Tonaya y San Gabriel, municipios de la “Ruta Rulfiana” donde también hay pobreza (Reportaje)

by Letra Fría 1

Ayer no tuve nada para comer, vino uno de mis hijos de trabajar y me trajo una pieza de pan y eso me comí, en la noche…”, lamenta Doña Virginia, quien, a pesar de su diabetes y bajo el riesgo de sufrir hiperglucemia, comió pan. No tenía opción. Fue lo único que tenía para matar el hambre.

Por: Mayra Vargas Espinoza | Carmen Aggi Cabrera

16/mayo/2017 San Gabriel, Jalisco. (LF) “Aquí todo va de mal en peor”, reza la primera línea del cuento “Es que somos muy pobres”, que forma parte de “El Llano en Llamas”, obra emblemática del escritor jalisciense Juan Rulfo, publicada en 1953.

Doña Virginia, no conoce la obra literaria de Rulfo, sin embargo es muy cercana a ella: parece que es uno de esos personajes que inspiró al autor de “Pedro Páramo”. Ha vivido toda su vida en La Cofradía, una población de Tonaya, municipio con 5 mil 960 habitantes, enclavado en la Sierra de Amula de Jalisco y uno de los diez municipios que conforman la denominada “Ruta Rulfiana”; que ha sido marcado por la explotación laboral, pobreza y marginación:

“Ayer no tuve nada para comer, vino uno de mis hijos de trabajar y me trajo una pieza de pan y eso me comí, en la noche…”, lamenta Doña Virginia, quien, a pesar de su diabetes y bajo el riesgo de sufrir hiperglucemia, comió pan. No tenía opción. Fue lo único que tenía para matar el hambre.

Doña Virginia comparte su historia con cuatro de cada diez tonayenses, pues el 43.9 por ciento es pobre, de acuerdo al Instituto de Información Estadística y Geográfica de Jalisco (IIEG), que la define:

la pobreza está asociada a condiciones de vida que vulneran la dignidad de las personas, limitan sus derechos y libertades fundamentales, impiden la satisfacción de sus necesidades básicas e imposibilitan su plena integración social”, cita el documento del IIEG.

A 32.4 kilómetros de distancia, en Ojo de Agua, parte de la comunidad prehispánica de Apango en San Gabriel, Jalisco, vive Doña Catarina. Estas dos mujeres no se conocen, sin embargo, tienen algo en común: ambas han sido víctimas del abandono, la marginación y la pobreza.

Doña Catarina vive en la comunidad de Apango. (Foto: Mayra Vargas)

Las cuatro décadas y media de su vida entregada a los invernaderos, le dejaron un pulmón colapsado, artritis reumatoide y una liquidación de 16 mil pesos, con la que no alcanzó siquiera a construirle un cuarto a su casa que paliara el hacinamiento en el que vive ella, sus hijas y sus nietos.

Un error en sus datos personales y la poca voluntad de su empleador, una empresa agrícola instalada en Tuxcacuesco, “municipio rulfiano”, le quitaron las esperanzas a Doña Catarina, de recibir la pensión por edad avanzada. Hace años sólo le dieron su finiquito y ahora se conforma con el deficiente servicio que cada mes le otorga el IMSS cuando va a sus citas médicas. Ella es afortunada, ya que, de acuerdo al IIEG, tres de cada cuatro gabrielenses no tienen Seguridad Social, es decir, casi once mil de 16 mil 105 habitantes no tienen acceso a la salud.

