Realidad Alterna | ¿Y qué hay de la tolerancia?

in Lourdes Cano Vázquez/PlumasLF

Por: Lourdes Cano Vázquez.

Vivimos en el imaginario de las generaciones del siglo XX, ese que se da en el año 2000 o después, en medio de aparatos novedosos y modas ridículas. Todos pensaron en la forma, pero no en el fondo de ese escenario futurista que nos es difícil de comprender a los que formamos parte.

Más allá de los teléfonos inteligentes está la diversidad cultural, la búsqueda de la equidad de género, la identidad sexual o las diferencias ideológicas.

Probablemente muchos pensaron que la llegada de la modernidad a nuestra sociedad, traería consigo el desarrollo total de los países, cosas como la erradicación de la pobreza o las epidemias de nuestro tiempo; sin embargo, nos topamos con que los seres humanos no nos desarrollamos a la par de nuestros descubrimientos y que la civilidad no llega junto con la tecnología.

A pesar de presumir lo contrario, seguimos siendo intolerantes como en el pasado, no podemos entender al que piensa diferente, buscamos pertenecer a una mayoría y escudarnos en la idea de que estamos en lo correcto, sin dar lugar a lo distinto.

En este nuevo mundo nos damos el permiso de linchar a todo aquél que desafíe opinar diferente; en las redes sociales tenemos nuestras hogueras y guillotinas listas para acabar con el que no encaje, con el que no se alinee. Ahora más que nunca en tiempos de campaña, esa intolerancia venenosa surge para callar al otro, apabullarlo a punta de comentarios agresivos, incluso amenazantes.

La tolerancia es uno de los principios básicos de las democracias modernas, es más, la democracia es un mecanismo para dar poder a las minorías, para lograr la adaptación de todos esos grupos e incluirlos dentro de un todo, se trata de aceptación, empatía con el otro, que si no es igual que yo, ni piensa igual que yo, aún así tiene derecho a las mismas condiciones que tengo.

Yo no le tengo miedo a López Obrador, no me asustan sus propuestas descabelladas y poco probables, entiendo que hay maneras de atraer el voto; pero sí tengo miedo a decir que no lo quiero como mi presidente, porque le temo a la agresividad desmedida de muchos de sus seguidores, esos que no escuchan razones, los que no saben dialogar y solo saben pegar, esa intolerancia recalcitrante es la que me asusta.

Y es grave que hasta hoy, después de casi cinco años escribiendo en este espacio y bajo estas circunstancias, sea la primera vez que me da temor expresar lo que pienso; esto invariablemente significa que siento amenazada mi libertad de expresión.

En más de alguna ocasión he tenido el ánimo de escribir por qué no considero a Andrés Manuel una buena alternativa para la presidencia, y detallar en este espacio todo aquello que le cuestiono en lo privado, pero como muchos, me arriesgo a ser linchada por no creer ciegamente como ese colectivo de cuarenta y tantos porciento que ha decidido firmemente votar por el tabasqueño.

Yo, a diferencia de todos esos que antes de argumentar agreden, respeto sus motivos y convicciones, comprendo que no todo el mundo piensa igual que yo, ni puedo esperar que lo hagan porque todos somos resultado de circunstancias diferentes en la vida. Considero que una sola persona no representa el cambio del país, ni me aferro a las palabras que pueden quedar en promesas; he aprendido que mientras más altas sean las expectativas, más grandes serán las decepciones, es por eso que intento ver la humanidad en cada candidato.

El futuro que imaginemos ahora no debe ser el de los inventos extravagantes, sino el de libertad de expresión, inclusión y tolerancia, pero acompañado de los valores de antaño como el respeto y el civismo que parece extinto. Cómo vamos a ganar un gobierno respetable, si no lo hemos cultivado.

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