¿Qué entendemos por suelo? Pregunta Gustavo Duch, y él mismo responde; -“para la mayoría de nosotras, el suelo es una superficie firme, yerma, limpia, plana y, preferiblemente, artificial”. Es el pavimento que recorremos, el cemento sobre el que edificamos, el piso que fregamos para que no quede rastro de polvo ni de barro. Es aquello que pisamos sin pensar.
Sin embargo, en su sentido más preciso, la palabra suelo —del griego edafos— nombra esa finísima piel que cubre parte de la superficie terrestre y hace posible la vida. La edafología, menciona Duch, nos explica que está formado por partículas minerales, agua, aire, materia orgánica y millones de seres vivos: hongos, bacterias, insectos, lombrices, raíces. Es el lugar donde germinan las semillas, donde nacen los bosques, donde se alimentan los cultivos y donde comienza, silenciosamente, casi todo.
Pero, ¿qué dice de nosotras que hayamos terminado llamando suelo, la misma palabra con la que nombramos el piso de una casa, a aquello de lo que depende nuestra existencia?
Se sabe que este estrato vive una situación crítica. En un informe, realizado por la Comisión Europea, El estado del suelo, advierte que cerca del 60 % de los suelos están degradados. Las causas son conocidas: la intensificación agrícola, la urbanización, la actividad industrial, la deforestación, etc. A ellas se suman la contaminación por metales pesados, plásticos y pesticidas; la pérdida de carbono orgánico; la erosión; la salinización; la desaparición de la inmensa comunidad de organismos que habitan bajo nuestros pies; y el avance del cemento sobre los terrenos fértiles.

Todo ello es cierto. Y también, todo ello es urgente.
Pero sospecho que existe una degradación anterior, más difícil de medir y quizá más profunda: la de nuestra relación con la tierra. Una degradación interior.
Porque no solo estamos perdiendo suelo. Estamos perdiendo el hábito de tocar la tierra.
Cada vez son más los patios donde la tierra desaparece bajo losetas. Más jardines cubiertos con grava para no “ensuciar”. Más parques donde un cartel nos recuerda que no pisemos el césped. La tierra se barre, se recoge, se encapsula en una jardinera, en una maceta decorativa, en un rincón perfectamente delimitado para que no invada el orden de nuestros pueblos o nuestras “ciudades”, como pasmosamente algunos representantes Municipales nombran a sus pueblos.
Nos hemos acostumbrado a considerar la tierra como suciedad.
Y, sin embargo, después buscamos desesperadamente escapar hacia ella.

Conducimos horas para encontrar un bosque fresco en verano. Pagamos por dormir entre árboles. Reservamos fines de semana para «desconectar» en medio de la naturaleza. Hay quien paga por recibir un baño de bosque guiado, aunque el bosque donde crecieron sus abuelos fue talado para abrir una carretera o un fraccionamiento. Hay quien paga por cubrir su cuerpo con barro en un spa o un centro naturista, cuando durante siglos embarrarse fue simplemente jugar bajo la lluvia, trabajar la milpa o caminar descalza por un sendero.
Pagamos por abrazar árboles. Pagamos por escuchar el canto de los pájaros. Pagamos por mirar las estrellas lejos de la contaminación lumínica. Pagamos por el silencio. No porque la naturaleza se haya vuelto un lujo, sino porque hemos convertido en lujo aquello que antes era la condición cotidiana y nuatural de la existencia.
Qué extraña contradicción.
Cuanto más nos alejamos de la tierra, más dinero invertimos en regresar a ella por unas horas.

Quizá por eso las políticas públicas, siendo imprescindibles, nunca serán suficientes. Claro que hacen falta mejores prácticas agrícolas, sistemas rigurosos de seguimiento, restauración ecológica y protección legal. Pero todo eso difícilmente prosperará si antes no restauramos el lenguaje y, con él, la relación que mantenemos con aquello que nombramos.
Robin Wall Kimmerer escribió que «restaurar la tierra sin restaurar la relación con ella es un ejercicio vacío». Y tenía razón. No protegemos aquello con lo que no nos sentimos vinculadas.
Tal vez también por eso convendría recuperar una palabra más antigua y más amplia: tierra.
Porque el suelo parece un soporte.
La tierra, en cambio, es un organismo.
Es un tejido de relaciones vivas del que formamos parte. No está debajo de nosotras: nos sostiene, nos alimenta, nos respira.

Hace casi mil años, Hildegarda de Bingen escribió que «la tierra es también nuestra madre». En ella habitan las semillas de todas las cosas; de ella brota el verdor, la humedad, la fertilidad y la materia de la que también estamos hechas.
Y si realmente somos tierra, quizá ha llegado el momento de actuar en consecuencia.
Quizá deberíamos volver a sentarnos en el suelo. Mejor dicho: volver a sentarnos en la tierra.
Permitir que nuestras manos vuelvan a tocarla sin prisa, sin miedo a ensuciarnos. Dejar que las niñas y los niños jueguen en ella antes que sobre el plástico. Cultivar un huerto, aunque sea pequeño. Defender el árbol que da sombra a la plaza. Preguntarnos cuánta tierra queda libre en nuestros barrios y cuánta hemos cubierto con cemento.
Hacer suelo, en realidad, nunca fue suficiente.
Necesitamos hacer tierra.
Porque hacer tierra es hacer vínculo.
Es hacer hogar.
Es hacer humanidad.
Es, incluso, recuperar el sentido más profundo de la palabra humilde: aquella que comparte raíz con el humus, esa materia fértil de la que nace la vida.
Tal vez la verdadera sublevación de nuestro tiempo no consista únicamente en proteger la tierra de quienes la destruyen, sino en dejar de vivir como si no perteneciéramos a ella.
Porque no habitamos la tierra.
Somos tierra.
Y quizás sea hora de recordarlo antes de que no quede un lugar fresco al que escapar.





