Crónicas al Estremo | La curiosidad mató al gato

Este lunes, Sebastián Estremo nos comparte su travesía por las tierras de Albania y su experiencia con el complejo nacionalismo que rodea al país europeo.

Por: Sebastián Estremo

Sento il fischio del vapore, l’è il mio amore che ‘l va via,

E l’è partito per l’Albania, chissà quando ritornerà

(Escucho el soplo del vapor y mi amor que se va

Y se ha ido a Albania, quién sabe cuándo regresará)

Canción popular italiana
Ruta de viaje por Albania (Mapa: Sebastián Estremo)

Autlán de Navarro, Jalisco. 28 de septiembre de 2020. (Letra Fría) Era una noche nevada de enero, cruzamos por el paso fronterizo de Kapshticë alrededor de la medianoche. Yo era el único con pasaporte extranjero en aquel autobús y fui al único que interrogaron los oficiales. Como ya les he contado en otros de mis textos, ya estoy acostumbrado a ser el objetivo número uno de las autoridades migratorias en cualquier aeropuerto, cruce fronterizo o retén de cualquier parte del mundo. Soy su presa favorita entre las multitudes. Pero para ser justos, esa fría noche afuera de la insignificante casetita entre las montañas del sureste de Albania, mi aspecto no era el más apropiado. Me hicieron bajarme. Hacía mucho frío y en un muy mal inglés uno de los dos oficiales de la caseta comenzó el interrogatorio. Me preguntó de todo: ¿de dónde eres? ¿a qué vienes? ¿tienes fecha de salida? ¿con quién te quedas? ¿cuál es su dirección? Vaya, hasta sobre mi abuela me preguntaron. Todo esto acontecía mientras los pacientes pasajeros aguardaban en el autobús.

Cuando voy de viaje casi nunca hago reservaciones. Además de que es mucho más caro honestamente me parece aburrido ir a un lugar sin tener aunque sea algo de contacto con la gente del lugar. Si he de gastar prefiero hacerlo directamente con una persona “normal” antes que dárselo a un hostal repleto de turistas con las hormonas a tope o a un frío e impersonal Airbnb. En esta ocasión mi anfitriona iba a ser una mujer de unos sesenta años del sur de Estados Unidos que se llamaba Clara. Según me informaron, ella llevaba años viviendo en Albania y habíamos acordado encontrarnos en el Café Opera, situado frente a la plaza con la estatua del mítico Skënderbej, el héroe nacional. Esa misma información le di a los oficiales quienes capturaron todo en una especie de registro de extranjeros que tienen en su sistema. Así pasamos como una hora. Clara no aparecía en el registro. Primero riñeron entre ellos. Alcancé a entender que uno le decía al otro que no fuera idiota “¡Es Clara con “C”, no con “K”, ¡es americana!”. Después siguió la incertidumbre pues seguía sin aparecer. La llamaron por teléfono insistentemente pero nunca contestó. Entonces las preguntas se hicieron todavía más incisivas. Yo contestaba con la verdad. O al menos con lo que hasta donde yo sabía era la verdad.

Tal vez algún día escribiré un librito contando todas mis peripecias en cruces fronterizos, retenes militares o de mafiosos (¡no se pierdan mis próximos textos!). Cada una de estas experiencias es única y tiene sus propios matices. Pero hay dos cosas que nunca cambian sea cual sea el escenario. La primera es que cuando te dicen que te bajes del autobús, por más de que no hayas hecho nada malo, siempre se siente vergüenza. Como cuando el profesor de la escuela en la secundaria te pasa al pizarrón por andar de desmadroso. Sientes las miradas de todos los pasajeros que sienten lástima por ti y enojo a la vez pues para ellos va a ser por tu culpa que el camión llegue más tarde a su destino. La segunda es todavía más seria, y se hace todavía más grave cuando te encuentras en algún lugar nevado en las montañas de la frontera entre Albania y Grecia a la una de la mañana sin forma de contactarte con nadie. Es el temor a que el autobús te abandone. Todo depende de un hombre. Todo depende de la ética laboral y humana del conductor. Mientras esa idea pasaba por mi cabeza los oficiales seguían sin encontrar a la tal “Clara” en sus registros. De pronto el conductor exasperado interrumpió el interrogatorio y supongo que básicamente les dijo a los oficiales “o lo dejan ir o me dejan ir, que se me está haciendo tarde.” Cinco minutos más tarde estaba en el autobús charlando con un amigable muchacho que pensaba que yo era italiano.

