Cagar en medio de la milpa.
Caminar despacio hasta el matujo, como quien se dirige a un santuario sin vitrales. Escoger el sitio con la misma delicadeza con que se elige dónde sembrar una semilla. Buscar la hoja más noble —una de acaute, quizá—, comprobar su suavidad con los dedos antes de confiarle una tarea que ninguna fábrica ha logrado mejorar. Bajarse el pantalón y, de paso, las pretensiones de superioridad humana. Ponerse en cuclillas, esa postura ancestral que la modernidad olvidó por sentarse sobre porcelana.
Comienza el concierto.
El insecterío interpreta su sinfonía. Mayates, abejas, abejorros improvisan sonidos. Las moscas, siempre oportunistas, llegan sin invitación. El viento peina los zacates y convierte el momento en una ceremonia que ningún arquitecto sanitario podría diseñar. Todo conspira para recordarnos que incluso el acto más despreciado por el lenguaje es, en realidad, uno de los más honestos y placenteros de la existencia.
Sentir el aire fresco donde normalmente sólo llegan algunos dedos, o algo más.
Sentir cómo el cuerpo devuelve a la tierra aquello que ella misma nos prestó convertido en maíz, frijol, calabaza, quelites y frutas. Comprender que la digestión no termina en el intestino, sino cuando los microorganismos continúan el trabajo que nosotros apenas iniciamos.
No hay desperdicio. Sólo materia cambiando de nombre. El mineral se volvió planta. La planta se volvió alimento. El alimento se volvió cuerpo. El cuerpo se volvió excremento. El excremento volverá a ser suelo. El suelo volverá a ser cosecha.
Eso que los manuales llaman ciclo biogeoquímico, en la milpa simplemente lo llamamamos vida.
Mientras ocurre el milagro fisiológico, la mirada descansa sobre el maíz. Las hojas de la calabaza abrazan la tierra. Los frijoles trepan en los tallos. Se descubren simbiosis invisibles, mutualismos silenciosos, alianzas que ningún ministerio ha sabido organizar. La naturaleza nunca firmó tratados internacionales y, sin embargo, coopera mucho mejor que quienes los redactan.
El olor a tierra húmeda se mezcla con el perfume verde de las plantas. Todo parece respirar al mismo ritmo.Hasta el pensamiento defeca: expulsa prejuicios, evacúa arrogancias, desaloja antropocentrismo. Quizá por eso las mejores ideas no nacen únicamente en las bibliotecas, también aparecen en cuclillas, mientras fluyen las heces. Hay filosofías que sólo florecen cuando la cabeza deja de sentirse más importante que el intestino. Zás.
Eso que algunos llaman sustentabilidad ocurre aquí sin conferencias internacionales, sin PowerPoints, sin consultorías de millones de dólares y sin certificados impresos en papel couché: reciclaje de nutrientes, economía circular, infraestructura verde, soluciones basadas en la naturaleza. Palabras sofisticadas para describir algo que las comunidades campesinas practican desde hace siglos mientras los expertos apenas descubren cómo ponerle nombres técnicos.
Cagar en la milpa. Que no cagarla.
He ahí la diferencia, porque una cosa es defecar y otra muy distinta es cagarla. Lo primero alimenta, lo segundo afecta. Lo primero nutre, lo segundo desertifica. Lo primero devuelve, lo segundo daña.
Mientras nosotros depositamos directamente un recurso biológico lleno de carbono, nitrógeno, fósforo y millones de microorganismos, el modelo industrial gasta litros y litros de agua potable para transportar una mierda perfectamente útil hasta enormes plantas de tratamiento donde será tratada como enemiga.
Paradójico.
La civilización inventó la tecnología más sofisticada para desaparecer aquello que la naturaleza llevaba millones de años aprovechando. Gastamos agua limpia para ocultar lo que podría enriquecer la tierra. Luego compramos fertilizantes para sustituir aquello que acabamos de desperdiciar. Después llamamos progreso a semejante contradicción.
La modernidad, a veces, consiste en pagar muy caro por romper los ciclos que antes funcionaban solos.
Cagar en la milpa. Que no cagarla.

Después de todo, también habría que desmoronar la solemnidad y rigidezdel lenguaje. Porque «evacuar», «excretar», «hacer del baño», «realizar necesidades fisiológicas» son apenas eufemismos inventados por quienes creen que cambiarle el nombre a las cosas las vuelve más elegantes. No. Cagar. Palabra breve, contundente, democrática. Todos cagan.El campesino, la profesora, la científica, el poeta, el empresario, el presidente, el obispo, el banquero. ¡Pinche cagadero!
