El pasado jueves, mientras millones de personas en distintos rincones del planeta dirigían su atención al partido inaugural del Mundial entre México y Sudáfrica, otro encuentro, silencioso y casi invisible para las cámaras, se disputaba lejos de los reflectores y del negocio multimillonario del fútbol global.
A la misma hora en que sonó el silbatazo inicial en el estadio, las mujeres migrantes del huerto comunitario Itzmolinki comenzaron su propia jornada. No había patrocinadores, transmisiones en alta definición ni marcas disputándose cada centímetro de atención. Había palas, azadones, semillas nativas, manos dispuestas y niños correteando entre la tierra húmeda.
Mientras la maquinaria mediática convocaba a las audiencias a consumir emociones empaquetadas, ellas decidieron concentrar sus energías en una tarea mucho más trascendente: ampliar su huerto comunitario y defender, con acciones concretas, el derecho a la soberanía alimentaria.

Porque también existen partidos que se juegan todos los días. Partidos sin árbitros ni estadios, pero decisivos para el futuro de nuestras comunidades. Las mujeres jornaleras migrantes, del huerto comunitario Itzmolinki lo saben bien. Por eso, organizadas en familia, acompañadas por sus hijas e hijos, utilizando herramientas locales y recuperando conocimientos heredados de generaciones campesinas, construyeron nueve nuevas camas de cultivo. Nueve espacios donde germinarán hortalizas, plantas medicinales y alimentos que no solo nutren el cuerpo, sino que fortalecen la salud comunitaria y la autonomía de quienes los producen. Una extensión de su huerto ya existente que cuenta con 14 camas de cultivo y donde ya se cultivan ahora; pipicha, huazontles, milpa, chile, cebolla, papaya, cilantro, maracuyá, pepino, hierbabuena, lechuga, perejil, verdolagas, papaya, entre otros, libres de pesticidas y con bioinsumos eleaborados por ellas mismas.
Cada cama levantada ha sido una pequeña victoria frente a un modelo agroalimentario que expulsa a las comunidades rurales, contamina aguas, vientos y suelos, concentra la tierra y convierte la alimentación en mercancía, así como cada semilla nativa sembrada es un acto de resistencia frente a la homogeneización de los cultivos, el avance de los monocultivos industriales y la dependencia de las corporaciones que controlan el mercado de semillas.

Las mujeres que participan en el huerto desafían una larga historia de exclusión. Porque las mujeres campesinas y migrantes han sostenido históricamente la alimentación de sus familias y comunidades, pero siguen enfrentando enormes barreras y brechas para acceder a la tierra, al agua, al crédito, al reconocimiento y a la toma de decisiones.
El trabajo que realizan no es una ayuda complementaria sino que es un pilar fundamental de la reproducción de la vida. Sin embargo, las políticas públicas suelen ignorarlo. Se diseñan programas agrícolas que privilegian la producción intensiva, masiva y orientada al mercado, mientras se invisibiliza el valor social, ambiental y económico de la agricultura campesina y comunitaria. Se subsidia la agroindustria mientras se precarizan los territorios que producen alimentos sanos y diversos de manera familiar y comunitaria.
Frente a ese escenario, el huerto comunitario Itzmolinki se convierte en mucho más que un espacio de cultivo; es una escuela viva, un territorio de encuentro, un laboratorio de agroecología, un espacio donde convergen el saber campesino, el aprendizaje interdisciplinario, el juego, la convivencia intergeneracional y la construcción de vínculos comunitarios afectivos.

Aquí, las niñas y los niños aprenden que los alimentos no nacen en los supermercados. Aprenden que la tierra se cuida, que las semillas se comparten y que la alimentación es un derecho, no un privilegio. Las mujeres recuperan un lugar históricamente negado: su derecho a decidir sobre los procesos productivos, sobre el territorio y sobre el futuro de sus comunidades.
Mientras la televisión convierte el espectáculo deportivo en una industria que factura miles de millones y concentra la riqueza en manos de unos pocos personajes perversos, el huerto demuestra que otra economía es posible: una economía del cuidado, de la cooperación y de la vida.
Tampoco estamos renunciando al ocio ni condenamos el deporte. Se trata de preguntarnos quién gana realmente cuando entregamos nuestra atención, nuestro tiempo y nuestros deseos a una maquinaria mediática diseñada para el consumo masivo. Y, sobre todo, de preguntarnos qué podríamos construir si destináramos una parte de esa energía y entrega a fortalecer nuestras comunidades, nuestros barrios. Así como nos organizamos para la carne asada y se pagan megapantallas y enormes cantidades económicas para proyectar en espacios públicos un efímero partido de fútbol, bien podríamos destinar recursos para la siembra en espacios baldíos en los barrios, en las veredas y potreros.

Las mujeres del huerto comunitario Itzmolinki ya tienen una respuesta. Ellas apagan el ruido para escuchar la tierra. Transforman el tiempo del espectáculo en tiempo comunitario de cuidados, reproductivo. Convierten la siembra en un acto político.
Demuestran que la soberanía alimentaria no es una consigna abstracta, sino una práctica cotidiana que se cultiva con organización, autonomía y trabajo colectivo.
*-A nosotras el fútbol no nos da de comer*. Mencionó una compañera mientras aflojaba suelo y el sudor le abria surcos de dignidad en la cara, bajo el sol del medio día. El verdadero partido por el futuro no se juega cada cuatro años ni dura noventa minutos. El partido de la agroecología se juega todos los días. El partido por la soberanía alimentaria se disputa en cada semilla conservada, en cada plato compartido y en cada mujer que recupera su derecho a la tierra.Ellas no piensan en meter una pelota en las redes, sino, en seguir depositando semillas que germinan en el la tierra. Con un hermoso juego colectivo anotan gol cada que siembran semillas que brotarán y serán alimento.
Las mujeres del huerto comunitario Itzmolinki hacen comunidad. Tejen una agricultura diversa, colorida y regenerativa. Cultivan alimentos, pero también cultivan esperanza, dignidad y autonomía. Y, mientras el mundo mira hacia las pantallas y festeja un resultado que no cambia en absolutamente nada la situación social y la realidad territorial, ellas siguen haciendo germinar el porvenir.





