La semana pasada celebré que autoridades, docentes y sociedad civil nos uniéramos a un debate en el que la educación estaba al centro. También celebré que, cuando menos, docentes y sociedad coincidiéramos en condenar las políticas que se encaminan a que la educación pierda rigor.
Aunque me mantengo en la alegría, algunas ideas se agriaron muy rápido y necesito hacer algunos matices. No es que de una semana a otra haya dejado de percibir falta de compromiso escolar en una gran cantidad de estudiantes y sus familias. Es que, junto a esa certeza, me pregunté: ¿por qué la escuela ha perdido legitimidad como una institución de enseñanza? Propongo tres posibles razones.
La primera es que la escuela ha dejado de tener el monopolio del saber. Manuel Castells (1996) definió a esta época como una sociedad en red, en la cual la información circula en múltiples nodos. Aplicado a la escuela, esto significa que, sobre todo, los saberes que no son profesionales están al alcance de, básicamente, quien decida ir por ellos: videos que explican en pocos minutos procedimientos técnicos, chats de inteligencia artificial que ofrecen explicaciones personalizadas, lecturas al alcance de un clic. La escuela es uno de los muchos nodos por donde el conocimiento y la información circulan.
La segunda parece más contundente. De primaria a licenciatura, una persona pasa 16 años en las aulas y, justo al egresar, se encuentra con que en su primer empleo, según datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (INEGI, 2023), gana menos de 10 mil pesos mensuales y que, en algunos casos, personas que no estudiaron tienen sueldos iniciales mejores.
Una tercera razón la veo en el futuro. El Foro Económico Internacional anticipa que para 2030 el 44 % de las habilidades laborales se habrán transformado. Se estudia con la incertidumbre de que lo que aprendo esta semana sea un conocimiento obsoleto cuando se celebre el próximo mundial.
Entonces queremos que los estudiantes se comprometan a estudiar, aunque la escuela ya no sea una garantía de estabilidad en el futuro. La idea, aunque desalentadora, tampoco me parece una sentencia de muerte.
Ese debate me hizo pensar en una metáfora gastronómica, concretamente en el chayote. Esta verdura es una chulada nutricional: en 100 gramos de chayote hay abundante fibra (1.7 g), pocas calorías (19 kcal) y abundante vitamina C, tan beneficioso como prepararse con rigor en un programa académico. Pero es insípido. Uno come chayote por los beneficios a futuro, no por la satisfacción inmediata, igual que uno estudia para disfrutar los resultados en un futuro lejano.
No tengo la única, ni pretendo que la que voy a proponer sea la última respuesta, pero ojalá que de nuevo autoridades, docentes y sociedad civil planteemos el debate reconociendo la necesidad del rigor en este escenario desesperanzador.
Como docente, por lo pronto, creo que toca investigar y poner en práctica recetas que vuelvan al chayote más delicioso en el momento. La educación no puede ser solo una promesa diferida; hay que aspirar a que también sea deliciosa.