La diferencia no está en quién caga. La diferencia está en quién la caga. El académico caga ideas y las deposita en un su ordenador, defeca conceptos, digestiones bibliográficas convertidas en artículos indexados. Algunos fertilizan el pensamiento. Otros apenas producen papel reciclable.
También la clase política evacúa y la caga todos los días.Pero sus excretas suelen escribirse en decretos, reformas, megaproyectos, presupuestos y discursos. Excrementos cuidadosamente perfumados con tecnicismos. Heces envueltas en corbatas. Cacas con membrete oficial. Mierda institucionalizada. Y esas sí contaminan. Porque no regresan al suelo, se quedan flotando sobre las comunidades, intoxicando territorios, privatizando semillas, secando ríos, desplazando pueblos, asfaltando la memoria y llamando desarrollo a la devastación.
La cagan. Y, además, nos obligan a tragarnos sus consecuencias. Después construyen sanitarios conceptuales para ocultar el olor de sus decisiones. Perfuman el desastre con palabras como competitividad, modernización, productividad, crecimiento verde, agricultura inteligente, desarrollo sostenible y transición ecológica. Tan elegante el vocabulario, tan hedionda la realidad.
Mientras tanto, al campesino que devuelve materia orgánica al suelo lo llaman atrasado. Qué ironía. El que mantiene vivo el ciclo de los nutrientes resulta menos civilizado que quien desperdicia miles de litros de agua por cada cagada descarga del inodoro. El que alimenta microorganismos parece más sucio que quien alimenta corporaciones. El que devuelve fertilidad es señalado por insalubre.El que esteriliza la tierra recibe premios de innovación. No nos juzguen a nosotros los cagadores en la tierra. Júzguense ustedes, expertos en cagarla desde oficinas climatizadas.
Porque también se caga en las cámaras legislativas. Se caga en las presidencias, en los congresos internacionales, en las universidades cuando el conocimiento olvida el territorio, en los ministerios cuando la burocracia suplanta la vida… Y esas excretas sí permanecen durante generaciones, jodiendo y contaminando. No las descompone ningún escarabajo, no las recicla ningún hongo, ni las incorpora ninguna lombriz. Contaminan leyes, economías, imaginarios y futuros enteros.
Si hacer milpa es ya de por sí un acto profundamente transgresor frente al monocultivo, al extractivismo y al mercado, entonces cagar en ella es completar el manifiesto.
Porque previo al cague limpiamos el suelo donde depositaremos nuestras heces, usamos hojas que volverán a ser tierra, cubrimos el sitio con una capa de suelo húmedo, comprendemos que incluso el excremento merece dignidad cuando participa del ciclo de la vida. Sabemos que la fertilidad no nace en una bolsa de fertilizante, sino en la paciencia de millones de organismos invisibles.
Nosotros, los que cagamos en la Milpa no ensuciamos la tierra, la alimentamos.
Otros son quienes la cagan cotidianamente. Y lo hacen con traje, en el escritorio, con presupuesto, con fuero, con consultoría internacional y con salario. Defecan políticas incapaces de reincorporarse a los ciclos de la vida, excretan modelos económicos que nadie logra digerir, evacúan desarrollos que esterilizan el planeta. Y Luego llaman progreso al estreñimiento ecológico que ellos mismos provocaron.
El verdadero problema no es cagar en la milpa, quizá el problema siempre ha sido haber dejado de entender que todo aquello que no regresa a la tierra termina regresando, tarde o temprano, convertido en crisis. Porque la naturaleza siempre cobra. Y la factura, como toda mala digestión, acaba regresando por donde menos se espera. ¡Aguas con los vómitos!
Que nadie nos llame atrasados por hacer lo que la naturaleza lleva millones de años perfeccionando. El atraso verdadero consiste en necesitar agua potable para esconder la mierda, fertilizantes para reemplazarla, laboratorios para explicar lo que el campesinado ya sabía y burocracias enteras para administrar el desastre que ellas mismas producen.
Lo insalubre no son nuestras heces, sino, las ideas que han convertido al planeta entero en un enorme drenaje donde desaparecen los nutrientes, las semillas, los bosques, los pueblos y la memoria. Nos quieren enseñar higiene quienes han hecho del mundo un basurero con aire acondicionado.
Nosotros seguiremos cagando en la milpa. Porque la tierra sabe qué hacer con nuestra mierda.
En cambio, con la mierda oficial, ni los siglos han podido.
¡Vayamos pues, jubilosos, todos juntos, a cagar en la Milpa!





