[Lo que miro desde el Surco] Temporal al tiempo

by Rodolfo González Figueroa 216

Tierra, semillas, retoños, hojas, plantas, animales, agua.

Por: Rodolfo González Figueroa

30/junio/2017 La Ciénega, Jalisco. (LF) En junio el mundo se alegra. La gente celebra la llegada del ciclo de lluvias al igual que los árboles y los cerros. Los animales celebran y con fiesta elogian al tiempo de agua que ha vuelto. Las ranas cantan, las aves silban, el caballo se relame viendo cómo vuelve a crecer el pastizal y reverdece el suelo. La tierra abre sus brazos a la lluvia y ella, la lluvia, fielmente vuelve al lugar de donde alguna vez se evaporó.

Los hombres y mujeres del campo preparan herramientas, planean estrategias y se van a acariciar la tierra, para que ella admita a la simiente en sus adentros y forme a los frutos que forman a las personas. El viento se purifica un poco y se pone a navegar por el espacio. Más fresco y limpio entra  y sale de todos lugares, acarreando la alegría y el regocijo que los humanos desprenden al ver llover en su tierra.

Ocho meses de estiaje en estos lugares acaban cuando el horizonte se comienza a poner oscuro y poco a poco se van acercando los sonidos comenzándose a percibir destellos de luz efímera. Luz de energía que conspira con las nubes y la esperanza que en el hombre se forma al mirar esas maravillas desprendidas en lluvia.

Se viene el temporal y no sólo llueve agua. Para la gente del campo llueve fe, llueve esperanza, llueven sueños, ilusiones y confianzas. Y a los pocos días ellos y ellas dejan el hogar y habitan en la tierra. La parcela se hace templo. Un templo de reproducción de la vida. Un enraizamiento humano hondo ocurre en la tierra. Ellas y ellos pasan el día trabajándola, preñándola. Y no sólo la fecundan con semillas, también siembran amor, creatividad, utopías y futuro.

En pleno desempeño de la dignidad y la independencia los campesinos, las campesinas, ven germinar sus plantas, contemplan su alzamiento desde la superficie hasta el aire. A veces en ese acto ellos y ellas de igual modo, aprenden las maneras de las plantas, las formas del agua, del viento y de la luz. Se instruyen de la enseñanza vegetal y se saben como la tierra; fértiles. Se saben como el agua; a veces claros, a veces turbios. Se saben como el viento; intrépidos y quietos. Se saben como la luz; brillantes y eternos. Se combinan, se intracombinan, se intercombinan. Se funden con los elementos y las personas se hacen maíz al igual que suelo, dialogan con la nube como con el perro.

Porfiadamente productivos estas personas laboran, aunque los venenos actuales puedan erosionarlos. Conscientemente claros porque no dañan el ambiente ni ansían poder y moderadamente turbios cuando les entra el rumoroso estupor de palabras técnicas, agronómicas. Tenazmente intrépidos para salir adelante a pesar de la plaga social y oportunamente quietos como para detenerse a mirar que la verdad está en todas partes y se hace, como la naturaleza, en movimiento. También frecuentemente brillantes como para iluminar de sabiduría la historia de los pueblos y eternos, nomás porque le dan impulso y fuerza a los ciclos de la vida.

La vida renace y los saberes populares retoñan como el cerro. Los minerales que los árboles regresan al suelo en forma de hoja ahora suben al cielo formando nuevos rebrotes. Se aclara el horizonte y para las y los sembradores también se aclara la vida; vocación conjugada con cosmovisión y sensación. Ilusión con corazón, profundo desenvolvimiento del ser en el quehacer.

En junio empieza el temporal y quien sabe cuando acabe. Pero lo demás sigue vivo mientras siga viva la gente del campo y el tiempo de tiempo para que la naturaleza sea escuchada en todos lugares a donde el viento acarrea sus sonidos.

 

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