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Maestro / Maestra: Siéntense y cállense

De los aproximadamente cien maestros que Jesús Medina García he tenido a lo largo de su vida, aquí menciona a algunos que recuerda. La primera maestra fue su madre, que a los tres, cuatro años le enseñó a leer y escribir.

Imagen: Freepik

La letra con sangre entra | De los aproximadamente cien maestros que he tenido a lo largo de mi vida, quisiera mencionar aquellos que recuerdo. Iniciemos. Bueno, mi primer maestro fue mi madre, que a los tres, cuatro años me enseñó a leer y escribir.

Ella tenía un kínder chico en Guadalajara y de ahí salí yo y me enseñó a leer y escribir a los tres años, por ahí cuatro. Eso siempre se lo voy a agradecer, yo he dicho que a eso me he dedicado toda mi vida, leer y escribir. Después me fui a una escuela primaria que está en o que hoy es Plaza Las Torres, solamente cursé el primer año, un profesor de nombre Roberto Quinto Valenzuela. me rompió una regla de T en la espalda, viejo abusivo.

Bueno, después de ahí recuerdo a un maestro oriundo de Oaxaca, eso fue en tercer año de primaria, ya me había movido al Distrito Federal, una primaria que nunca olvidaré porque está por el parque de Loreto en el Centro Histórico, pero es de esas antiguas vecindades que fueron convertidas después en almacenes, bodegas. Y bueno, a esta le tocó ser una escuelita primaria pequeña.

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Mi primera Maestra. Foto: Jesús Medina.

Recuerdo al profesor oaxaqueño que no me creía, sobre todo en una ocasión que iba a ser la celebración del Día de Muertos y nos pidió un escrito de un día a otro, una tarea.

 Me aventé una historia, un cuentito y al otro día me dijo, cuando las revisó

  •  Oye Jesús, ¿Quién te hizo esto? ¡dime la verdad!, ¡tu mamá, tu papá!
  • No, pues no, mi papá ni vive con nosotros, no.

Finalmente, se convenció, que no había trampa, no sin antes ponerme a escribir en el salón algunos pequeños trabajos bajo su férrea y zapoteca mirada.

Otra recordada maestra: Chayito. Su matera era español, y el nuestro era un grupo sumamente desordenado. Cierta ocasión, entró al saló, una autentica jaula de simios, nos decía:

  • Joooooveeeneeessss siéntense y cállense….

Una y otra vez el mismo llamado, de pronto grité

-cállate tú Flaca Rama…

. Me acuerdo que dos, tres amigas estudiantes, compañeras de salón, se me quedaron viendo con ojos de furia, Eres un ojete, ¿Para qué le dices eso a la maestra?

Y ella se quedó callada para luego externar:

-no te preocupes Jesús, estoy acostumbrada a sus groserías. Siéntense y cállense.

Décadas después, cruzaba yo la calzada de Tlalpan por un puente, cuando vi a la maestra, era una ancianita, con dificultades caminaba, lenta, pero sin perder el paso. Con sólo verla, recordé aquella ocasión, la tomé del brazo y le dije caso al oído: hola querida maestra soy…Medina Jesús…su alumno

  • Se colocó sus lentes y me vio con ternura
  • Ah, sí que bien…te sirvió lo que aprendimos en el salón
  • Me sigue sirviendo maestra, gracias y una disculpa.
  • Disculpa… ¿por qué?
  • Porque me portaba muy mal, en una ocasión le grité un apodo que le pusieron.
  • ¡Flaca Rama, me atajó! ¡no te preocupes, no me desagrada el apodo!…una maestra flaca sin diabetes y una rama de virtud y conocimiento…ves…por qué me iba a enojar.
  • Jamás la volví a ver, hasta ahorita.

Bueno y después ha sido un maestro emblemático también, que recuerdo, Eduardo del Castillo, fue en el Colegio de Ciencias y Humanidades en Azcapotzalco, CCH Azcapo de la UNAM. En primer semestre nos daba Historia Universal y pues era un contraste con los demás profes, los demás menos opciones que se les dieron o se les presentaron a los participantes, la mayoría de los participantes del movimiento, como decía sesenta y ocho.

Una se tenían pues que entregar como quien dice el sistema y caer presos, podían ser torturados y hasta muertos. A otros les dieron becas, becas para irse a estudiar a la Europa Oriental, digamos hoy, la que estaba bajo la influencia de la Unión Soviética. La otra opción, darles clases, esos jóvenes inquietos, greñudos, hipitecas. Y una opción fue la UNAM abría seis nuevas opciones de bachillerato, con una característica muy particular, que no llevaba el currículum de la prepa tradicional, sino se llevaba un esquema de módulos y era un colegio de Ciencias y Humanidades.

Entre entonces pues los que pudieron dar clases ahí, jóvenes de Filosofía y Letras, de Economía, Ciencias Políticas, Derecho, les dieron clases. ¿Entonces teníamos maestros y maestras bien jóvenes y bien hipitecas, y el maestro Del Castillo al revés, él era un hombre muy formal, con su traje, su saco y bueno, por qué lo recuerdo?