Durante la Segunda Guerra Mundial la Italia fascista invadió Albania. Muchos soldados italianos, entre ellos el esposo de Malèna (protagonizada por Monica Bellucci) de la película homónima de Giuseppe Tornatore, abandonaron por la fuerza sus casas y fueron obligados a combatir en una guerra que no eligieron. Si bien los italianos hace mucho que se fueron, todavía queda mucha de su influencia en el país. El nombre que se le da a Albania en Europa y en América proviene de la palabra latina “albus” que significa “blanco”. Sin embargo, los albaneses, o mejor dicho los shqiptar, desde la revuelta contra los otomanos del siglo XV encabezada por Skënderbej llaman a su tierra Shqipëria, o tierra de las águilas. A quién le guste el fútbol recordará la polémica que hubo en el Mundial del 2018 cuando la selección de Serbia se enfrentó a la de Suiza. Varios descendientes de albaneses militan en el combinado helvético y en aquel partido Granit Xhaka y Xherdan Shaqiri celebraron los goles que le dieron el pase a octavos a su selección haciendo el símbolo del águila bicéfala (el emblema de la bandera albanesa), en una clara provocación nacionalista relacionada con décadas de resentimientos nacionales en torno a Kosovo. Volveremos a temas nacionales más adelante.

Vista a la plaza principal desde el Café Opera (Foto: Sebastián Estremo 2015)

El autobús avanzaba a toda prisa y ahora surgía ante mí otra preocupación. Albania es uno de los países más pequeños de Europa. Su superficie es más o menos la misma que la del estado de Nayarit. Yo me dirigía a la capital, a Tirana (o Tiranë), es decir no era un viaje muy largo y todavía era la mitad de la madrugada. Mi cita con Clara era hasta las ocho y no sabía dónde demonios me iba a botar el camión. Llegamos a nuestro destino a eso de las cuatro. A todos los pasajeros los recibió algún familiar, y yo, en un santiamén, me encontré solo en la oscuridad sin un solo lek (la moneda de Albania) en mi bolsillo y sin saber hacia dónde ir. Tuve tiempo para encontrar el Café Opera y apenas abrió tomé asiento en una de las mesas que daba a la plaza. Durante la noche se habían formado una especie de pequeñas estalagmitas en las sillas. Pedí un salep y me dispuse a esperar pacientemente. Al poco tiempo llegaron unos niños gitanos que querían algo de dinero. Uno de ellos tendría unos siete años y hablaba español por las telenovelas. Platicamos un rato, pero él tenía que seguir trabajando. La plaza antes desierta poco a poco se fue llenando y cuando dieron las diez comencé a preocuparme. Conforme avanzaba la mañana noté una bruma color café y un fuerte olor a leña. Mientras pensaba en eso por fin apareció Clara. Esa misma noche había muerto uno de sus mejores amigos.

En este tipo de situaciones lo que uno menos quiere es estorbar, pero a veces eso no es tan sencillo. Fuimos al bar de Jozzy, donde solían reunirse los amigos del fallecido. Era un pequeño restaurante bar frecuentado más que nada por extranjeros. Durante las dos semanas que visité el lugar me encontré con personajes bastante tristes y hasta desdeñables: desde una pareja de franceses que había venido a invertir en Albania porque ahí la mano de obra era barata, hasta un británico contratado por una empresa privada dedicada en salvaguardar las fronteras del país.

