Por fin podemos respirar aliviados (entre tos y tos). Tras décadas de esforzarse meticulosamente por asfixiar al planeta, las corporaciones más ricas del mundo han llegado al rescate. Sí, los mismos titanes de la industria que convirtieron los ríos en arcoíris químicos y el aire en un buffet de partículas pesadas, ahora visten de verde lima y se autonombran nuestros salvadores ecológicos, patrocinando universidades, narrativas e investigadores.
Es una narrativa conmovedora. Durante generaciones, el ciudadano promedio cometió el pecado imperdonable de existir: usar popotes de plástico, prender la luz para ver en la oscuridad, bañarse en 10 minutos en lugar de 2 y respirar devolviendo dióxido de carbono a la atmósfera. Mientras tanto, un puñado de conglomerados globales (esos que casualmente concentran el grueso de las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel histórico) observaban con preocupación desde sus jets privados. Al darse cuenta de que un planeta muerto arruinaría sus proyecciones de ganancias para el próximo trimestre, decidieron actuar.
La solución no es dejar de contaminar; eso sería una falta de imaginación financiera. La verdadera respuesta es la «economía verde», un concepto brillante que consiste en empaquetar el apocalipsis en material biodegradable y vendérnoslo con un 15% de recargo por «conciencia ambiental».
La nueva estrategia corporativa es una obra de arte de la manipulación de la naturaleza. ¿Para qué restaurar ecosistemas si podemos privatizar el aire? El mercado de bonos de carbono es el ejemplo perfecto: una empresa paga una indulgencia papal-ecológica para poder seguir escupiendo humo en un hemisferio, mientras asegura que está protegiendo tres árboles imaginarios en el otro. Es el equivalente ambiental a comerse una pizza familiar y pagarle a un desconocido para que haga tres abdominales por ti.
Pero el verdadero optimismo radica en la geoingeniería y las soluciones tecnocráticas. Si el clima está cambiando y el sol quema demasiado por culpa de nuestras emisiones, la lógica corporativa no dicta apagar las chimeneas industriales, sino tapar el sol. Se barajan propuestas tan sensatas como lanzar millones de toneladas de partículas a la estratosfera para simular una erupción volcánica permanente, o sembrar el océano con urea. ¿Qué podría salir mal al hackear el termostato de la Tierra usando el mismo criterio científico que se usa para programar la obsolescencia de un teléfono celular?
Y mientras todo este maravilloso ecosistema financiero se aceita en los despachos globales, la realidad nos regala una experiencia inmersiva en formato «función doble»: nos pasan dos huracanes frente a la nariz en las costas de Jalisco. Primero recibimos las visitas del huracán Polo y, casi sin tiempo para exprimir las alarmas que nos inundaron (que no agua), el huracán Rachel se luce provocando oleajes espectaculares en el Pacífico. Algo digno de admirarse, pero nos encerraron en casa.
Y aquí es donde el chiste corporativo se cuenta solo, especialmente frente a las costas de Jalisco. En un giro de guion digno de la mejor comedia de terror, nos pasan dos huracanes en fila y, en lugar de recibir el alivio del agua para la tierra y los arroyos secos, nos dejan muy poca o casi nada de lluvia en la región. Eso sí, lo que no llegó en agua nos llegó sobrecargado en pánico, alertas y alarmas.
La economía verde y su maquinaria no necesitan llover para ser eficientes; les basta con sembrar el caos perfecto. Las aulas se cierran, los niños se quedan sin clases y las familias se encierran a esperar el fin del mundo porque ahí viene el “destructor” huracán. Mientras tanto, las pantallas se encienden para alimentarnos con una profunda dependencia a los medios de comunicación, esos grandes megáfonos de la narrativa del miedo que nos repiten el guion corporativo: «Asústese mucho, siéntase culpable, sintonice el próximo comercial y no se mueva de su asiento».
Mantener a la ciudadanía paralizada por la catástrofe es una jugada maestra. El miedo paraliza la acción verdadera. Es mucho más rentable para el sistema tener a una población asustada implorando que una corporación o un gobierno los «salve» con tecnología climática, en lugar de permitir una transformación real, consciente y organizada desde el ámbito cotidiano de las comunidades. Al final, el campo se queda seco, los mantos acuíferos vacíos, pero los inventarios de los supermercados quedan limpios por las compras. Los huracanes en esta región no nos trajeron agua pero si angustia. La crisis climática es, ante todo, un instrumento más de control social.
En conclusión, el «clima cambiático» ha logrado su mayor milagro: privatizar la lluvia y democratizar el pánico. Mientras la Sierra de Amula en Jalisco mira al cielo esperando el agua que no llega, las pantallas nos inundan con el terror oficial de un apocalipsis. No caigamos en la trampa de esperar la salvación en el próximo folleto de responsabilidad social de una multinacional, ni en el veredicto del noticiero de la noche.
Si el agua ya no cae de las nubes, la verdadera transformación tendrá que brotar de la tierra; rompiendo la dependencia al miedo y al control, apagando las pantallas y organizando la acción colectiva desde lo cotidiano. Al fin y a la postre, es mejor que nos encuentre el futuro sembrando comunidad con los pies en el suelo, que arrodillados, secos y asustados, creyéndoles el cuento del último gran negocio del fin del mundo.





