Rieleras y juanes, lo que hemos vivido desde el domingo 22 de febrero nos remite a un contexto de violencia y miedo del que estábamos conscientes, pero que como sociedad nos habíamos acostumbrado y aprendido a vivir con ello. La escalada de violencia nos sacó de ese adormecimiento de un minuto a otro.
En estos días he entretejido historias alrededor de la vivencia del suceso. La de una maestra que iba con sus hijos en trayecto carretero a quien junto con sus hijos la despojaron de su vehículo para luego quemarlo, dejándolos varados en una comunidad cercana; la de una joven estudiante que no puede dormir desde el domingo porque fue testigo de la quema de una sucursal del Banco del Bienestar en Ciudad Guzmán y ahora, cualquier ruido la altera; la de familias que quedaron separadas entre Guadalajara y Puerto Vallarta o El Grullo o Ciudad Guzmán y sin duda con todos los municipios del resto del estado, por dos días por la zozobra y el riesgo de tomar carreteras.
La de vacacionistas de fin de semana que quedaron varados, en los diversos destinos, con los recursos agotados; la del equipo de fútbol infantil que ya no llegó al anhelado torneo dominical y tuvieron que esperar en Usmajac para retornarse a Colima en medio de la incertidumbre; la del grupo de chicas que salieron temprano de Ciudad Guzmán para ir a Guadalajara a ver el partido de fútbol femenil Chivas América y que asustadas se regresaron antes del entronque hacia Tapalpa para finalmente quedar suspendidas en un viaje donde los caminos estaban bloqueados… ustedes seguramente conocen muchas más porque todos las vivimos.
Cada historia está vinculada a una familia, a la angustia de quien espera el retorno de los suyos en medio del bombardeo de información de todo tipo: la creíble, la improbable, la preocupante, la insólita, la atemorizante, que en su conjunto creó una atmósfera de terror y silencio social con calles solitarias, comercios cerrados y trayectos limitados.
El encierro. El domingo me recordó el miedo que llegué a tener en la pandemia por Covid 19, pero acelerado. Ahora la amenaza no era una enfermedad. Eran los potenciales agentes del crimen enojados que habían lanzado amenazas de salir a la calle y agredir a cualquiera que se encontraran en el camino, todos proyectados en los mensajes en redes sociales que no resultan ciertos, pero logran su cometido de generadores de terror.
El lunes. Empezaron a llegar los mensajes, algunos desde la noche del domingo ¿cómo están por allá?, ¿ya regresó tu hija?, ¿sabes si se puede pasar hacia…?, ¿sigue el bloqueo? ¿sabes si se puede salir rapidito a la tienda?
Incluso recibí mensajes de otras partes del mundo pues la nota periodística, por supuesto, fue a nivel internacional, pero enmarcada en los comentarios de los tomadores de poder, de las estrategias económicas, de los analistas políticos… ¿y la gente? Por eso me quise detener en esta reflexión.
Las historias pequeñas son las que construyen la urdimbre social, que por ahora es de estremecimiento, miedo y desconfianza. Espero no nos lleve tanto recuperarnos. Tiempo al tiempo.