Albania fue durante décadas gobernada por Enver Hoxha y formó parte del bloque socialista hasta su desaparición. No obstante, no estaban alineados con la corriente soviética. Sus relaciones fueron estrechas con los regímenes chino y norcoreano, a la vez que fueron bastante espinosas con la Yugoslavia de Tito. Después murió Hoxha y aconteció el desmembramiento de la Unión Soviética. El país cayó (todavía más) en la desgracia y hoy día es tristemente célebre por su mafia, su tráfico de armas y órganos y porque es semillero de muchas jovencitas víctimas de trata que son forzadas a prostituirse en lugares como Ámsterdam o incluso en América. Es una especie de Estado satélite de los Estados Unidos que sirve como base estratégica para hacer frente a los rusos. De ahí que “la seguridad” del país esté a cargo de autoridades que no son albanesas y a las que probablemente la única seguridad que les interesa es la de sus bolsillos.

Clara tenía una personalidad, por decir lo menos, bastante complicada, pero al mismo tiempo era una persona sumamente interesante. Me contó toda clase de historias sobre islas prohibidas repletas de kalashnikov, submarinos estadounidenses en las costas de Durrës, tráfico de drogas, venta de armas a Boko Haram, mafiosos italianos prófugos de la justicia y cantidad de historias más que no tengo modo (ni interés) en corroborar. Pese haber vivido en Albania durante años jamás hizo un esfuerzo por aprender su lengua y se expresaba de una forma bastante desafortunada de los albaneses. Honestamente me daba pena caminar en las calles de Tirana con ella pues fui testigo de varios eventos desafortunados (como cuando humilló a una joven empleada de “Slovenian Airlines” por no saberle decir donde había camiones a Grecia). No obstante, siempre le estaré agradecido por presentarme una parte de Albania a la que definitivamente no hubiera tenido acceso por mi propia cuenta.

En uno de mis paseos con Clara conocí a E. y L. Ambos vivían en una casa bastante especiosa cerca de ahí. E. provenía de Berat y trabajaba como enfermera en Salus, un hospital privado italiano. L., por su parte, era de Udine, al noreste de Italia. Una mañana fuimos juntos al castillo de Krujë, uno de los lugares más icónicos de la resistencia de Skënderbej frente a los otomanos. No tardé mucho en darme cuenta de que su relación no era la mejor. Durante el paseo ella usaba tacones que la hacían resbalarse en el empedrado mojado por la llovizna. Tomó mi mano izquierda y la puso alrededor de su cintura para que la sostuviera “¡Mántenla ahí Sebastián, con fuerza, porque si no me caigo!” me decía en italiano. Simultáneamente con mi otra mano sujetaba el paraguas con el que nos manteníamos secos. L. miraba desde atrás con recelo. De pronto me convertí en un instrumento para transmitir un mensaje a su esposo. L. por otro lado humillaba a E. cada que ésta abría la boca. Si Clara se expresaba con un aire de superioridad sobre los albaneses lo de L. era todavía más nefasto. En alguna ocasión comentó con tono despectivo que los italianos habían llevado con la ópera algo de cultura a este “país de campesinos”. Para L. su esposa, o cualquier mujer albanesa, era un premio que cualquier italiano tenía el derecho a reclamar. Reminiscencias del pensamiento colonial del fascismo italiano. No es de sorprender que E. viera a su marido como un instrumento para poder salir de Albania y acceder a una vida mejor en Italia, donde hizo sus estudios universitarios y donde reside una muy nutrida comunidad de albaneses. Durante la cena E. me ofrecía pan, pasta y vino, L. respondía que yo ya había comido demasiado. La tensión era patente. Afortunadamente Xh., la prima de E., apareció en escena y se ofreció a darme una vuelta por el centro. Accedí sin pensármela mucho.

Casas ocupadas por los fascistas italianos durante la invasión (Foto: Sebastián Estremo (2015)

Alrededor del parque con la estatua de Skënderbej hay una serie de casas pintadas de rojo y amarillo que era donde anteriormente vivían los administradores de la Italia de Mussolini en Albania. Una de las calles principales de la zona se llama Rruga George W. Bush, que es la que pasando el río lleva a una manzana ocupada por la embajada estadounidense. Está resguardada en todos sus accesos las veinticuatro horas por hombres armados con cara de pocos amigos. Xh me platicaba durante el paseo como su máximo sueño era irse a vivir a Nueva York. No le gustaba Albania. Mientras la escuchaba noté que en los postes de luz había una especie de anuncio con la bandera de las barras y las estrellas que hacía alusión a una lotería. Le pregunté a Xh sobre el tema y ella me contó que todos los años la embajada estadounidense lanza una lotería en la que participan todas las familias del país para ganarse una “green card”. Naturalmente Xh ya tenía su boleto. ¿Una lotería? Me costó muchas horas de investigación posterior corroborar que no mentía, que la mentada lotería era algo real y que movía al país entero.

