La postura antivacunas no me parece digna de respeto. Puedo coincidir en la libertad individual de decidir lo que te venga en gana; el problema es justo ese: que la decisión individual tiene nefastas consecuencias colectivas. El tema se volvió relevante por el panorama epidemiológico del sarampión en Jalisco, una enfermedad grave que revivió principalmente porque hay personas que decidieron no vacunarse.
Que el movimiento antivacunas no me merezca consideraciones no significa que abandone la tarea de intentar comprenderlos. Esta decisión ocurre en un momento crítico de la historia humana, en el que el relativismo se vuelve norma: las opiniones importan más que las verdades. Se duda sin método y sin filtros de legitimación; se ponen en un mismo nivel de validez las certezas científicas, la experiencia personal y las teorías conspiratorias, con el agravante de que los algoritmos de las redes sociales amplifican el sesgo de confirmación.
En el fondo, el antivacunas es antivacunas por una responsabilidad estructural y no por una culpa personal. El problema no es la duda, pues poner en tela de juicio datos y posiciones es un extraordinario camino para tomar decisiones correctas; el problema son los mecanismos para legitimar datos. Se pondera la epistemología del yo: es cierto si yo creo en ello. No solo hay fallas cognitivas; la decisión antivacunas también se sostiene del miedo y de la desconfianza que generan las instituciones, e incluso de los adelantos tecnológicos que han permitido desarrollar fármacos en tiempos récord.
Aunque pienso que la escuela pinta en este escenario, tampoco hago responsables a los maestros. Me refiero a que, como institución, la escuela fue diseñada y pensada para un mundo que ya no existe: uno en el que el conocimiento transitaba de forma lenta, con escasos accesos a información y con oportunidades de filtrar y decidir.
El regreso del sarampión no es un retroceso accidental; es el resultado de la desconfianza, el miedo y la reducción a la experiencia corpórea como única fuente de saber. Es también el resultado de la fragmentación del conocimiento y del encumbramiento, como líderes de opinión, de actores con más propósitos de entretenimiento que de formación. Es, además, el resultado del debilitamiento de la ciencia como autoridad epistémica. Pues no se trata de anular la diversidad de opiniones, sino de entender que no todas merecen la categoría de verdad.
La crisis sanitaria generada por el sarampión pone de manifiesto la necesidad de ajustar el enfoque de formación de ciudadanos. El perfil civilizatorio de esta época reclama aprender a distinguir entre evidencia científica, opinión informada, creencia o manipulación emocional, promocional o política. La alfabetización científica y mediática es una necesidad de sobrevivencia humana.
Unos años atrás, los mexicanos descubrieron que el hecho de que algo saliera en la tele no significaba estrictamente que fuera cierto, y actuaron en consecuencia. Hoy necesitamos hacer lo que hacían nuestras abuelas y dudar con estructura de lo que se dice en las cadenas de WhatsApp, en los videos de TikTok y en las publicaciones de Facebook. Creer sin más filtro que fortalecer una postura propia está generando que se revivan demonios que ya habían sido controlados. Un retroceso; por eso no me caen bien.





