Mis amigos y mis estudiantes saben que me encanta la capirotada. Eso me convierte en blanco fácil de ventas, pero también recibo porciones de generosidad materializada en el postre típico de la cuaresma. Cada que puedo, comparto el origen y la transformación del platillo, y las razones por las que la disfruto, que con frecuencia se mezclan con las noticias, las preocupaciones y las esperanzas de cada momento. Como hoy.
La capirotada es una comida íntimamente relacionada con la cuaresma. Los ingredientes están basados en el relato de la muerte de Jesús: el pan maltratado hace referencia al cuerpo; las rajas de canela recuerdan el madero que se combinan con los clavos de olor, que son bañados con una salsa que originalmente estaba compuesta por jitomate, que la pintó de rojo, más trozos de cebolla que recuerdan la sábana y algunas gotas de miel que tienen presente lo dulce de la resurrección. Capirote es un gorro alto y puntiagudo que usan los sacerdotes en las procesiones de los días santos; de ahí viene el nombre.
La capirotada actual ya no se parece a eso. El jitomate y la cebolla fueron sustituidos por otros ingredientes propios del continente americano, para llegar más a un platillo dulce, con infinitas versiones posibles, pero conservando la esencia de las capas de pan remojadas en una salsa que le da sabor.
Algunas ideas
En la degustación de una generosa porción de capirotada encontré algunas ideas sobre la guerra que se libra en Medio Oriente, pero que mantiene en vilo al mundo. Se enfrentan el bloque de Estados Unidos e Israel contra Irán, en un conflicto de muchas capas. Las más visibles son las diferencias religiosas y los intereses políticos y económicos de cada bando; todos los bandos necesitan de victorias urgentes.
Una segunda capa es un larguísimo historial de agravios mutuos: la intervención estadounidense a mediados del siglo pasado para derrocar a un gobierno que no le era afín, y el empoderamiento de otro que sí le permitió injerencia en el comercio petrolero, para que algunas décadas después una revolución derrocara al régimen prooccidente y en el camino tomara rehenes estadounidenses, disputa que permanece en la actualidad en que Irán empuja el crecimiento de su arsenal nuclear.
Una última capa es identitaria: Irán se reconoce como guardián político del islam; Israel se percibe como un refugio del Holocausto que sigue permanentemente acechado; y Estados Unidos se asume como la policía del mundo. Las bombas son incapaces de destruir cualquiera de estas identidades, más que están articuladas en numerosos ingredientes, como los de la capirotada.
Las élites no invitan a los ciudadanos a tomar las grandes decisiones. Pero los ciudadanos bien que podemos relacionarnos con el conflicto igual que con la capirotada: primero con calma, integrando ingredientes propios, reconociendo el valor de cada uno, combinando sabores y saberes de aquí y de allá, para que lo esencial permanezca: la vida humana puede construir una cultura de paz, con capas de entendimiento e ingredientes de paz que aportemos todas y todos.





