La prueba PISA 2025 puso en evidencia un desastre educativo. La semana pasada planteé en este mismo espacio, que más allá de encontrar culpable a un régimen o a otro, la pregunta que vale la pena responder es ¿cómo le hacemos para revertir el desastre? También propuse que teníamos dos vías posibles: voltear hacia fuera y tratar de adaptar al entorno doméstico lo que hace a quien le va bien; o podemos ver hacia atrás, al momento donde nos fue mejor.
Para esta columna hice los dos ejercicios y curiosamente encontré que ambos caminos pueden dialogar muy bien.
Les pido que imaginen una situación: diseñan un plan y, para hacerlo, realizan diagnósticos, actualizan la teoría, cumplen con orientaciones internacionales y, con la mejor intención del mundo y con la evidencia de su lado, deciden tomar un camino. Sin embargo, aunque se encaminan hacia el destino maravilloso que soñaron, pierden velocidad, no alcanzan sus metas y gastan más de lo que habían pensado. No lo hicieron con mala intención, pero en algún momento hay que corregir.
En 2011 se formuló un Plan de Estudios (SEP, 2011) que tenía como principio pedagógico fundamental poner al alumno al centro del proceso educativo, se pensó que si las clases se adaptaban al ritmo, estilo, gusto y necesidades de cada estudiante, éstos romperían todas las marcas. La medida puso sobre la docencia la obligación de buscar métodos, de innovar en materiales, de renovar procesos que motivaran y estimularan a los estudiantes.
Había buenas intenciones, insisto, pero un efecto no buscado y sí conseguido es que la educación giró tanto en torno a los estudiantes, tenía que ver tantos sobre ellos, que de pronto cualquier otra cosa dejó de importar. Con el alumno al centro el rigor se desvaneció: si no les gusta leer, bueno pues busquemos videos y cuando ya no fueron capaces de seguir el hilo de videos, entonces que vengan los videojuegos y así, hasta que nos olvidamos que para aprender, ayuda muchísimo que los profesores innoven y fundamenten su práctica, pero que sin el interés del estudiante por superar los desafíos, entonces no se llega a ningún lado.
La buena intención del estudiante al centro generó un efecto no contemplado: la formación de varias generaciones con una buena dosis de egoísmo que asumen que son el centro del mundo, y ni Pedro Páramo ni las Fábulas de Esopo los terminan por interpelar porque ahí ellos no son el centro. Tampoco las ecuaciones y los más sencillos problemas de aritmética.
Porque el principio pedagógico del alumno al centro vino acompañado de un elemento tangible del currículum oculto: la ausencia de rigor. Para leer y resolver la prueba PISA y más aún los retos de la vida misma, hace falta precisión, minuciosidad y el sentido de mantener el autocontrol y la constancia para cumplir metas. Hoy un estudiante tiene pocos alicientes para leer y resolver, porque les hemos dispuesto una escuela donde son el centro y sus necesidades la piedra angular. Una educación centrada en el estudiante también debería formar estudiantes capaces de enfrentar la responsabilidad sobre su aprendizaje.
El Plan 93 valoraba el rigor académico, igual que lo hacen Japón y Singapur que encabezan las estadísticas de PISA. Japón y Singapur además, han integrado a sus planes espacios para las metodologías activas: Aprendizaje Basado en Proyectos, STEAM, entre otros, metodologías que promueve la NEM.
No pido que quitemos al estudiante del centro del proceso educativo, pero que sí se comparta la responsabilidad y que junto con darle el entorno que necesita, no olvidemos que todo aprendizaje rigor académico, incluso antes que se inventara la prueba PISA.





