[Lo que miro desde El Surco] Don Jesusito

by Rodolfo González Figueroa 17

Por: Rodolfo González Figueroa

25/agosto/2017 El Limón, Jalisco. (LF) Don Jesusito, un hombre casi de 90 años maldice siempre a la gente

Nadie sabe por qué maldice tanto a la gente ni por qué enojado siempre está.

Desde hace un tiempo grande, él solo anda callejeando, platicando y ofendiendo humanos que pasan, que se encuentra o que se topa.

Es ciego de la vista y ciego también de los pies. La memoria es el único ojo que le queda. Tiene poca pestaña y en su ropa mucha araña. Vive desde quien sabe cuándo en un pequeña casa quien sabe cómo.

En los días y en las noches caminando anda, aunque caminar no pueda.

Él es uno de los ancianos más rancios y obstinados de esta comunidad y a pesar de ello la gente de hablarle no deja.

Pero, Jesusito lo sabe, obviamente, no porque lo vea, sino porque lo siente y además, lo huele. Las personas le hablan por pena y no por interés.

En muchas ocasiones recibe migas de pan de algunos vecinos, a veces alguien le brinda la comida que sobró, solo para no tirarla o para no dársela al perro. Algunos días, los “ricachones” del pueblo le regalan el desayuno aunque sólo se lo dejen en la banqueta e inmediatamente cierren la puerta para no oler el olor de la indignación del hombre.

Hace apenas cuatro años que se enteró de que había un día para los ancianos. Un día oficial. Es decir, un día para festejarlos aunque no para escucharlos y mucho menos para entenderlos y aprender de su sabiduría.

Como todo, a Don Jesusito no le pareció bien. Mucho menos asistiría a las celebraciones hipócritas que los representantes organizaban año con año con motivo del día de los viejos.

No fue. Don Jesusito nunca ha ido. Pero ha estado atento. Y en ocasiones alcanza a cachar restos de tamales y un atolito de chocolate que para la panza vacía, no caen mal, aunque provengan del presupuesto anual. Y come con gran ansiedad y agradece como todo humano hambriento y sólo de soledad.

Aunque luego, a los ocho minutos eructe y diga:

-¡bola de jijos de la chingada!

Insultando con energía y seguridad.

Quizá Don Jesusito comprende, tal vez, y por eso se enfurece. Comprende muchas cosas. Comprende los engaños del gobierno para con su gente.

Esporádicamente acude con su hermano a que le den comida caliente o recoger la despensa con la que tanto se auto elogian los gobernantes. Acude callado y con una seriedad evidente y llamativa.

Su hermano recibe la comida, o la despensa. Don Jesusito come en silencio y molesto. Y mientras masca, más se enoja, pensando en por qué nunca le preguntan qué opina o que piensa o como se siente; o porque ni siquiera lo miran a los ojos en lugar de ver su pantalón roto o su camisa mugrosa o su sombrero agujereado.

Y más, todavía, se ofende, nomás de saber que esas personas sin entendimiento presumen con orgullo su trabajo a la sociedad, sin que la sociedad, también, entienda.

 

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