La Troje de la Mar | ¿Es usted casada?

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Por: Maricela Páez Gutiérrez

Guadalajara, Jalisco. (LF) Fue la pregunta que le hiciera el diputado Alberto Casas del partido Movimiento Ciudadano a la candidata a magistrada del Tribunal de Justicia Administrativa, Diana Arredondo, al momento de comparecer ante el Congreso Local. La pregunta por supuesto, estuvo fuera de lugar dejando en claro que la violencia política se manifiesta de forma cotidiana de distintas maneras, obstruyendo recorridos y estigmatizando a la mujer por su condición social, económica, civil, etc.

De los distintos tipos de violencia política que se ejerce contra la mujer, la más preferida y efectiva es aquella que daña moralmente su estatus: ¿Casada? ¿Divorciada? ¿Soltera? ¿Con hijos? ¿Los hijos son del mismo papá? ¿Los tuvo antes del matrimonio, después del matrimonio? ¿En su vida ha tenido un “desliz”? ¿Con quién?  Y continúa un largo etcétera morboso y mal intencionado.

 Difícilmente las mismas preguntas se hacen para valorar el estatus moral de hombre, y difícilmente se toman como referente para condicionar su acceso a los cargos directivos, a la toma de decisiones, o a la valoración de sus capacidades.

En “teoría” desde el discurso, el marco legal, la condición de igualdad entre hombres y mujeres existe, sin embargo, la cultura que soporta nuestras interacciones cotidianas está cargada de prejuicios, de estereotipos denigrantes que de forma silenciosa laceran la vida de una mujer y sus aspiraciones profesionales y políticas.

En el imaginario social, la mujer se sigue considerando actor secundario en la vida política, para muchos incluso, su integración resulta “injusta”, “peligrosa”, tontinas que toman decisiones sin tener mayoría de edad, incluso  las medidas legislativas para alcanzar la igualdad sustantiva en la representación política de la mujer se asumen como dádivas inmerecidas, pero , la realidad nos muestra que son necesarias, penosamente necesarias para  obligar a las  instituciones públicas llenas de machismos y misoginia a reconocer en la mujer valores y capacidades que están por encima  de las adjetivaciones culturales que la denigran y violentan  porque no se consideran capaces, valiosas y necesarias.

Más allá del discurso político que vende y muestra funcionarios y políticos sensibles ante la igualdad de género, a éstos les urge formarse, estudiar, acercarse al tema porque en la práctica siguen mostrándose vergonzosamente ignorantes con sus actitudes, palabras, miradas y simulaciones; continúan violentando nuestros recorridos, por estar casadas, divorciadas, solteras, viudas; por estar gordas, flacas, “feas”, “bonitas”, porque si lo conseguimos, “algo hicimos”, algún favor pagamos. Nada es propio, todo nos fue entregado. No hay mérito que valga.

Alberto Casas, Ferriz de Con, “El Bronco” y un largo etcétera que han tenido micrófono en manos son muestra clara de la violencia de género que  impera en la clase política,  son ejemplo del nivel cultural que   como país tenemos.

Sin duda,  nos falta mucho por trabajar en una educación social que desarrolle la capacidad de   ampliar la mirada, la perspectiva de mundo  donde la mujer sea valorada por sus capacidades, por sus recorridos profesionales, sus esfuerzos y no  por decisiones particulares  que conceden  un estatus civil,  moral y social pero no la incapacidad para asumir cargos de representación pública.

 

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