Me decidí a caminar para encontrarme con ella. Total, no estaba tan lejos, veinte cuadras más o menos. Disponía de una media hora para el trayecto, por lo que salgo del Centro Comercial y me dirijo hacia allá.
La esquina con semáforo anuncia: “vuelta continua dando preferencia al peatón”. Los conductores hacen caso omiso del letrero y aun con luz roja, siguen circulando. ¡Qué poca…cultura vial! Cruzo la calle.
La acera por donde avanzo se compone de tapas de registro abiertas (o desaparecidas), entradas a desnivel de cocheras particulares, autos estacionados, postes encorvados de la Comisión Federal de Electricidad y hoyos abiertos por las constantes pisadas.
Un toldo colorado con publicidad de refrescos anuncia la venta de lonches, hamburguesas, burritos y tacos. Al interior, diversos comensales se deleitan. Una verja abierta me impide el paso, la rodeo y continúo avanzando. Una señora me mira con indiferencia mientras riega su pequeño jardín de pasto y rosales. Dos casas más adelante, un gato multicolor camina parsimoniosamente para luego, sin esfuerzo alguno, saltar a una húmeda azotea cubierta de tejas y desaparecer de mi vista.

Enfrente, una elegante oficina de abogados recién abre sus puertas. Una chica descorre las cortinas color arena, dejando ver un par de sillones cafés ubicados frente a un amplio escritorio de madera, tras el cual se alcanza a ver el nombre de cada uno de los licenciados del despacho. Veinte metros adelante, un enorme camión repartidor de agua se estaciona en segunda fila para descargar varios garrafones en una diminuta tienda de abarrotes. Cuando la traspongo, percibo a un par de clientes al interior, uno en espera de pagar una enorme torta de jamón envuelta en una servilleta y el otro hurgando el refrigerador en busca de un galón de leche.
Un motociclista se detiene afuera de una vieja casa de color gris deslavado. Con el casco aún puesto, presiona el timbre un par de veces en espera de una respuesta favorable. En unos instantes, la puerta se abre y aparece una mujer de mediana edad. Él le inquiere por su nombre y después de obtener una respuesta afirmativa, le entrega un paquete y le solicita una firma digital. Hecho lo anterior, ambos se agradecen casi simultáneamente. Él trepa a su vehículo y se enfila hacia un nuevo destino. Ella, curiosa, comienza a revisar el envoltorio.
Una estética unisex que ofrece tintes, alaciados, rayitos y bases, muestra fotografías de atractivos hombres y mujeres con estilos y cortes sofisticados. Mi reflejo en el cristal me convence que aun entrando ahí mi imagen no variaría mucho. Así que sigo andando.
La terminación “Tech” en una lona azul con blanco que se agita con el viento me llama la atención. Es un negocio de instalación de autoestéreos que a juzgar por su publicidad, garantiza la mejor calidad de audio. Al lado, se encuentra un consultorio odontológico que realiza extracciones y lleva a cabo implantes, endodoncias y blanqueamiento dental.
Doy vuelta a la derecha y me topo de frente con un amplio mural de casi diez metros de longitud. Trato de comprender su significado, pero es demasiado abstracto. Además, ya ha sido vandalizado en más de una ocasión, lo cual lo complejiza aún más. Tres viejos y descoloridos letreros con micas de plástico anuncian la venta de cemento, birria y flores, respectivamente. Las descarapeladas paredes complementan su historia.

El cartel de una Agencia de Viajes invita a trasladarte por el mundo, presentando tu posible próximo destino. Sí, ese que está de moda: Turquía. ¿O te lo vas a perder?, inquiere la sonriente imagen de una rubia vestida de azafata. Los paquetes ofertados incluyen viaje aéreo redondo, hospedaje en habitación doble o triple, desayunos americanos, traslados terrestres y pago de guías turísticos.
Enseguida, una pared pintada de amarillo chillante anuncia la reparación de transmisiones y cremalleras, mientras que el infaltable y enorme perro típico de taller mecánico duerme una profunda siesta a la entrada del establecimiento. Camino en silencio y con cuidado cuando paso a su lado, evitando perturbar su delicado sueño y de paso, cuidar mis pantorrillas.
El anuncio de $20.00 por hora “sin tolerancia” y la aclaración de que “la administración no se hace responsable de pérdidas parciales o totales ni de daños sufridos por accidentes o eventos de fuerza mayor”, te dan la ¿bienvenida? a un estacionamiento donde, seguramente, jamás dejaría mi vehículo.

Cruzo de nuevo la calle y me tomo un breve descanso. Me siento en una banca metálica situada al centro de un pequeño jardín. En un extremo de ésta se encuentran un par de botellas de cerveza vacías, en el centro dos bolsas de plástico con diversas envolturas y al otro lado un envase de cristal cuyo contenido alcohólico ya fue utilizado. Un letrero colocado entre la vegetación circundante, dice: “ayúdanos a mantener limpio este jardín, es tuyo”.

Casi llego. Unas cuadras más y me encontraré, de nuevo, con ella. Atravieso una pequeña plazoleta y, antes de ingresar a la antigua edificación, leo escrito en una pared: “una gordita al día es la clave de la alegría”. No puedo evitar sonreír. Será para la próxima.






