Por: Ruth Escamilla Monroy | Con los libros no es necesario estar a la moda, sino dejar que lleguen en el momento en el que cumplen mejor su función. Para esta lectora, el acercamiento a Yo, la peor de Mónica Lavín fue a casi veinte años de distancia de su publicación.
El encuentro fue en marzo de 2026, mes de reflexiones sobre las mujeres y durante una etapa de lidiar contra ideas externas que ya no tenían cabida en un entorno contemporáneo, pero trataban de imponerse. La novela de Lavín se publicó en 2009 y aborda la vida de Sor Juana en un entramado que mezcla estrategias narrativas, tales como el intercambio epistolar que da cuenta del acecho hacia la Décima Musa y la voz omnisciente de quien lleva la secuencia cronológica de su vida.
La obra abre con una invocación a Santa Paula, en la que se plantea el conflicto de las mujeres en una sociedad donde “el poder de la inteligencia y la palabra” eran propiedad de los hombres. A modo de las plegarias que a las musas se hacían en las obras clásicas, en esta novela el llamamiento inicial es a la santa romana, cuyo nombre presidía el convento en el que Sor Juana vivió de 1669 hasta su muerte y que será un símbolo de los contratiempos de las mujeres a través del libro.

La estructura continúa en tres partes: la infancia, la corte y el convento. La edición cierra con un anexo donde la autora comparte los retos de escribir sobre Sor Juana; sus agradecimientos; una cronología de los momentos clave tanto en la vida de la protagonista como en la Nueva España y la bibliografía en la que Lavín cimentó su libro.
Hay incontables aproximaciones a la vida y obra de Sor Juana, esta, en particular, por abordarla desde la ficción que la novela permite, ofrece un acercamiento a su persona, no solo como monja o escritora sino como hija, hermana, alumna, amiga y compañera. Lavín facilita a sus lectores la entrada a la cocina y a la biblioteca en la hacienda de Panoayan; a las salas y al balcón del palacio virreinal; a la celda del convento, lugar donde Sor Juana atesoraba libros e instrumentos científicos; a los secretos de los confesionarios; a los horrores en el llamado recogimiento de Belén; a las páginas de las cartas; a los laberintos mentales del entramado de personajes; a sus alcobas y baños y a cuanto sitio sea propicio para ofrecer un panorama de la complejidad del siglo en el que vivió la protagonista.
Como la autora anticipa desde la invocación y comenta en el anexo, recurrió a la mirada de otras mujeres contemporáneas de la monja para que esta fuera presentada en sus diversas dimensiones. Este recurso permite que también sean conocidas religiosas, cortesanas, virreinas, cocineras, esclavas y hasta la maestra a quien Sor Juana menciona en su Respuesta a Sor Filotea: “Aún vive la que me enseñó, (Dios la guarde), y puede testificarlo”.
Ante esa alusión que hizo la novohispana a quien le abrió las puertas a la escritura, la novelista creó a Refugio Salazar, un personaje entrañable que se fascina frente a la inteligencia de Sor Juana desde niña y de la que dice más tarde: “tu alimento es el latir de las ideas, el pulso de las palabras, la mudanza de los conocimientos, el asombro, la anchura del mundo”.
En el anexo titulado “Escribir Yo, la peor”, Lavín comparte algunos detalles del proceso para crear la novela: “Por más que los estudiosos disientan entre sí, pues el tema sin duda enigmático desata polémicas, el novelista debe elegir, optar por las especulaciones que le parezcan más adecuadas para comprender a la figura y su tiempo, y asirse de los nudos concretos de información comprobable”. Así, amparada por las libertades de la ficción, pero sin separarse de la investigación, en la novela les da vida a personajes que encarnan sus propias historias, al tiempo que son rutas por las que aproximarse a la existencia de la protagonista. Lo anterior, dentro de lo que Virginia Woolf, en Una habitación propia, llama integridad, esa “convicción de que [las autoras] nos dicen la verdad” cuando logran crear verosimilitud en sus obras.
Yo, la peor llegó a mi experiencia lectora al tiempo que me acerqué a las disertaciones de Woolf sobre la escritura de mujeres, gracias a un club de lectura dirigido por dos jóvenes universitarias. No pude evitar hacer una analogía entre el espacio privado que la británica considera necesario para la creación y la pretensión de Sor Juana de librarse del “rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros”, según confiesa en la Respuesta a Sor Filotea.
Tampoco pude pasar por alto la concepción de Woolf de la obra literaria como parte de un todo: “Parece ser su primer libro, me dije, pero debe leerse como si fuera el último de una serie bastante larga, la continuación de los demás libros que había hojeado”. Esta idea me llevó a prestar especial atención al capítulo “Bodas de plata” de la novela de Lavín. En este se vislumbran varios títulos que albergaba la Décima Musa en su celda, su ansia de saber acerca de diversas áreas del conocimiento, la riqueza que ello le dio a su trabajo y la amenaza que su ingenio representaba para quienes la narradora llama los lobos en su novela, tan parecidos a los estudiosos que acechaban a Virgina Woolf con sus críticas hacia los libros publicados por mujeres.
Frente las ideas de quienes, después de tanto tiempo, todavía sostienen concepciones similares ante el trabajo de las autoras, en la novela de Mónica Lavín se alza la voz de la maestra Refugio Salazar diciéndole a Sor Juana: “escribe, muchacha, escribe” y la de la Décima Musa dirigida hacia la amiga que hizo publicar su obra en España: “que el libro llegue pronto a término para que arribe a estas tierras y sea elocuente la gozosa complicidad de las mujeres para las que la palabra es extensión de nuestra persona, de nuestro aprecio por el mundo, de nuestra alianza con lo divino desde lo terreno”.
Que así sea.





