Rieleras y juanes al cierre del año pasado, inmersa en evaluaciones finales de estudiantes universitarios y en tiempos de estadísticas que inundan las diferentes plataformas mediáticas, me he dado cuenta que las cifras globales abrumadoras no pueden contagiar su frialdad a las calificaciones numéricas que estamos acostumbrados a asignar al término de cada curso.
Les comparto una experiencia que me impulsó a llevar estas carrilleras por una senda de analítica introspección.
Una parte mínima de la calificación mis estudiantes la obtienen cumpliendo con actividades que denominamos de formación integral. Se trata de esas experiencias que le abonan positivamente al ser humano que se habrá de desarrollar en una profesión. Mi argumento particular -calcado del pensamiento “kapuscinskiano”- es: antes que ser un buen profesional de lo que sea, es necesario ser una buena persona.
Normalmente consideramos el deporte, un segundo idioma, asistir a un ciclo de cine no comercial, al teatro, a exposiciones de arte o participar en muestras de ciencia, todas esas experiencias que alimentan el espíritu de manera positiva. Y les quiero compartir la experiencia de Tere, una alumna me sorprendió e hizo que el alma de esta profesora sonriera profundamente por dentro.
Sus actividades de formación integral fueron, entre otras, adoptar un gato callejero, darle un techo seguro por las noches y alimento constante; leer filosofía –y descubrir cómo le daba sentido a muchos procesos de la vida-; y visitar una vez por semana a su tía que vive con síndrome de Down, dibujar juntas mientras comen fruta y compartir.
Si ustedes me han estado leyendo de manera atenta, seguro también están sonriendo con un poquito de satisfacción.
Tere en sus reflexiones me compartió que aprendió a entender el respeto que se le debe a otras especies como una acción “de natural coexistencia”; que la vida en cada época es un acuerdo social, pero que para ella, se puede modificar siempre y cuando constituya un beneficio colectivo; que la pintura ayuda a la proyección personal y que casi cualquier lienzo de madera desechado en carpinterías y madererías sirve para plasmar lo que se siente ¡ah!, también aprendió que las mandarinas saben más dulces cuando se les quita la pelusa blanca que está entre la cáscara y la tela que guarda los trocitos de sabor. Mesocarpo, dijo el Google que se llama.
El aprendizaje valioso está en cualquier parte, esta joven refrendó en mi esa convicción y en medio de mis angustias de calificar y sumar números a mis decenas de estudiantes, me hizo recordar que lo importante es ser y estar, es vivir y compartir y ser felices siempre que podamos, un pensamiento que comparto con ustedes ahora que iniciamos un ciclo nuevo.





