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Alineación y balanceo

Jorge Martínez Ibarra nos comparte a manera de crónica la experiencia de llevar su camioneta a que le realizaran la alineación y el balanceo de las llantas, además de cómo van surgiendo otros imprevistos mecánicos.

Foto: Cortesía Jorge Martínez Ibarra

Según los especialistas, se recomienda que la alineación y el balanceo de las llantas de un vehículo se lleven a cabo cada 10,000 kilómetros o una vez al año, lo que suceda primero. Así que, respetando tal aseveración técnica, me dirigí con mi vieja (perdón, clásica) camioneta Voyager 2008 a realizar dicha diligencia.

Llegué temprano al taller, donde el escandaloso ruido de la pistola de impacto que aflojaba los pernos, llanta por llanta, me dio la bienvenida. La zona de rampas estaba copada por cinco autos acomodados en espera, por lo que me dirigí a la recepción para solicitarle el servicio correspondiente a una amable secretaria. Anotó mi petición en una libreta y me recomendó salir a distraerme, en tanto era el turno de mi auto.

Me enfilé al centro de la ciudad, donde me di cuenta que una ración de tacos de barbacoa (blanditos y sin grasa, eso sí) con cebolla, limón y chile habanero junto con un jugo verde (por aquello de ayudar a la buena digestión), eran suficientes para entretenerme un buen rato.

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Foto: Cortesía Jorge Martínez Ibarra

Terminado el desayuno, fui por un café. Apenas me lo habían servido cuando recibí una llamada del taller solicitando mi presencia, pues uno de los técnicos requería hablar conmigo personalmente. Inquieto, apresuré el paso mientras degustaba con cuidado mi bebida, evitando derramarla.

Al llegar, un atento y bajito técnico me recibió con una sonrisa, al tiempo que me comentaba: “su camioneta ya quedó, le hicimos alineación, balanceo y rotación de llantas, también le cambiamos las balatas delanteras que ya estaban muy desgastadas”, afirmaba satisfecho al tiempo que hacía una pausa y tomando uno de los extremos de su diminuto bigote cano, continuaba: “nomás que nos dimos cuenta que el muelle trasero ya está desgastado y que tiene los bujes jodidos”. Asentí despacio, tres veces para ser exactos, mientras me rascaba la barbilla en repetidas ocasiones. La expresión de todo un conocedor, sin duda.

Para reparar el muelle me sugirió un taller cerca del Cementerio Municipal. Una cuadra más abajo, para ser exactos. Pagué el servicio, agradecí la recomendación y me dirigí hacia allá. Después de 15 minutos de trayecto, encontré el sitio. Un enorme camión de carga abarcaba todo el espacio del establecimiento, por lo que le pregunté a un acalorado trabajador en qué lugar sería adecuado estacionarme. Me indicó un área del otro lado de la calle, justo afuera de un enorme portón café sobre el cual estaba colocado un letrero con la leyenda “No estacionarse, se ponchan llantas gratis”. Todavía un poco incrédulo pregunté: ¿ahí?, señalando el espacio vacío, al lado de una camioneta de redilas con maquinaria agrícola. -¡Sí, sí, ahí!- me confirmó, sacudiendo la cabeza.

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Foto: Cortesía Jorge Martínez Ibarra

Bajé al tiempo que dos hombres corpulentos y llenos de grasa, con los pantalones rotos y un par de herramientas en mano me preguntaron secamente: ¿qué se le ofrece? Les comenté acerca del muelle averiado y de la recomendación del Taller de Alineación de repararlo. Uno de ellos se asomó bajo la camioneta para revisar la pieza, confirmando la necesidad de cambiar los bujes. Asentí de nuevo tres veces, convencido de que eso era lo pertinente.

Me explicó el procedimiento: habría que desmontar la pieza, ir a comprar las refacciones, cambiar los hules e instalar de nuevo el muelle en su lugar. Pregunté por el tiempo requerido, ya que empezaba nublarse y había olvidado mi chamarra. “Máximo una hora” fue la respuesta. Eran las 3.30 de la tarde.

Los chalanes acercaron un enorme gato hidráulico con el cual empezaron a levantar el vehículo. Posteriormente, la pistola neumática entró en acción para desarmar la ballesta de la suspensión trasera. Poco a poco rodaron tuercas, tornillos, rondanas y fierros diversos hacia los lados del vehículo, mientras que las majaderías se sucedían en intensidad, acompañando cada parte del proceso mecánico.

En un momento determinado, junto a nosotros se detuvo un viejo Tsuru rojo, con música norteña a medio volumen. De éste descendió un individuo con la camisa desabrochada, lentes oscuros y corte de pelo a rapa. -¡Que onda Papá!, ¿dónde anda el pinche Kevin?-le inquirió a uno de los esforzados ayudantes. –Fue a comprar las refacciones para esta troca- le respondieron, mientras yo observaba sentado en el filo de la banqueta, a un par de metros de la charla. –Tá bueno, le dices al cabrón que me marque cuando llegue- y haciendo una seña al aire dirigida a nadie, se despidió.

Había pasado ya hora y media desde mi llegada. El muelle se encontraba ya desarmado, pero las piezas requeridas no aparecían. Mientras, el cielo seguía oscureciéndose, el viento empezaba a aumentar y la temperatura a bajar poco a poco. Luego, cayeron las primeras gotas de lluvia. ¡Ah, cómo extrañaba mi chamarra!

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Imagen: Cortesía Jorge Martínez Ibarra

Un rato después, como a las 6.00 pm, el motor de una motocicleta de bajo cilindraje anunció la llegada de los ansiados repuestos. Los trabajadores desarmaron lo que restaba del mecanismo y le colocaron las piezas nuevas. Luego, comenzaron de nuevo con la instalación. Terminaron justo a tiempo, pues la lluvia ya comenzaba a caer de manera pertinaz.

Era hora de pagar el servicio. Lamentablemente, el dueño del taller me hizo saber que no contaba con una terminal bancaria y que tampoco tenía una cuenta asociada para realizarle una transferencia electrónica. Solo efectivo. Ni hablar. Acordamos entonces ir al Oxxo más cercano para saldar la deuda.

En el minisúper, la cajera me otorgó el efectivo de mala gana, a pesar del cobro de la respectiva comisión. Salí de la pequeña tienda y le di al muellero la cantidad acordada. Nos agradecimos mutuamente, despidiéndonos con un apretón de manos.

Luego, subí a la camioneta y me dirigí a casa. La primera prueba, una larga y sinuosa calle empedrada, me permitió valorar la eficacia de la reparación realizada. El molesto ruido trasero ya no se escuchaba y la suspensión se percibía mucho más suave. Genial. El arreglo había valido la pena.

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Profesor e Investigador del Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara. Productor audiovisual. Apasionado de los viajes, la fotografía, los animales, la buena lectura, el café y las charlas interesantes.
Columnista en Letra Fría.
Correo: [email protected]

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