Rieleras y Juanes recién me di la oportunidad de observar una conferencia mañanera de la presidenta Sheinbaum con una mirada diferente, más cercana a la de antropóloga social, aunque sin lograr desvincularme de mi alma periodista. Honestidad de reconocimiento de quiénes somos y cómo construimos nuestros juicios, ante todo.
Independientemente de lo que la más alta funcionaria de este país compartiera junto con su equipo informante de la sesión en turno, concentré mi análisis en lo que hacían los periodistas ya en el momento de preguntar. La presidenta le dio el primer turno a una periodista de la primera fila. Ella aprovechó la oportunidad y le preguntó sobre varios temas. Recibió respuestas de algunos, y de los que no la periodista “apretó las tuercas” y volvió a preguntar para no quedarse sin contestación. Alcancé a ver la mirada de desesperación de uno que otro asistente -tanto funcionarios como colegas del gremio informativo- pero ella no cejó hasta que recibió la respuesta que la presidenta en el papel de informante y primer respondiente se ha colocado en este tipo de ruedas de prensa de iniciativa presidencial.
Y entonces reafirmé mi comprensión de por que los periodistas no les caemos bien a los políticos y a uno que otro ostentador de poder. Porque ahí donde en cualquier otra persona hubiera hecho mella la presión social -y cultural sobre las mujeres- de callarse, no preguntar más y dejar un tema incómodo, la periodista continuó preguntando.
El periodismo es una actividad que está en crisis en este país como tantas otras que se contextualizan en un marco de inseguridad, impunidad, ambiciones desmedidas y confusión de valores de quienes están en el poder y se aferran a él.
El periodista cumple una función social: la de darle voz a quien no se le reconoce. La tarea no es fácil si existe la creencia de que lo importante está únicamente vinculado a las esferas del gobierno. Esto es, a las estructuras que se han forjado alrededor del andamiaje político y económico de nuestro país.
Lo importante, en aras de la trascendencia como factor de interés noticioso, es lo que afecta a un gran número de personas… y nada afecta más que las decisiones de la más alta cúpula del gobierno y por eso se habla de ella. Pero cuando hay temas que se quieren invisibilizar ahí están los periodistas para traerlos a colación.
Es así que el periodista debe ser el contrapeso social de quienes tienen poder. No el que lo encumbre, sino quien los observa y somete a escrutinio, ¿quién si no?
Basta hacer un poco de historia y recordar cómo fueron periodistas de Excélsior los que pusieron en evidencia el abuso de poder de 1968 cuya efeméride de 58 años de sucedido recién transcurrió. Un suceso que marcó la diferencia entre una sociedad civil dormida y otra que despertó y ya no ha estado dispuesta a dejar pasar los abusos provenientes de las más altas esferas.
La desaparición de los normalistas de Ayotzinapa y el devenir alrededor de ello, incluida la lenta respuesta del ejecutivo en aquel 2014 también ha vuelto a ser noticia dados los hallazgos recientes derivados de investigaciones que desde el principio fueron impulsadas por periodistas. Hoy a 12 años de sucedido nos sigue recordando cómo la debilidad de estado se busca escudar en el carpetazo de los sucesos sin lograrlo, porque las cicatrices sociales siguen abiertas y desde la actividad informativa eso sigue siendo público y patente.
El olvido es la gran apuesta, pero la misión del periodista, reconocedora del dolor social se impone. Porque ese es su papel, seguir preguntando y no permitir que el olvido y las miradas de soslayo se impongan.