Cierta ocasión el maestro empezó a hablar de la historia, lo que íbamos a ir viendo en el curso y recuerdo que dijo bueno cuando veamos aquí la cuestión de los mestizajes, de las ideologías, llegaremos a ver el caso de, de Juan Diego y bueno pues eso de que la Virgen se le apareció a un indígena para evangelizar, etcétera, etcétera. ¿Salió el profe, unas compañeras, se indignaron, oigan cómo nos viene a decir que la Virgen no existe? Yo toda mi vida he creído en eso, pero el profe ya se había salido. Fueron comentarios en el salón, no pues hay que reportarlo a poco cualquier maestro puede venir, ofender nuestras creencias, etc.

Me lo encontré en la cafetería, todavía no me ubicaba bien, ¿de qué grupo eres? No pues primero, ¿Y?

¿Le dije maestro yo quisiera comentarle algo, a ver usted qué opina? Ah bueno, a ver dime. Y hasta me dijo ven te invito a un refresco, vamos a sentarnos aquí en la mesita de la cafetería, a ver vamos. Y le dije palabras más, palabras menos, oiga pues fíjese que ayer que usted se salió antier y que vimos los temas de la Virgen y el mestizaje, la evangelización forzada, entonces usted qué dice, porque varias compañeras se quedaron ahí muy asustadas, inconformes, que cómo usted hablaba contra la Virgen y contra la religión, cuando pues todas sus vidas habían sido formadas bajo esos criterios, ideas, etc.

Entonces maestro, pues ahí cómo se le puede hacer para que la gente no se sienta como tan agraviada en sus creencias, recuerdo que me dijo,

  • Oye muchas gracias, no lo había visto así y pues nadie me dice nada, pero no yo no lo hago con la intención de denostar nada, simplemente lo veo como un hecho histórico.

Otro maestro que no olvido, Diego, no recuerdo su apellido, usaba una barbita negra de candado, muy tupida, muy negra, negra, él era blanco, muy blanco, medio gordito. Y pues yo creo que él también fue decisivo porque era un hombre que leía mucho, mucho y se la pasaba las tardes en cafetería de Gandhi y conocía bien el ambiente intelectual de esa época en la Ciudad de México, ciudad universitaria. Era homosexual el profe y estaba muy inmerso en lectura y análisis de literatura greco romana.

Me gustaba hablar con él porque platicaba de los mitos, la mitología, entonces igual al maestro Diego lo recuerdo, verdad, así como buena onda el profe se me hacía estrafalario en aquella época y luego que abiertamente tuviera su novio, su pareja, pues se me hacía raro, pero ahora entiendo, era un hombre liberal, libre, que hacía lo que podía dentro de lo que eran sus gustos. A mí me importa más y recordarlo como un profe muy bueno y que motivaba a la lectura.

De ahí daría un triple salto mortal, sin máscara y a calzón quitado hasta la Facultad de Filosofía y Letras. Ahí son varios los maestros muy queridos, el maestro Manuel Rodríguez Lapuente, un gran hombre que durante mucho tiempo estuvo ahí como director de la Facultad y tuve la fortuna que me diera Historia de América.

Nos hacía leer muchísimo y escribir más fichas, fichas y fichas. Y bueno, el maestro Oscar García Carmona fue mi director de tesis de licenciatura en historia, iba yo entrando al Hotel Catedral en la Ciudad de México, que está exactamente a espaldas de la Catedral Metropolitana, estaba ya como a la una de la mañana, por ahí iba llegando, me registré, también se iba registrando otro señor, pues ese señor era mi maestro Oscar.

Nos dio mucho gusto encontrarnos de esa manera fortuita allá en el corazón de Tenochtitlán. Y me acuerdo que me dijo, ¿Cómo andas de sueño? Algo así, ¿No? Dije, pues no, la verdad no tengo, vamos a caminar tantito aquí en la plancha del Zócalo.

 Era como a la una de la mañana, pues en esa época, a esa hora, los trabajadores que barren, que con manguera echan agua, están ahí aprovechando que no hay gente.

Y anduvimos caminando recordando algunas viejas épocas de UDG y pues que estaba haciendo él en México, Iba a un congreso, es Óscar García Carmona, decíamos, Oscar Mona, se enojaba, no se lleven, mi nombre es Oscar Carmona, pero acá la raza le decíamos Oscar Mona.

Cerraría acordándome del maestro Diego Guisar. Volví a Guadalajara. Cuando entré a la Facultad de Filosofía y Letras el maestro ya era un hombre de edad muy avanzada, unos ochenta y cinco años, de joven había andado con el muralista David Alfaro Siqueiros.

Recuerdo, ¿Dónde está Jesús? Y no faltaba quien – en la cafetería, –

  • háblale ya
  •  oye, el maestro te habla, que no quiere empezar la clase, sin que estén los alumnos.

 Y Don Diego nos platicaba anécdotas muy interesantes, algunos se quejaban porque decían que a Don Diego ya no se le entendía mucho, que no nos daba a leer cosas de libros y varios decíamos, es que, con él, un hombre como él, un maestro tan veterano como él y con una vida que ha llevado tan llena de aventuras, hay que aprovechar mejor sus experiencias, sus anécdotas, lo que vivió y no está escrito, los tips, las recomendaciones, la experiencia y lo que va dejando Don Diego Guisar.  

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Historiador y escritor. Ha publicado en diversas revistas, medios y modalidades. Es profesor investigador titular de la Universidad de Guadalajara.

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