Cometimos el pecado de olvidar la historia, y bien dice el dicho lo que pasa cuando eso ocurre.
No soy el único al que ciertos actores, prácticas y discursos actuales nos remiten a un momento de la humanidad en el que se cometieron atrocidades, se cancelaron libertades, se combatieron enemigos más abstractos que concretos y se encumbró a personas que decidían, por criterios de raza, de religión o de género, quiénes eran los beneficiarios legítimos de los privilegios de la paz y de la vida. El resto, grandes mayorías que no caben en ese esquema, fueron objeto de exclusión, de violencia y de muerte.
Olvidamos el fascismo y nos amenaza con repetirse.
Convivo con muchas personas jóvenes a quienes, en el mejor de los casos, el fascismo les resulta un elemento aburrido de los libros de historia, ubicado en el capítulo de la Segunda Guerra Mundial. Los jóvenes no relacionan, por ejemplo, que los conceptos reunidos juntos en la frase “Dios, patria y familia”, o las estructuras que enarbolan valores como el orden y el nacionalismo y que configuran al ciudadano obediente, escondieron represión, muerte y anulación de la diversidad.
Por eso pensé en escribir en esta columna cinco rasgos característicos de los regímenes fascistas que funcionen como alerta y memoria.
Primero: Segregación y persecución de quienes no pertenecen al grupo dominante.
El fascismo se sostiene en la exclusión de personas que no encajan en un modelo hegemónico de nación, ya sea por raza, origen, religión, género o prácticas culturales. Las políticas y los discursos convierten la diferencia en amenaza. El Estado define quién “pertenece” y quién no.
Segundo: Retórica del miedo y construcción del enemigo.
Un rasgo central del fascismo es la polarización moral del mundo: los de dentro son los buenos, los de fuera son los malos. Hoy, convertir a los migrantes en delincuentes colectivos y responsabilizarlos de la inseguridad, el desempleo o la crisis social reproduce este patrón clásico.
Tercero: Normalización de la represión.
El fascismo no se impone solo por la fuerza, sino por la legitimación de la violencia. Para ello, construye una narrativa en la que los actos represivos dejan de verse como violaciones de derechos y pasan a percibirse como actos de justicia o de defensa social. Líderes de opinión estigmatizan a ciertos grupos preparando el terreno para que la represión sea socialmente aceptada o incluso celebrada.
Cuarto: Interés en moldear la vida privada desde un modelo hegemónico.
El fascismo no se conforma con controlar el espacio público; también ha buscado regular la vida personal, imponiendo un único modelo legítimo de familia, sexualidad y roles de género. Actualmente, discursos como los de la “energía masculina y femenina” refuerzan una lógica que limita las decisiones personales y sanciona las disidencias.
Quinto: Culto a la mano dura.
El fascismo prospera en contextos de incertidumbre, ofreciendo una respuesta simple a problemas complejos: orden a cualquier costo. La seguridad se coloca por encima de los derechos y el castigo se celebra como solución.
Conviene mantener estos filtros vivos para que la retórica tenga menos potencia.





