En España, ante la falta de fondos públicos, el científico Mariano Barbacid recauda 3 millones y medio de euros entre la población civil para financiar sus prometedores estudios contra el cáncer de páncreas. Un macaco japonés, de nombre Punch, enternece al planeta al abrazar un mono de peluche a quien le reclama el cariño que su manada le negó. El mismo planeta escucha sin compasión ni sorpresa que miles de niños mueren en Gaza en medio de una frágil tregua.
En Hollywood, un actor pierde el Óscar al menospreciar al ballet y a la ópera. El desarrollo de la Inteligencia Artificial hace imposible distinguir una foto real de una falsa. La publicación de expedientes judiciales del criminal Jeffrey Epstein pone a temblar a las élites económicas de Europa y de Estados Unidos; su presidente, urgido de cambiar de tema, bombardea a Irán y confunde una escuela de niñas con terroristas, para poner al mundo al borde del colapso por la falta de petróleo, sin cansarse de anunciar cada día que va ganando la guerra.
Fuentes bien informadas de Miami confirman el inminente colapso del régimen de Castro en Cuba, cuestión de horas. México se apresta para organizar el vigésimo tercero Campeonato Mundial de Fútbol de la FIFA, el tercero en su historia y el primero en celebrarse de forma simultánea en tres países. Canadá y Estados Unidos se unen a la fiesta. La pelota habrá de rodar para 48 selecciones, pero monopolizan la atención Cristiano y Messi, dioses del olimpo futbolero que descienden a la cancha para jugar el sexto mundial de sus vidas, proeza inédita que confirma su condición divina.
Estimados lectores de Letra Fría, si no han leído a Eduardo Galeano en su libro “Fútbol a Sol y Sombra”, les recomiendo que lo hagan, les guste o no el fútbol. Al escritor uruguayo sí le gustaba, pero también fue un narrador crítico de las tragedias mundiales, y en ese texto ligero y delicioso documenta que, cuando rueda, el balón es nítido en mostrar las tragedias, esperanzas y contradicciones humanas, como la obsesión norteamericana por el régimen de Castro.
Los primeros párrafos de esta columna son un homenaje a Galeano; a él le hubiera quedado infinitamente mejor, pero estoy seguro de que alguno de los temas ahí expuestos también hubiera sido retratado.
Faltan prácticamente tres meses para que inicie el mundial de fútbol. México, Guadalajara y Monterrey serán sedes, y vale la pena identificar que por un certamen de esta naturaleza se pagan cuentas públicas de un negocio privado. Porque no hay que olvidar eso: la FIFA es un organismo internacional privado que aglutina a más países que la ONU, y con sobrados motivos para reconocer que la rentabilidad del negocio es el principal de sus intereses.
Los gobiernos actúan como facilitadores, con el pretexto de la promoción de las ciudades y los ingresos por turismo aportan recursos públicos para maquillar las carencias. El Economista calculó en 12 mil millones de pesos la inversión concentrada en el aeropuerto de Guadalajara, en Zapopan y Guadalajara para el mundial; es el doble de lo que el Gobierno de Jalisco gastará en 2026 para rehabilitar escuelas. Un antecedente local nos hace temer: las villas que se construyeron para los atletas de los Juegos Panamericanos en 2011 son hoy un sinónimo de corrupción.
No crean que yo no quiero que ruede la pelota, pero en esto no coincido con Maradona, quien dijo que el balón nunca se mancha. Coincido más bien con Galeano: me emociono con los pases cortos y las gambetas de fantasía, con los goles épicos y las fallas arbitrales, pero no puedo obviar que mientras en Autlán podamos ver en la plaza pública los partidos, mexicanos en Los Ángeles o en Miami deberán acudir al estadio cuidándose de que el ICE gringo no los deporte y los separe de su familia.
Goles y tragedias conviven en el mismo párrafo. Por eso Galeano es un crack de la pluma, aunque haya pateado horrible con la pierna izquierda.





