[Lo que miro desde el surco] Panoramas

by Rodolfo González Figueroa 3

Rodolfo200x200Por: Rodolfo González Figueroa

26/mayo/2017 La Ciénega, Jalisco. (LF) La historia del hambre continúa construyéndose como parte de la historia del desarrollo y sus derivados; la pobreza y el atraso. Los centros económicos y políticos del poder local y mundial no cesan de reproducir los capítulos de esta historia”.

El progreso se impone y para construir primero requiere destruir. Para que haya riqueza se necesita generar pobreza.

Los países más megadiversos a nivel planeta tierra son, al mismo tiempo, quienes registran mayor porcentaje de pobreza, hambre, despojo, desplazamiento, devastación.

“La biodiversidad es la cabalgadura de la muerte”, es el título de un libro de los autores Humberto Cárdenas y Álvaro Marín de Colombia, donde develan los intereses económicos de los grandes emporios trasnacionales, en medio de la guerra por la tierra que deja ya miles de muertos sobre los que ahora se siembra militarmente palma africana.

Algo “casualmente” semejante ocurre en nuestras regiones locales. Donde antes hubo gran biodiversidad es donde ahora, no sólo viven familias y existen pueblos despojados de su saber y su memoria, de su tierra y sus modos ancestrales, sino que también se extienden grandes superficies de monocultivo, de desaparecidos, de amenazas y asesinatos.

No voy a mencionar el territorio de la Reserva de la Biosfera Sierra de Manantlán. Donde se asienta una de las mineras que mayor cantidad de hierro produce en esta gran fusión Arido-Mesoamaricana llamada México. Ni de las Sierras del Sur de Jalisco, tan atiborradas de agua, riqueza forestal, diversidad animal y florística donde cada vez más, de rara manera, se sustituyen miles de hectáreas de bosque por monocultivos de aguacate. Ni del mítico llano de Rulfo, tan diverso en flora y fauna, tan árido y tan fértil, tan contrastante como místico, donde más de la mitad de la población vive sin alimentos sanos disponibles, desposeída de su autonomía llenando su panza de miedo y angustia antes que de comida, donde varias empresas se enriquecen explotando suelos, gentes y esperanzas produciendo únicamente tomates.

Turbio está el horizonte y los vientos grises. Los calores aumentan mientras los colores disminuyen. Simultáneamente, las quemazones se extienden sin tregua. Todo el territorio se quema. Más allá de la biomasa; se quema la memoria, el tejido social. Se destruye la biodiversidad y no sólo aumenta la desertificación; se destruye la heterogeneidad existencial y aumentan la uniformidad social. Se erosiona el suelo en paralelo al saber, al conocimiento. Se extingue la fauna y la esperanza. Los cerros de desvisten de vegetación y los humanos contemplamos en colaboración.

Los incendios son visibles, intensos y diversos.

Desde la calle se aprecian. Sus cenizas nos intoxican el cuerpo. Se ha quemado ya la confianza y la solidaridad. Chamuscada esta la democracia, la justicia, la fe. Hace rato se achicharró la alegría de ser libres y sanos, de ser simples y apegados custodios de la madre tierra. Se ha carbonizado también la vida comunitaria, el sentido común, la comunalidad y buen combustible para incrementar las llamas es la organización social, los ejidos, las asambleas y nuestros propios ruidos.

La resolana se entrevera con vientos turbios. No sólo se incineran los bosques de la Sierra, arden también los coamiles, se chamuscan los basureros, se carbonizan los potreros. El aire se contamina, la claridad se difumina.  Las horas pasan más lentas mientras los medios oficiales declaran contingencia ambiental precedida hace tiempo de una contingencia social.

¡No salga! ¡Cierre ventanas! ¡No realice actividades al aire libre! Nos advierten las autoridades “por nuestro bien”. Se hace honor a la recién nacida zona metropolitana declarándola en contingencia. ¡Clara muestra de modernidad y progreso!

Arriba, los humos viajan juntos y se concentran perforando la capa de ozono; abajo y separados, nosotros nos quedamos mirando esperando ridículos pagos de bonos de carbono.

El impacto de la quemazón es superior de lo que se ve a simple vista. Y es que, cuando la quemazón ocurre se nos acorta la vista. Al tiempo, la turbulencia disminuye, volteamos a ver los cerros y descubrimos nuevos claros, cambios de uso de suelo y nuevas perforaciones para la extracción mineral. Lo que parece accidental termina sirviendo para generar un dineral.

La confusión predomina. El sopor aletarga el razonamiento. Los discursos políticos sobre biodiversidad se imponen desde afuera. Los intereses mercantiles tratan de regular no sólo la economía, también el lenguaje y asimismo imponer poco a poco una estandarización cultural.

Sin un profundo ejercicio de contexto, la noción de crisis y desesperanza nos hará permanecer inmóviles. De hecho, así estamos. Vulnerables en expansión. Hambrientos en potencia, decadentes en crecimiento.

Pero resulta que no queremos ser estadística; desplazados, empleados, explotados, desaparecidos o caídos. Queremos ser los sonidos, el resurgimiento de la autorealización. Ser los antidatos, no estadísticos que desmoronan las matemáticas y las cuentas mal habidas del capitalismo enmarañado y decadente, que en su caída tira manotazos de los cuáles hay que estar alertas y esquivar despiertos como buenos atletas.

 

 

 

 

 

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