Las manos detrás del imperio de hortalizas

by Letra Fría 32

Es la última cosecha de brócoli de la temporada y los peones provenientes de las regiones más pobres del país apuran el trabajo. El patrón es el expresidente Vicente Fox, cabeza de un emporio de hortalizas que se exporta a más de 20 países. En los surcos, sin embargo, la vida es como en otros campos. Mucho trabajo y poca paga.

Texto: Kau Sirenio PioquintoImágenes: Kau Sirenio Pioquinto y Arturo Contreras

SAN FRANCISCO DEL RINCÓN, GUANAJUATO.- Gritos y chiflidos de los capataces que ordenan a los peones organizar herramientas de trabajo diario. Del otro lado, el ruido de los motores de los tractores y camiones resuenan en la ex hacienda, convertida ahora en almacén de herramientas, granos y agroquímicos que usan en el cultivo del brócoli.

En el patio se levantan remolinos de la tolvanera con las primeras rodadas de los camiones que van a los surcos. El lugar perteneció al Virrey Márquez de Guadalcasar en 1614 y hoy es propiedad del ex presidente Vicente Fox y su familia.

“Ahí está el almacén, ahí seguro que te contratan si quieres trabajar en el campo”, me recomienda un vecino del pequeño pueblo de San Cristóbal, ubicado a una hora de Guanajuato capital.

Para llegar al almacén, primero hay que pasar por el hotel Hacienda San Cristóbal, después por el Centro Fox. Ahí inicia el camino de terracería y luego una triple bifurcación: el camino a la derecha llega al almacén; el que va de frente continúa el recorrido entre los grandes predios de los Fox; y el que sigue a la izquierda llega, entre veredas sombreadas por mezquites, a las empresas Next Vegetal y Next Congeladora, filiales del Grupo Bimbo, la empresa que fundó el fallecido Lorenzo Servitje, quien salvó a la familia Fox de la quiebra.

La historia es reconstruida en el libro Fox, Negocios a la sombra del poder: cuando Fox llegó a la presidencia, las empresas de su familia acumulaban deudas por 12 millones de dólares, de los cuales 5 estaban en la cartera del Fobaproa. Pero seis meses después de iniciado el sexenio foxista, en junio de 2001, Bimbo entró al rescate. Además de asumir las deudas, Servitje invirtió 6 millones de dólares para levantar la empacadora de vegetales de los Fox. El plan de rescate se extendió hasta noviembre de 2005, cuando Congelados Don José cambió su nombre a Xtra Congelados, sociedad de Producción Rural, y quedó integrada al Grupo Altex, la división agroindustrial de Bimbo.

Los Fox siguieron como socios. En 2007, Grupo Altex adquirió Next Vegetales y su subsdiaria EVA, una empresa que se dedica principalmente a la producción de lechugas con tecnología hidroponía de alta tecnología, además de la elaboración de ensaladas y aderezos.

Actualmente, Altex posee 14 pantas de producción en México, y en su portafolio de productos hay desde trigo, jugos, frutas, verduras, engorda de atunes para exportación y rellenos para la industria panificadora. El invernadero de San Francisco del Rincón es uno de los más emblemáticos de la compañía, que exporta a más de 20 países.

Esta es la úlitima cosecha de brócoli de la temporada y los peones provenientes de las regiones más pobres del país apuran el trabajo. Es algo nuevo. Lo del pueblo de San Cristóbal era sembrar hortalizas, pero con la entrada de Fox al poder presidencial la expansión de la agroindustira familiar dio un salto.

Por estas tierras cuentan que, cuando los Servitje entraron al rescate de Fox, la Hacienda se encontrada literalmente en ruinas. Ahora las más de dos mil hectáreas están divididas en diferentes empresas de los Fox.

Antes de que amanezca camino apresurado entre los senderos que cruzan el rancho de los Fox para preguntar por un tal Ismael que, según me han dicho en el pueblo, es el capataz encargado de manejar una cuadrilla en el corte de brócoli. Lo encuentro después de preguntar a varios campesinos que se preparan para empezar la faena del día:

-¿No tendrán trabajo para mí?

-¿Qué sabes hacer? -contesta Ismael.

-Mire, soy campesino, allá en Guerrero sembramos frijoles, maíz y cacahuate.

Ismael guarda silencio y suelta:

-Espera tantito.

Me deja esperando mientras revisa una lista que le acaban de dar con los nombres de las personas que vienieron de la comunidad de Romita a trabajar, en total son 50. Y por ese día quedo contratado, no me piden ningun documento, ni mi nombre y tampoco me dicen cuanto me pagarán. Nomás un “vete con él” .

-Hilario, llévate al señor, préstale un cuchillo y enséñale porque es nuevo.

Hilario me lleva a una camioneta de redilas de tres toneladas, en el camino va inspeccionando mis calzados y pregunta si no tengo botas de hule.

“Mira, ahora está seco, no es son necesario que lo traigas, pero si puedes cómpralo mañana, además tráete bolsa de plástico porque se necesita”. No para en hacer recomendaciones hasta que empieza a gritar “Josée, Joseee, Joséeee”. Pero nadie le hace caso.

