[Lo que miro desde el surco] Don Errabundo

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rodolfo200x200Por: Rodolfo Figueroa González

20/enero/2017 La Ciénega, Jalisco. (LF) Don Errabundo Vagabundo camina por este mundo nomás sintiendo la vida pasar por su cuerpo en lo profundo de la realidad de su andar. Le place conversar polémicas y le incita suponer consecuencias. Es un hombre más de hueso que de carne. Un ser místico hueso duro, vista blanda. Integrado de calcio más que de agua. Una fortaleza andante. Una vulnerabilidad zigzagueante que se asomó a la vida y le gustó.

En los más antes de aquellos tiempos idos él se hacía el muerto, pero ahora se siente muy vivito y hasta pronuncia augurios. Circula las calles de los pueblos y va anotando frases. Seguramente confiando en el poder de la memoria de su roída libreta, se detiene en las esquinas a escuchar la plática y grabar con su lápiz en el papel una que otra cosita digna de historia. Una que otra palabrita con destellos de verdad y sabiduría.

De su hogar no se sabe nada y de su familia menos. Algunas personas creen que vive en la loma y otras sospechan que bajo el puente. Sin embargo nadie jamás lo ha visto en la loma y que se sepa, debajo del puente, no hay señas de hogar. Pero en el pueblo los comentarios del arguende argumentan que sí y hasta las comadronas dicen no haber alucinado una mesita y una cama muy viejas que en ese lugar se encuentran. El se pasa el día en la calle, porque en la calle es donde más palabras andan deambulando por el aire y el lo único que quiere hacer es plasmarlas porque prevé que en un futuro alguien las querrá.

La gente mucho se equivoca.

Dice. Y también dice:
Hablar, igual no es que anotar.

Las personas se le amuchan para ver qué es lo que tanto escribe. Pero al instante cierra su libreta y se va a paso de enojado. Se la pasa siempre alegre hasta que a alguien comete la osadía de asomarse al enigma que su mano materializa en papel. Nadie jamás ha logrado mirar sus escritos. Pero lo que si siempre le ven y con mucho prejuicio es su aspecto físico y su apariencia aromática. No son pocos los que afirman que él se está pudriendo y juzgan que su olor es más feo que el del chamuco u otros aromas mal clasificados. Pero todo esto anota Don Errabundo; anota los chismes, las represiones, las discriminaciones, apunta los discursos políticos, los debates. Escribe las alegrías y  tristezas de la calle y que con la calle, se pierden. También registra las palabras de borrachera, las letras del maestro, las oraciones del padre, del presidente, del ingeniero, los diagnósticos del doctor, los presupuestos del arquitecto, los números del contador, las mentiras del televisor.

Fue una tarde de sol a plomo cuando doña Petra, la periodista más empírica del pueblo y quizás del mundo, llevaba más de dos horas discutiendo con Don Errabundo acerca de su egoísmo por no mostrar lo que escribe. No estaban sentados, parados yacían sobre la banqueta sudando a chorros debido al calor sofocante. Don Errabundo tenía ya más de tres días sin comer. Y entre sopor y delirio Don Errabundo cedió:

Verá Doña Petra, la gente mucho se equivoca, yo siquiera ni sé escribir. La verdá, no es igual lo mismo hablar que anotar.

Luego de decir esto, desmayó, y ella, la más comunicativa del municipio no tardó en tomar la libreta y ver. Y Vio:

Miró ninguna palabra y descubrió ninguna frase. Observó las letras que no estaban, las frases que no existían. Sobresaltada se asustó de tanto dibujo oscuro y de tantas criaturas raras, inauditas, anormales. Dibujos imaginados en quien sabe que sueño, en quien sabe que realidades y caricaturas contrastadas entre sí que de algún modo contaban el ocurrir del pueblo y el devenir del mundo.

Rápidamente se supo en todo lugar: el no escribía, no sabía. A todo el mundo el engañó. O más bien todo el mundo se engañó a sí mismo. El era dibujante. Y con su lápiz dibujaba y hacia caricaturas de palabras y frases con las que se iba encontrando en un camino de engaños, mentiras, prejuicios y malas interpretaciones.

Pronto Don Errabundo se recuperó del desmayo. Después de muchos años está muy muriendo y ya ni ve. No puede dibujar pero en su mente siempre mira los dibujos que creó, los presentes que grabó y las vivencias que plasmó. Cree que vive mejor sin mirar las desgracias y la degeneración que en la actualidad existe. Imaginando y soñando con sus aquellos tiempos de armonía comunitaria el pasa sus últimos días. Su libreta la perdió en los campos por donde merodeaba creando dibujos de palabras vegetales una vez que quedó dormido y al despertar ella no estaba.

Al tiempo, según dice la gente de la calle, un niño de 10 años la encontró y se puso a leerles los dibujos a sus amigos. Ellos se asustaron y se fueron corriendo con sus papás a preguntarles por qué estaba tan cochino el mundo.

 

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