Rieleras y juanes en términos informativos vivimos una paradoja: nunca habíamos tenido tantos datos con una serie de clics y, sin embargo, nunca había sido tan difícil explicar la realidad. El problema no es solo el flujo de datos, sino la desconexión entre los actores que intentan darle sentido.
La formación de periodistas hoy ya no puede limitarse a las preguntas de quién, cómo, cuándo y dónde. En un contexto de posverdad y polarización, el verdadero reto de formación reside en humanizar el proceso de construcción noticiosa y aceptar la propia vulnerabilidad.
Para enseñar a combatir la desinformación, primero hay que enseñar al periodista a reconocer sus propios sesgos e ideologías. No somos observadores asépticos. Formar competencias de procesamiento informativo hoy implica instalar la «cultura de la verificación» en la que el fact-checking no sea una herramienta exclusiva de unos pocos avezados, sino un instinto tan natural como el contraste de datos.
El reconocimiento de la posibilidad de la equivocación y la autocrítica se hace necesario. Quienes ejercemos el periodismo hemos de ser conscientes que a través de nuestra labor también podemos reforzar prejuicios.
Quienes tenemos como objeto de estudio el periodismo, y además nos dedicamos a formar periodistas reconocemos que una parte de nuestro aporte a la sociedad consiste en generar estrategias de comunicación efectiva para los reporteros de la calle, esos y esas que son el primer contacto con los sucesos de la realidad.
De esta manera la formación debe ser un puente en el que la academia traduce y explica la realidad y los periodistas están dispuestos a ser estudiados -en mi caso casi siempre encuentro apertura-para identificar qué estrategias funcionan realmente y cuáles son solo ruido.
La necesidad del diálogo
Estamos acostumbrados a que el proceso periodístico termina con la publicación: “no hay nada más viejo que el periódico de hoy” decían mis jefes en mi primer trabajo como periodista, sin embargo, la escucha activa nos puede ampliar el alcance del trabajo informativo. Las publicaciones pueden abonar a las causas de ONGs que saben lo que sucede, pero se les dificulta comunicar ese conocimiento. Y, por otro lado, lo publicado puede ser una vía de contacto con la audiencia, no solo para informar de manera unidireccional, sino para dialogar con quienes consumen esos contenidos.
En la discusión académica soñamos con grandes estrategias de alfabetización mediática, la realidad del periodismo actual exige «acudir a lo micro». La formación debe mirar hacia los voceros regionales y los formatos del cara a cara.
La batalla contra la mentira se gana en las comunidades pequeñas, como las nuestras en este sur de Jalisco, en el diálogo directo y en la narrativa colaborativa con los protagonistas de las historias.
La lucha contra la desinformación no es solo una cuestión de algoritmos, sino de humildad intelectual. El reto para las universidades y redacciones es formar profesionales que, además de saber investigar, tengan la valentía de dudar de sí mismos y la generosidad de trabajar en red. Al final del día, informar en tiempos de crisis no es solo dar una noticia, es reconstruir la confianza perdida.