Apango, el reflejo de la miseria

Apango es una comunidad prehispánica de San Gabriel Jalisco. (Foto: Ismael Hernández Barra)

San Gabriel es La Comala de Juan Rulfo, según el cronista municipal, José de Jesús Guzmán Mora y si el escritor regresara a El Llano en Llamas, vería que poco ha cambiado; que los pobres siguen aislados, que los servicios básicos son raquíticos y que se nota en los que viven del trabajo en el campo, el pesar de la vida:

“La vida de Juan Rulfo en este pueblo (San Gabriel) fue muy difícil y dramática, siempre estaban cuidándose de que sus vidas no corrieran peligro, y de su familia, por eso finalmente se establecieron en San Gabriel. No en Apulco, no en Tonaya, no en Tuxcacuesco, no en San Pedro Toxín. (Él) quedó marcado por lo que vio, lo que vivió, lo que le contaron en ese San Gabriel difícil, en su infancia difícil, para quizá luego escribir lo que ya conocemos”, refiere el cronista.

Con el 47.1 por ciento de su población, San Gabriel rebasa el promedio de pobreza a nivel nacional que es del 46.2 por ciento y supera por más de doce puntos porcentuales el 35.4 por ciento de población en situación de pobreza que presume Jalisco a nivel nacional, al ubicarse dentro de las diez entidades con menor pobreza en el país, de acuerdo al Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL).

Conforme uno se aleja de la cabecera municipal de San Gabriel, los rasgos de pobreza y marginación son más evidentes. Apango es el reflejo de la penuria. Sus calles polvorientas y solitarias evidencian el olvido de las autoridades. Estar en la comunidad de Ojo de Agua, en Apango es como regresar en el tiempo en el que Rulfo se inspiró para la creación de su obra literaria “El llano en llamas”.

Doña Catarina; calle Olvido #49

Calle Olvido #49 en Apango, San Gabriel. (Foto: Ismael Hernández Barra)

Las letras escritas con pintura azul, plasmadas en dos pedazos de madera, clavadas en una pared de bloques, aún sin terminar, le recuerdan constantemente su condición. Ella se siente afortunada porque por primera vez en su vida, en marzo pasado, recibió una despensa por medio del Programa Social “Prospera” que le permitió despreocuparse por la comida de unos días:

“Trae medio litro de aceite, un paquete de arroz y una de avena, una minsa, un kilo y medio de frijol negro y dos paquetes de leche”, recuerda.  

Confía que la promesa del alcalde de San Gabriel, César Augusto Rodríguez Gómez, no quedará en el olvido y que cada mes tendrá una despensa para mitigar el hambre.

Las Marías es una familia de mujeres que trabajan para sostener el hogar. (Foto: Mayra Vargas)

A unos metros de El Olvido #49, viven Las Marías, una familia de mujeres que trabajan para sostener el hogar. Ante la falta de empleo y oportunidades, el cultivo de alcatraces se ha convertido en su principal fuente de ingresos:

“Porque vamos a pedir trabajo, pero ya no me quieren, pues ya no puedo… La estoy dando en siete pesos, pues ya subió todo, antes la tenía a tres, cuatro, cinco, seis y ya ahora a siete. Así como han subido las cosas pues yo también las subo. A veces de la venta me saco 300 o 400 pesos según lo que lleve”, menciona María Isabel, de 65 años de edad.

Ellas aprovechan los cultivos de temporada. Cuando el cerro da chayotes, los vende cocidos o crudos. Lo mismo hace con los nopales y los camotes. A Las Marías las ha golpeado la pobreza, el hambre y las enfermedades; María Guadalupe de 37 años de edad, fue víctima de la poliomielitis cuando tenía doce años. Sus piernas reflejan las secuelas de la patología:

“No podía pararse, se arrastraba, no tenía fuerza en los pies, la operaron de 18 años y por eso ya camina, pero no quedó muy bien”, explica su madre María Isabel.

Las paupérrimas condiciones de los moradores del Llano en Llamas

(Foto: Mayra Vargas Espinoza)

En San Gabriel los servicios de salud son deficientes; de acuerdo a datos de la Región Sanitaria Número VI de la Secretaría de Salud Jalisco, con sede en Zapotlán El Grande, este municipio no cuenta con un hospital y sólo 18 médicos atienden a 16 mil 105 personas: hay un médico por cada 895 gabrielenses.

