Rieleras y juanes los años pasan, pero a los seres humanos a nuestro pesar como que se nos van quedando. Nada tan tajante como la primera vez que otra persona se dirige a nosotros como “señora” o “señor” y que nos sorprende porque en nuestro interior nos seguimos asumiendo como cuando teníamos 20 años apenas. Como que el alma no entiende de arrugas y canas a los tres, cuatro o cinco décadas de vida y se sigue sintiendo fragante y vital.
Fue Carl Jung quien desde la psicología analítica introdujo el concepto del arquetipo del Puer Aeternus (el niño eterno), argumentando que una parte de la psique humana conserva siempre la esencia, espontaneidad y vulnerabilidad de la infancia, sin importar la edad cronológica.
Esta Adelita junto con otras amiguitas académicas más o menos contemporáneas disfrutamos de asumirnos como la niña Mafalda, ese personaje del entrañable Quino, que ponía en jaque su entorno familiar, escolar, de comunidad y hasta de vacaciones, con críticas y reflexiones que provenían de la mirada infantil, pero mordaz por la ausencia de filtros sociales y exacerbadas por la disposición política de opinar acerca de cuanto sucede.
Las tiras que protagoniza en tono de ché argentino constituyen una fiel denuncia de las injusticias sociales, pero también de la incongruencia de perder el sentido común infantil cuando crecemos contaminados por lo considerado políticamente correcto desde la construcción social voraz del capitalismo que puso la supremacía de las ventajas económicas y comerciales por encima de los derechos de los seres humanos.
En una aplicación de la psicología analítica de Toni Wolff, influenciada por las reflexiones junguianas, podemos decir que la crítica mafaldesca de los arquetipos femeninos se centra principalmente en la madre o matrona que se dedica a la nutrición (¡cómo olvidar la cara de la niña ante la sopa que su mamá le servía!) y el cuidado familiar con un enfoque al bienestar de los demás y a quien su hija le recordaba las oportunidades de vida perdidas por haber optado por dedicarse al hogar; o bien en la inconfundible Susanita siempre centrada en el matrimonio y los hijitos como su meta en la vida, con esas sombras conductuales de sobreprotección, asfixia, chantaje emocional y dificultad para dejar ir. Tóxica, dirían las generaciones de hoy.
No obstante, aparece también la exaltación del arquetipo de la Amazona, en los rasgos de la propia Mafalda de ser independiente y autodeterminada, orientada a sus propias metas y proyectos, con esa proyección de cierta frialdad en sus dichos e incluso con cierta desconexión de la vulnerabilidad sobre todo cuando “pobretea” a sus padres, a la gente de la calle e incluso al mundo entero por la ausencia de líderes coherentes.
Inspiradora, crítica y chispeante Mafalda, persiste y remueve el pensamiento y la conciencia, porque eso de ponerle burocracia a una tortuga o de negarse a seguir el modelo de madre ama de casa, o bien de cuestionar si vale la pena limpiar toda la superficie del globo terráqueo del escritorio, o solamente el espacio de los países que tienen buenos gobiernos y hasta verificar que una planta se marchita a unos minutos de estar cerca de la televisión, francamente arranca la risa pero también nos pone a pensar si realmente no podemos hacer nada por mejorar nuestra vida, conducta, medio ambiente y país. Quizá no sea tan mala idea volver a la eterna niñez interna para encontrar algunas soluciones.