Al llegar al vehículo, abre la cabina y saca un cuchillo que me entrega al tiempo que me ordena dejar mi mochila. Vuelve a llamar a José, pero este no le hace caso.

-Mira, vete allá, si ves donde viene aquel tractor, bueno ahí busca a José, dile que te enseñe, más al rato llego con ustedes.

En los surcos, un tractor jala una banda de doble ala. José comanda un grupo de 10 jornaleros, todos con cuchillo en mano cortan el brócoli, le dan vuelta y lo avienta a la banda; de otro lado se oyen los gritos y una música estridente. El tractor avanza despacio, las grandes ruedas tardan de dos a tres minutos en dar la vuelta completa. Es necesario agacharse con el sol a acuestas y esculcar la planta para cortar los brócolis. El cansancio doblega al jornalero a medio surco, pero eso no implica que el tractor se detenga.

El único que sí camina entre surcos es José. Él vigila que no se quedé ni una planta sin cortar y cuando ve que una se queda, entra al quite para no dejar la cosecha. José es delgado, de uno setenta centímetros de estatura, tez morena y bigotes poblados. Todo el día se cubre con la capucha de sus sudaderas. Y para no mojarse improvisa un delantal con una bolsa de plástico.

Después de recorrer un par de surcos anuncian el almuerzo. Salimos con las botas llena de lodo y pantalones mojados, las mujeres arrastran los pies con dificultad por el dolor que llevan en la espalda y cintura.

-¿A qué hora regresamos? -pregunto a uno de los jornaleros.

-A la una de la tarde -contesta uno de ellos.

Todos pasamos a la camioneta de Hilario a tomar las mochilas y nos vamos a buscar un lugar donde comer. Los surcos no son espacio adecuado para comer, las sombras pertenecen al campo donde no hay siembra.

Antes de abandonar el campo, aparece un hombre barrigón con un artefacto en la mano que parece una radio de los 80. Se detiene a un lado de los camellones y enciende el aparato. Acomoda la tapa mientras los jornaleros se forman en fila. Luego, de uno por uno pasan con su huella digital para checar la jornada.

* * *

A la orilla de uno de los canales de riego que divide el Centro Fox con los campos de brócoli, nos sentamos bajo la sombra de los mezquites para almorzar, los jornaleros sacan de sus mochilas deshilachadas las tortillas y el guiso. Un par de mujeres juntan leñas para hacer una fogata donde calentar sus alimentos.

Los cultivos en el rancho de los Fox poseen uno de los sistemas de riego más sofisticada del país. La red de riego instalada en más de dos mil hectáreas tiene ingeniería moderna, que se instaló aquí desde que Vicente Fox fue gobernador de Guanajuato, cuenta un vecino de la exhacienda.

Regresamos a los surcos. En un altavoz montado en el tractor se escuchan canciones rancheras los jornaleros corean las canciones con gritos que parecen de cantina.

A eso de las dos de la tarde, Ismael ordena a los otros capataces que nos lleven a otro campo de cultivo, también de la familia Fox. Caminamos un cuarto de hora cuando un jornalero de unos 50 años pregunta mi nombre y mi domicilio. No puedo evitar pensar que al fin alguien se preocupa de cuál es mi nombre y de dónde vengo, pero inmediatamente después de saberlo me suela un rosario de preguntas: “¿No traes mariguana? ¿Me la puedes conseguir? ¿Sabes si en el pueblo venden?”

-Me dicen “Miki” para lo que se te ofrezca compañero -ofrece.

Miki me regala una cajetilla de chicles acompañado de otras dosis de preguntas: “¿Sabes cuánto te van a pagar?, ¿Te vas a quedar a hora?”.

Después del interrogatorio, el mismo le dio respuesta: “Qué te puedo decir, aquí te van a pagar 170 pesos la jornada, si trabajas horas extras son 200 al día, a la semana vas a ganar como 1,200 pesos, pero como eres nuevo te van a pagar mil pesos porque te restan un día de depósito”.

El jornalero sigue desglosando el salario cuando el grito de Hilario nos interrumpe: “súbanse a la camioneta porque falta un buen tramo para llegar”.

En la caja del camioncito van doce hombres y ocho mujeres, un señor alto, como de uno ochenta centímetros de estatura, le dice a una compañera: “Mami ven acá, a mi lado vas a estar mejor. Si quieres mi semana es tuya, pero dame un masaje, acá donde ya sabes”. Ahí mismo otros muchachos con olor a mariguana, abrazan a las jornaleras, sin que ellas puedan defenderse del acoso.

Diez minutos tarda el traslado. Ismael ordena que entremos a los surcos a reiniciar la jornada. Sacamos tres surcos esta tarde.

Durante las vueltas en los carriles de los vegetales, el sol extenuante y el cansancio hace que nos de sed, un muchacho va por el garrafón que alguna vez fue blanco, pero ahora es verde. Se acerca al tractor y empieza a servir a los sedientos con un recipiente adaptado de un bote de refresco que cortaron a la mitad. Ese es el vaso donde bebemos agua los trabajadores de Vicente Fox, un político que se asumió como demócrata y defensor de los derechos humanos en 2000, durante su campaña presidencial.

*Texto publicado en Pie de Página*

Comments (32)

  1. Touche. Solid arguments. Keep up the good work.|
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