[La Troje de la Mar] Crisis partidista entre buenas conciencias y manos limpias

by Maricela Páez Gutiérrez 251

Por: Maricela Páez Gutiérrez

06/abril/2017 Guadalajara, Jalisco (LF) En los últimos días, las “buenas conciencias” políticas del Estado, los que observan la vida democrática del país desde sus asientos, el mundo virtual y las notas periodísticas sintieron violentada su moral política, el “deber ser” ante la separación de funcionarios públicos de los partidos que los postularon en la contienda electoral del 2015. ¡Traidores! ¡Chapulines! ¡Convenencieros!

Muchas de las críticas  nacen del  abstracto  del pensamiento y no de la acción porque en el fondo de sus creencias hay un dejo de desprecio a la participación política de los ciudadanos, a los que le entran a la vida electoral, los que buscan postularse por distintos motivos; porque les gusta la participación política, los que creen  en el posible de la política como medio de servicio a la sociedad, los que buscan el poder para beneficio de grupo y los que saben que la participación alimenta la vida democrática del país aun cuando no se llegue al poder, entre muchos otros.

Desde la idea de tener las “manos limpias” porque la política es propia de gente corrupta y convenenciera  (ellos no son así), se juzgan las dinámicas políticas, pero nunca  han estado dentro de una, o sí, pero para renunciar con traumas de por vida por encontrar que la política es “cochina” (la política no es cochina, las personas sí) dejando de lado  la responsabilidad de asumir, que lo que tenemos es producto de la acción y la omisión de cada uno de nosotros, de los participantes, y de los abstemios que presumen sus “manos limpias” sin participación política electoral.

En esta autoridad moral que se conceden por gusto propio, (no han caminado una cuadra promoviendo el voto) las “buenas conciencias” políticas, critican a las personas, pero no problematizan la crisis de credibilidad que tienen los partidos políticos y no de ahora, sino, de mucho tiempo atrás; dejan de problematizar la idea de que si bien los partidos políticos son instrumentos pensados para alcanzar la democracia representativa en el país, no han logrado su cometido porque a veces no han sido capaces de vivir su propia democracia interna, no han sido motores de cambio social se piensan para sí, para sus propios intereses en donde mucha veces no están considerados sus propios afiliados o simpatizantes, sino, la cúpula partidista que busca el poder.

Dejan de problematizar también que durante muchos años, los partidos políticos fueron las únicas vías de participación política electoral, que las candidaturas independientes no estaban consideradas, por lo cual, ante el vacío político democrático de los partidos políticos se tenían algunas opciones: soportar las prácticas partidistas corruptas  en beneficio de unos cuantos, solapar en silencio a modo de cómplices manipulación y corrupción partidista, anularse políticamente y olvidar la participación,  cambiarse de partido  o construir otro en la búsqueda de nuevos aires, de nuevos posibles, de nuevas realidades.  No había de otra, para participar había que estar dentro de alguna fuerza.

La moral convenenciera de muchos que alimentaban el sometimiento partidista y una extraña “disciplina” ante un poder insoportable por incongruente, hablaban de “traición” de poca lealtad a los principios de un partido (como si los que señalaban los vivieran) se rompían el pecho hablando de “incongruencia” como si los partidos políticos y sus líderes lo fueran, hablaban de la necesidad de  una permanencia y un silencio partidista muy perjudicial para la vida democrática de un país y como justificación aludían a que “todos los partidos son iguales”, “aguántate aquí” pero hay que enterarnos, esos tiempos ya pasaron, ante la crisis de credibilidad de los partidos políticos, la cúpula que los mueve y su desgano por el trabajo social, lo que hoy importan son las personas, no los partidos políticos.

En tiempos de alternancia en el poder, es sano reconocer que  los partidos políticos deben estar al servicio de las personas, de la ciudadanía, deben ser  herramientas para materializar aspiraciones políticas, para vivir la democracia desde principios ideológicos que respondan a los tiempos que estamos viviendo, sin pedir una “pureza” filial  porque  fueron justamente los partidos políticos  los primeros en romperla con las alianzas que mezclaron el agua con el aceite al reconocer  eran más importantes romper con vicios y cacicazgos políticos que defender ideologías obsoletas y quizás tuvieron razón.

Hay que entender que las personas, la ciudadanía no está al servicio de los partidos políticos, los partidos políticos están al servicio de la gente, éstos, como instituciones tendrán que revisarse, ajustarse, y vivir sus crisis con mucha capacidad de autocrítica, deben morir si es necesario y renacer cuantas veces sean necesarios en esa apertura política necesaria para alimentar la democracia, el buen poder, los buenos gobiernos. No hay partidos inmutables o se transforman y sirven a la sociedad o estarán en peligro de extinción.

Sin duda, los partidos políticos viven la peor de sus crisis de credibilidad político social, todos, ninguno se salva, porque la sociedad, los actores políticos ya entendieron que antes de defender un partido, en menester defender un proyecto de comunidad, de estado, de nación; es prioridad defender a las personas, trabajar por sus problemas, por sus necesidades porque la política de hoy en día está en manos de las personas, no de los partidos políticos porque ninguno en sí mismo ha garantizado, ni  garantizará buenos gobiernos, los gobiernos los hacen las personas, el problema es que los partidos políticos no quieren despertar a la nueva realidad social, las personas, ya no votan por partidos, votan por personas. El partido no lleva al poder a las personas, las personas llevan al poder a los partidos.

En la vida democrática contemporánea del país, no sólo migran los afiliados a un partido a otro,  los principales migrantes son los electores, ya no hay “fidelidad” porque los primeros en ser infieles a sus principios fueron los propios partidos manejados por su líderes, entonces, no pidan lo que no han sido capaces de dar. Esa frase ceguetona que muchos escuchamos “seré PRI hasta que muera”, ya es ridícula, como sería cualquier otra que ante la corrupción de gobiernos partidistas sigan votando por los mismos de toda la vida cuando no están dando resultados. Eso no es fidelidad, es complicidad.

Ojalá que las rupturas partidistas sigan, que los partidos políticos vivan fracturas, encuentros y desencuentros, ojalá que nuevas corrientes políticas surjan, que se manifiesten y ojalá que los actores políticos, los que han construido un capital político en nombre propio, sigan trabajando por causas sociales y alimentando la democracia, la cual, sí está viva, es conflictiva, obedece a los tiempos, a las circunstancias, a la sinergias, porque vivir la política es asumir lo impredecible, donde lo único seguro es el cambio ante una sociedad pragmática que entendió que el romanticismo ideológico de los partidos, servía a un partido, y no necesariamente a la sociedad.

 

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