En una ciudad media como Autlán, la movilidad es un tema que no se queda en la calle. La semana pasada propuse que el periodo electoral que se avecina es un buen momento para reflexionar sobre un modelo de transporte público que impida el caos futuro. También compartí que la educación está invitada a ese baile.
Debo primero advertir que cuando digo que la educación vial es relevante, lo primero por hacer es evitar la visión normativa: no se trata exclusivamente de conocer el reglamento de tránsito y de tenerle miedo a la sanción. Se trata, como todo aprendizaje, de agregar habilidades, de cambiar hábitos y, sobre todo, de ampliar visiones. Es necesario superar la idea de que todo debe girar en torno al coche y que el uso del transporte público o de medios no motorizados representa una especie de decadencia en el estatus social.
Ese fue el camino que siguieron las principales ciudades latinoamericanas que se usan como modelo de transporte. Curitiba, en Brasil, es una referencia mundial en el uso del transporte articulado (BRT), autobuses que circulan por carriles exclusivos. Pero lo que quiero traer a cuento en estas líneas es que, cuando se implementó en los años 70, el programa estuvo acompañado de un fuerte trabajo de campañas públicas que transformó una visión: la reducción de coches en la calle tenía consecuencias positivas, tanto en el tráfico como, de manera notable, en la salud ambiental. Como programa educativo el mensaje se replicó en las escuelas. El reto de ese modelo fue convencer a las personas de que prefirieran subirse al camión.
En Bogotá, Colombia, también implementaron el BRT y lo acompañaron de procesos de formación en los que incorporaron de manera protagónica el uso de la bicicleta, especialmente con los domingos sin coche. La ventaja del medio no motorizado fue que, además de la reducción del tráfico y los beneficios ecológicos, ayudó a combatir el sedentarismo, mejoró la salud y fortaleció la valoración cultural de la ciudad, pues caminar o andar en bici permite reconocer mejor los espacios. En Bogotá, las campañas educativas de movilidad no se centraron solo en multar a motociclistas sin casco, sino que se empeñaron en ampliar una visión: subirse al camión o andar en bici no representa ningún menoscabo de la dignidad personal.
Aprender significa cambiar. Si un proceso formativo es bueno, la persona lo concluye pensando distinto y actuando diferente. Los modelos europeos y latinoamericanos de transporte comienzan en edades tempranas y escolares a enriquecer la idea de que el éxito personal es compatible con andar en bicicleta y subirse al tren, donde lo hay. Aprovechan la infraestructura novedosa para dar prioridad desde el principio al transporte masivo o no motorizado. En el caso de Autlán esto aplicaría, por ejemplo, construyendo ciclovías hacia la preparatoria y las instalaciones de la nueva carrera de medicina.
Mejorar el transporte público tiene numerosos beneficios: menos accidentes, menos congestión vial, mejor salud pública y mayor sentido de comunidad. Pero para lograrlo, hay que cambiar visiones. Insisto: los próximos meses son un buen momento para hacerlo, antes de que llegue el caos.





