Cualquier persona que haya aprendido bien algo sabrá que ese aprendizaje reclamó cierto rigor. Sobre todo, en la acepción de la palabra que se refiere a la precisión, a la certeza que provino de acciones disciplinadas y virtuosas, producto de hábitos saludables.
Cualquier persona que pise una escuela sabrá que no todas las personas viven la experiencia de aprendizaje con rigor ni disciplina, lo que deriva en ausencia de virtudes. Durante muchos años se ha asumido que un camino para promover el rigor que desemboca en la virtud puede llegar de la fuerza aplicada con autoridad, que si se aumenta el miedo al castigo, mayor será la recompensa, y la seducción de la educación militarizada aparece con cierta frecuencia.
Esa idea, por muy seductora que les parezca a algunas personas, suele no terminar de buena manera. A mediados de julio de este año circuló a nivel nacional la noticia de la muerte de una menor de 13 años identificada como Dafne en una academia militarizada de Ciudad Madero, en Tamaulipas; su familia había pagado 25 mil pesos por un curso de tres semanas. La necropsia reveló que falleció por asfixia por sumersión con múltiples golpes, nada que ver con la versión del colegio que habla de un desvanecimiento.
La respuesta ha sido gradual, pero ya van tres personas detenidas por el caso en Tamaulipas. Obligando incluso al gobierno federal a fijar postura para reconocer que las escuelas o colegios militarizados no tienen ninguna relación con la Sedena ni con la Secretaría de Marina, y al titular de la SEP, Mario Delgado, a establecer que la educación militarizada no está permitida por la ley.
Sin embargo, este tipo de educación existe. Una búsqueda de colegios que ofrecen educación militarizada en niveles de secundaria y preparatoria en Jalisco identifica claramente dos escuelas. Una en la Zona Metropolitana de Guadalajara y otra más en un municipio de la región sur. Ambos cuentan con reconocimiento oficial de instituciones educativas, promoción de valores y actividades físicas como defensa personal, gotcha táctico, campismo y orden cerrado.
Por razones obvias no lo voy a identificar, ni a la escuela en la que me lo encontré, tampoco el año, pero tuve un estudiante que pasó por una secundaria militarizada, un muchacho desobligado y perezoso, pero nunca grosero ni violento con nadie. Me narró episodios similares a los de los compañeros de Dafne: novatadas humillantes, castigos físicos, disminución de comida y supresión de prendas como zapatos. Le pregunté si le había servido de algo: “Solo para saber qué es el miedo”.
Entre alcanzar el rigor y la virtud, y hacerlo por medio de acciones a todas luces agresivas, hay un largo trecho, y en medio, una seducción por la humillación disfrazada de disciplina. Sin duda que necesitamos rigor, pero el camino castrense no parece ser el mejor camino de la escuela.





