En las últimas semanas, las protestas sociales fueron un tema de conversación en las aulas donde doy clases. A diferencia de años pasados, en que a los manifestantes se les desestimaba de forma automática, esta vez detecté interés de algunos chavos en entender y discutir las razones que llevan a la gente a las calles.
Fueron tres referentes los que interesaron: las protestas en París en defensa de la educación y contra los recortes presupuestarios a servicios públicos. La segunda por el agua en Guadalajara, de las que ya hemos hablado en este espacio, y la tercera fue la del personal del IMSS en varias ciudades mexicanas, Autlán entre ellas.
Mis estudiantes vieron las dos primeras a la distancia, a través de redes sociales: les impresionaron los chorros de agua contra los manifestantes tapatíos, pero alcanzaron a ver en la calle y a reconocer a algunas personas en la manifestación local del Seguro Social la mañana del 8 de octubre.
“¿Por qué protestan?” Y alguien con referencias de un familiar que trabaja en la clínica de Autlán les compartió: porque faltan medicinas, porque a veces no hay personal para atender todos los pacientes. Una síntesis adolescente que recoge la esencia de problemas que incluso son reconocidos por el propio Instituto, que achaca a complicaciones operativas el hecho de que los insumos no lleguen a todas las clínicas.
¿Qué opina el profe? Los invito a que busquen información, a ver qué más se sabe del tema. Encuentran la falta de personal en Autlán para atender a 80 mil derechohabientes (Letra Fría, 8 de octubre de 2026), que lleva a la cobertura de dobles turnos, y la solicitud a la población de ser solidaria: “Es que se tardan mucho en atender”, dijo un alumno. “Pues por eso, porque no tienen suficientes médicos”, le respondió una compañera.
Alguien más leyó la noticia completa sobre la manifestación en Autlán, en la que se identifica que no hay suficientes médicos especialistas porque el IMSS no ofrece buenos salarios; entonces, los servicios se deben derivar a Guadalajara: “Tengo una vecina que va a Tlajomulco como tres veces al mes y en la casa cuidamos a su hijo menor”.
Las aulas de secundaria no son una muestra representativa que permita medir la percepción social de las protestas, pero sí pueden ser un termómetro del éxito de la narrativa que los gobiernos intentan construir acerca de las causas del descontento y de las manifestaciones.
En la conversación de personas como mis alumnos, que no están en ningún partido político o en un puesto de gobierno, se advierte que les da exactamente lo mismo si los manifestantes de Guadalajara hablaban como chilangos: hay claridad en que había personas con un problema real y el derecho a reclamar.
Algo parecido ocurre con el Seguro Social: la conversación reconoce la necesidad de mejorar las condiciones de los servicios de salud, que están muy lejos de ser de calidad, y se observan con solidaridad los reclamos del personal del IMSS, más allá de que simpatizantes del gobierno federal los vean con suspicacia.
La didáctica de la protesta, o las manifestaciones sociales vistas desde el aula: la legitimidad de la demanda social y el derecho a la manifestación no cambian según a quién se le reclame. Son necesidades sentidas que lo mismo se expresan en el comedor de una casa que en la butaca de un salón de secundaria.





