Rieleras y juanes, vivimos en la era del ruido y no me refiero exclusivamente a la estridencia sonora. Deslizamos el pulgar o el índice por la pantalla y nos caen encima cascadas de datos, memes y noticias de último minuto y no pocas de ellas nos generan estrés y malestar, infodemia le he llamado en otras ocasiones.
Pero, entre tanto caos, ¿qué es lo que realmente se queda con los receptores de las comunicaciones? No es el dato frío, es la historia. Como especialista en generación de contenidos se les digo con convicción: hoy, más que nunca, el poder no lo tiene quien posee la información, sino quien sabe narrarla.
Para partir de la claridad, diferenciemos estos dos pilares de las maneras de conocer. La comunicación es el proceso: el puente que tendemos para intercambiar mensajes. Es el «qué» y el «cómo» enviamos una señal. En cambio, la narrativa es el alma de ese mensaje. Es el sentido, la estructura y la intención que le damos a los hechos para que cobren vida.
Si la comunicación es el cableado de una casa, la narrativa es la luz que ilumina las habitaciones y las hace disfrutables para vivir en ellas de manera plena y satisfactoria. Comunicación y narrativa se relacionan de forma simbiótica: una buena comunicación sin narrativa es aburrida y mecánica; una narrativa sin una comunicación efectiva es un grito en el desierto que nadie escucha.
Para quien estudia Periodismo, Letras o Comunicación, les comparto que saber gramática es solo el 10 por ciento de la labor productiva de los contenidos. En un mundo saturado, la preparación en la construcción de narrativas es un chaleco salvavidas para la sobrevivencia y el éxito laboral.
Un profesional que domina la narrativa no solo «reporta»; él o ella construye sentido. Se requiere ética para entender que cada adjetivo que elegimos y cada ángulo que decidimos mostrar está moldeando la percepción de quien nos lee. Prepararse en esto implica entender la psicología de la audiencia; dominar el lenguaje transmedia (que la historia transcurra igual de bien en un hilo de X que en un podcast; y mantener el rigor ético frente a la tentación de los clics rápidos con afán sensacionalista.
Estas acciones tienen un impacto social y aquí es donde la cosa se pone seria. Las narrativas no son solo cuentos; son la base de nuestra realidad social. Lo que creemos sobre la política, el cambio climático o los derechos humanos está construido a través de relatos.
Cuando los comunicadores fallan en construir narrativas honestas y humanas, la sociedad se fragmenta. Aparece la polarización, las noticias falsas y la apatía. Por el contrario, una narrativa poderosa y ética tiene la capacidad de generar empatía, de visibilizar lo invisible y de mover a la acción. Nos ayuda a entender que el «otro» no es un enemigo, sino alguien con una historia tan válida como la nuestra.
En fin, contar historias es lo que nos hace humanos. En este 2026, donde la inteligencia artificial genera textos por segundo, lo que nos salvará será nuestra capacidad de inyectar verdad, propósito y emoción a nuestros relatos. No nos limitemos a informar, mejor tengamos el atrevimiento de narrar con sentido.





