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En el monte

Rodolfo González Figueroa nos comparte una reflexión sobre el valor del campo, la sabiduría de quienes lo trabajan y la resistencia de una forma de vida que se niega a desaparecer frente a la llamada "modernidad".

Parcela escolar de El Mentidero. (Foto: Darinka Rodríguez)

El sol de la tarde cae pesado sobre el lodo seco de sus huaraches, pero aquel hombre no se doblega. Mira el horizonte con los ojos entornados, esos que aprenden a leer cielo mucho antes de que los meteorólogos vinieran a meternos miedo del clima. A su lado, la milpa se mece con un susurro que los agrónomos jamás entienden. Para los tecnócratas del progreso, aquel pedazo de tierra es solo un terreno «atrasado» que requiere pavimentarse; para él, es el suelo donde palpita la dignidad que a la modernidad tanto le apesta.

Cada tres o seis años, el hombre ve llegar la misma comedia de plástico. Políticos o ni eso, con camisas planchadas y sombreros impecables bajan al surco, disfrazándose de pueblo para la fotografía de las redes sociales. Ofrecen migajas empaquetadas, promesas que se deslavan con el primer aguacero y una narrativa de desarrollo que solo busca cambiar el maíz por un mostrador de conveniencia. Él los observa en silencio, con el azadón firme en la mano, sabiendo que esos partidos políticos son como la plaga del grano: devoran la comunidad, dividen a los vecinos y se largan dejando el rastrojo seco. Sabe bien que los verdaderos pobres son ellos, los que si pierden la señal del celular o el respaldo de su patrón, no saben ni cómo pelar una tuna sin picarse el alma.

El dolor más agudo le viene de las aulas de las universidades, esos espacios estériles e inocuos donde se amoldan conciencias que le devuelven a los muchachos del pueblo disciplinados, bien peinados y con un título que solo sirve para enseñarles a tenerle vergüenza a la tierra. Él, ve a los jóvenes regresar mirando el surco como un castigo y el huarache como sinónimo de ignorancia, convencidos de que «triunfar» es encerrarse diez horas en una oficina ajena a pagar la vida a plazos. “Esa educación moderna no hace más que expulsar a la juventud, vaciar las comunidades y dejar el suelo huérfano para el despojo inmobiliario o minero. Los vuelve extranjeros en su propia casa”.

Sin embargo, en la resistencia de sus manos queda el resguardo de la memoria. Mientras las empresas patentan semillas transgénicas estériles que exigen venenos embotellados y la FAO en la región establece sus llamadas salvaguardas para implantar la economía verde, él guarda en su troje el maíz nativo de colores, el que aguanta las secas porque conoce la historia de la región. Frente al mercado que a todo le pone código de barras, él sostiene el trueque, el intercambio y el sentido común que no se aprende en las facultades de economía. No necesita satélites; le basta interpretar el lenguaje del viento cuando baja de la sierra, el color del atardecer y el canto de los pájaros que anuncian la humedad.

En sus pensamientos habita el recuerdo de la abuela, que con los pies descalzos y un rebozo viejo cura el espanto con hierbas del camino y ordena el mundo con una sola mirada. Sin psicólogos ni analistas; entiende la sabiduría de lo sencillo y repite que la tierra nos pertenece, sino, nosotros a ella. A lo lejos, los niños todavía corren entre las hileras de maíz, jugando con las hormigas y sabiendo bien que el frijol no nace en los estantes de un supermercado. Esa vida en común, la que se comparte al rededor de un plato de quelites y tortillas ceremoniales, es lo que los millones del presupuesto jamás pueden comprar.

El hombre sonríe con una mueca incisiva al recordar la frase de Facundo Cabral: ¨me gusta la gente simple aunque yo soy complicado¨. Sabe cómo el mundo moderno se complica la existencia entre gráficas de crecimiento, leyes de ordenamiento territorial y tecnologías que entorpecen el espíritu.

Mientras, la región obstinadamente se jacta metropolizada, los fraccionamientos brotan donde antes había manantiales, el negocio inmobiliario avanza devorando los senderos donde antes caminaban los jabalíes. Bajo el peso de esta farsa, el hombre campesino parece quedar abstracto, reducido por las mentes llamadas modernas a una narrativa de cursilería antropológica, a un adorno de museo o a una postal del pasado.

Se les olvida que el verdadero avance, la vanguardia que salvaría su existencia enferma, sería tener aire y agua limpios y disponibles, cosechar alimentos locales, no necesitar más hospitales y ver a las infancias jugar libres en las calles. Unas calles que, poco a poco, dejan de ser espacios de encuentro, convirtiéndose en el frío pavimento de nuestra propia lápida.

monte

Neocampesino de la nueva masculinidad, Ingeniero en Recursos Naturales y Agropecuarios (IRNA, por el Centro Universitario de la Costa Sur de la Universidad de Guadalajara. Maestro en Agroecología, Cultura y Desarrollo Endógeno Sostenible por la Universidad Mayor de San Simón (UMSS), Centro Universitario Agroecología Universidad Cochabamba (AGRUCO,) en Bolivia. Asesor, acompañante y tejedor de procesos agroecológicos desacademizados con perspectiva de género y descolonización epistémica.
Pedagogo popular, amo de casa con paternidad responsable, jornalero, peón de albañil y asistente técnico bioconstructor. Borracho, poeta y loco. Ocioso por el puro placer, intento de deportista. Especialista en Soberanías Alimentarias y Gestión de Incidencia Local Estratégica. Fracasador constante exitoso en rebeldía.
Correo: [email protected]

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