La vida entre tumbas: historia de un sepulturero

El viento sopla muy despacio. Agita las hojas de los árboles apenas lo suficiente para recordarnos que el tiempo continúa avanzando. El sol de la tarde baña las alas inmóviles de un ángel de cemento, que custodia lo que posiblemente sea la tumba de un niño. La lápida ha sido devorada por los años, y resulta imposible apreciar el nombre y la fecha de quien yace ahí debajo, ajeno al resto del mundo. La escena se repite a lo largo de todos los pasillos del cementerio; un centenar de figuras inmóviles difuminadas por el atardecer, velando el eterno sueño de un sinnúmero de personas.