El panorama se encrudece en Tonaya en donde los servicios de salud son raquíticos: tampoco tiene hospital y un médico debe atender a 1 mil 192 habitantes. Sólo hay cinco para 5 mil 960 personas, informa la Jurisdicción Sanitaria Número VII de la dependencia estatal.

A Doña Virginia le pesan las siete décadas de vida, su viudez la obligó a trabajar duramente para sacar a sus doce hijos adelante. Víctima de una alteración genética que la hizo nacer con sus manos y pies deformes, sentada en el pasillo de su casucha, reniega de la diabetes mellitus que ha mermado su vida.

El desabasto de medicamento del Sector Salud, afecta a los más vulnerables, como Doña Virginia, quien, desempleada y enferma, sufre penalidades para completar los 3 mil pesos al mes que necesita para comprar dos frascos de insulina que no le provee el Seguro Popular:

“No hay medicamentos, yo no sé qué vamos a hacer y la insulina tan cara”, lamenta.

A pesar de su situación, no ha logrado ser beneficiaria de ningún programa social:

“Me he inscrito al “70 y más”, me he ido a apuntar muchas veces a Autlán y me dicen que no, que no están apuntando, que me regrese y me piden datos, pero nunca me llaman”, expresa con pesar.  

“Siempre le he ido al PAN y aquí tengo la bandera, la lavé y aquí la tengo”, dice mientras toma entre sus manos un pedazo de tela blanca con el logo pintado del blanquiazul y el nombre de Felipe Calderón, expresidente recordado porque sumó 15.9 millones de mexicanos a la pobreza: en 2006 había 45.5 millones y para 2012 se llegó a 61.4, es decir, 52.3 por ciento de la población mexicana, según datos del CONEVAL.

Doña Virginia se siente orgullosa de ser panista. Conserva esa bandera como una reliquia. Presume que en Tonaya los presidentes panistas han sido “buenos” porque de vez en cuando la visitaban y le daban 50 o 100 pesos.

Contrario a ella, las promesas incumplidas de los candidatos y funcionarios en San Gabriel, hicieron que Las Marías dejaran de creer en el PRI y en los demás partidos políticos:

“Éramos priistas, pero ya no creemos porque ya ve ahorita tanta corrupción, no se tiene confianza ya, porque vamos a pedir ayudas y ya no nos quieren dar, cuando andan en campaña le ofrecen a uno la luna y las estrellas y después lo ignoran a uno… Uno se hace arisco”, dice María Guadalupe, mientras escucha un programa en la televisión que les otorgó el programa “Prospera”.

La educación no es opción cuando se tiene hambre

San Gabriel es La Comala de Juan Rulfo, según el cronista municipal, José de Jesús Guzmán Mora. (Foto: Mayra Vargas)

El rezago educativo forma parte de la historia de este pueblo enclavado en el Llano Grande. Hace casi un siglo la educación era tan escaso como la alimentación; en un documento compartido por el cronista de San Gabriel, titulado “Telcampana y la educación 1918”, se lee que en la escuela de la hacienda Telcampana, un niño de nombre Julio fue reprobado por falta de ropa, al igual que sus compañeros Canuto y Bartolo Preciado. “Caso patético fue el de María Dolores quien perdió el curso por muy pobre”, menciona el archivo.

No tener acceso a la educación indica pobreza.

En San Gabriel 852 personas son analfabetas, representan el 7.2 por ciento de la población. 2 mil 9 gabrielenses no terminaron la primaria y 2 mil 820 la secundaria es decir, el 47.8 por ciento, según datos del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, INEA en 2016.

El panorama es más desolador en Tonaya: el 51.9 por ciento de la población mayor de 15 años de edad, tiene rezago educativo, es decir, 2 mil 293 personas no saben leer ni escribir, no concluyeron la primaria, ni la secundaria, de acuerdo al INEA en 2015.

