Vengo del surco sembrado,
de la memoria y la tierra,
donde la semilla encierra
lo que el tiempo ha resguardado.
Camino por el poblado
con mirada campesina;
veo la lógica mezquina
del progreso de ocasión:
más cemento y más hormigón,
menos monte y menos vida.
Dicen traer bienestar
con banquetas y faroles,
pero arrancan los frijoles
que nos daban de almorzar.
Quieren todo uniformar
con jardín de adorno fino;
mas olvida el desatino
que la abeja y el colibrí
no viven del alhelí,
sino del monte vecino.
Pedimos sombra y raíz,
árbol frutal y arboleda,
que el agua en el suelo pueda
ser sustento del maíz.
Mas llega la directriz
de pavimentar primero;
y aunque el discurso es sincero,
el resultado es fatal:
más concreto industrial,
menos paisaje verdadero.
Yo imagino otro sendero
para la gente sencilla,
donde florezca la semilla
sin permiso del dinero.
Donde el trabajo austero
vuelva a tener dignidad,
y la biodiversidad
sea riqueza compartida,
porque defender la vida
es defender comunidad.
Que tú, que yo, que fulano,
mangano y también perengano,
juntemos grano con grano
y mano firme con mano.
Que el futuro no sea en vano,
ni un negocio maquillado;
que brote desde el arado,
desde el barrio y la vereda.
Y aguas si el monte se enreda:
derribará lo encementado.
No me hablen de modernidad
si destruyen la memoria;
no hay progreso ni hay victoria
sin justicia territorial.
La cultura comunal
es semilla permanente;
lo rural sigue vigente
como camino fecundo:
para sanar este mundo,
volvamos, juntos, a la simiente.
Si la tierra da la vida,
¿por qué la quieren tapar?
No se puede cimentar
la raíz que no se olvida.
La esperanza compartida
no se compra en el mercado;
crece donde el pueblo ha dado
corazón, trabajo y canto.
Y al concreto, mientras tanto,
lo termina agrietando el campo.
Defiendo lo que ha brotado
de la raíz y la espera,
lo endémico que prospera
sin decreto ni dictado.
Lo sagrado y heredado
no cabe en su planificación;
más sabiduría en un montón
de semillas y de abono,
que en todo el frío aparato
de la fea y racional gestión.
Lo nativo no se vende,
ni se mide en el tablero;
ningún técnico extranjero
sabe del monte que nos entiende.
Lo sagrado nos defiende
de la falsa innovación;
y ante tanta imposición
del escritorio y la norma,
la tierra cambia la forma
ante toda su planificación.
Que lo local prevalezca,
que florezca lo endémico;
frente al discurso académico
que la vida no envilezca.
Por más que el poder ofrezca
su maqueta y su razón,
hay una muy otra revelación
que el campesino atesora:
la tierra sabe más ahora
que toda la administración.





