por razones de poder, mientras que a los pensadores libres les interesa plantear los términos en que una verdad puede conocerse o rechazarse definitivamente.

(Si de cualquier forma lo tuyo es tener la razón a cualquier precio, te recomiendo leer Dialéctica erística o el arte de tener siempre la razón, de Arthur Schopenhauer…)

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