El trabajo en el campo; la esclavitud moderna

Cancha del albergue de Bioparques de Occidente SA de CV. (Foto: Mayra Vargas)

Don Víctor Ríos ha sido testigo de cómo ha cambiado el Llano en Llamas en los últimos 31 años, gracias a su oficio de chofer de la ruta Autlán – Ciudad Guzmán. Dice que ya no es lo mismo:

“Hace dos décadas era más común ver los camiones llenos de jornaleros, se movían a los potreros, ‘que lléveme al crucerito fulano’, ‘lléveme al crucerito zutano’, iban a sus labores y ahorita no, ahorita ves todo abandonado… Antes viajaban con su guajolote, gallinas, costalitos y ahí traían sus pollitos. La gente viaja por mucha necesidad o porque tiene mandados o preocupaciones”, reflexiona sentado en una banca de la Central Camionera de Autlán.

En el kilómetro 58 de la carretera estatal 429 El Grullo – Ciudad Guzmán, en el municipio de San Gabriel existe una población llamada “La Croix”, en donde los reductores de velocidad obligan a los conductores a transitar a vuelta de rueda para proteger a los más de mil jornaleros agrícolas que la cruzan, para ir del albergue donde viven, a la empresa donde laboran: Bioparques de Occidente, S.A. de C.V.

Esta empresa fundada en febrero de 2002, se dedica a la producción y comercialización agrícola de tres tipos de tomate: Grape, Bola y Roma, a lo largo de las 100 hectáreas con las que cuenta.

Antes de la Revolución Mexicana, en los tiempos de José María Manzano, dueño de la hacienda de El Jazmín “los trabajadores tenían una jornada laboral larga, no muy bien pagada, pero les permitía al trabajador subsistir”, declara el cronista. Ahora los trabajadores del Llano Grande sufren “una explotación moderna”, refirió Guzmán Mora:

“Viven en casas muy pequeñas familias completas, en las casas (de Bioparques) tienen una casa pequeña, comida, aunque salarios bajos, pero no deja de ser una situación de hacinamiento, de casas a veces con o sin piso y una situación difícil”, explica.

Los jornaleros que trabajan en Bioparques provienen de Chiapas, Oaxaca, Guerrero y Veracruz, principalmente. Esta empresa en 2013 fue denunciada por la explotación laboral de 270 jornaleros quienes vivían en condiciones infrahumanas, que derivó una multa por un total de 8 millones 580 mil 700 pesos por la Secretaría Federal del Trabajo.

El cronista cita que en la época de El Porfiriato a finales del siglo XIX el municipio tuvo desarrollo y esplendor, como ahora lo tiene Bioparques:

Sin embargo también había pobreza, porque fue esplendor para los que tenían dinero, para los empleadores, pero para los empleados era pobreza”, dijo en entrevista.

A pesar de las paupérrimas condiciones en las que viven, los moradores del Llano en Llamas no han considerado dejar su tierra en busca de una mejor calidad vida. Doña Catarina tuvo la oportunidad de migrar con sus hijos a Ciudad Guzmán a la casa de una tía, pero decidió quedarse en Ojo de Agua, Apango: “Me trajo aquí mi marido y aquí me dejó viviendo”, dice con resignación.

María Isabel decidió vivir con toda la familia en la casa que su esposo le dejó cuando murió: “Y pues aquí me dejó, se murió y aquí quedé. Aunque no queramos aquí nos quedamos porque es lo mismo donde quiera”.

Doña Virginia nunca pensó en irse de Tonaya: “Mi esposo cuando ya estaba muy mal me dijo ‘ira mujer te voy a dejar esta casita’ y aquí sigo”, dijo sentada a unos metros del gran árbol de tamarindo que le da sombra a su casucha:

 “¿Qué me gano con estarme preocupando? Lo que Dios tenga destinado”. 

Comments (1)

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