Después de comer algo llegaron un par de amigas suyas. Una de ellas hablaba español, también había aprendido por las telenovelas. Caminamos hacia el Blloku, un barrio que durante décadas estuvo cerrado a la gente de a pie pues ahí vivía la burocracia del régimen de Hoxha. Poco a poco el barrio fue abierto y ahora es uno de los barrios más exclusivos de la ciudad con casas enormes ocupadas por la nueva élite política y discotecas. Me despedí de las muchachas y caminé a casa de Clara. En Tirana las calles son sinuosas y muy oscuras pues hay poco alumbrado público. Para un extranjero es muy fácil perderse. En un cruce donde según yo debía dar vuelta vi a lo lejos una patrulla de policía. Por un infortunio de la vida justo ese día no llevaba mi pasaporte conmigo. Tenía un muy mal presentimiento. Dicho y hecho al acercarme la policía me echó las luces y comenzaron en un tono sumamente agresivo las preguntas. Yo no entendía una palabra. Los oficiales se exasperaban. Quiero recordarle al atento lector que Albania es un país de tráfico de personas. No es un problema menor no poder identificarse ni comunicarse con unos oficiales a mitad de la noche. Después de unos de los veinte minutos más largos de mi vida uno de los policías me dio permiso de irme con un gesto brusco. Llegué a casa con las manos temblorosas.

En los días posteriores Clara me llevó con un famoso cantante albanés que según ella acumulaba su fortuna en Grecia. Antes de ir a su casa pasamos al supermercado. Ahí en la fila salió al tema que yo era mexicano. Después de darme la bienvenida se me acercó una señora que con el rostro serio me preguntó en un decente español que cómo estaba Thalía. Cuando le contesté que, como la mayor parte de los mexicanos, nunca la había visto, se sorprendió mucho. Después de todo Albania es un país de tres millones de habitantes, tal vez allá la gente conozca más a sus famosos, es mi única explicación. Llegamos a la modesta casa y fui recibido por el supuesto célebre cantante, su esposa y D., su hija. Comimos y tomamos mucha cerveza. No hubo mucho de qué hablar, aunque para ellos yo era objeto de mucha curiosidad. D. me invitó a pasear con algunos amigos suyos por la ciudad. Después de esperarla alrededor de dos horas a que transformara su rostro con capas de maquillaje nos encontramos con ellos en un bar. No hay mucho que agregar a ese paseo, como Xh todos detestaban Albania y añoraban irse a vivir a un país “más civilizado”. Sin embargo, hubo un episodio peculiar. Por aquel entonces yo tenía suficiente cabello como para que me cubriera las orejas, pero no tanto como para poder amarrármelo. Los amigos de D. estaban rapados. Al salir del bar las muchachas fueron a una tienda a conseguirme algo típico de comer de la región para que lo probara así que me quedé esperando con sus amigos. Ellos se reían y me explicaron que era por mi cabello. Yo no entendía por qué mi cabello les hacía gracia hasta que uno me explicó que era porque lo llevaba como “albanés”, que la moda era tener el cabello rapado “como los americanos”. Realmente me sorprendió encontrar tantas muestras de desprecio hacia todo lo que tenía que ver con Albania y tanto deseo por parecerse a lo que ellos leían como estadounidense.

Piramida: el monumento a Hoxha (Foto: Sebastián Estremo, 2015)

Al día siguiente huí de todos y me dispuse a recorrer la ciudad por mí mismo. Pedí en español un byrek (en albanés la “y” se pronuncia como “u” por influencia del alfabeto griego) a una muchacha quién entendió perfectamente todo. Ya se imaginarán de donde aprendió el idioma. En Albania muchas personas desarrollaron la habilidad de entender el español por la influencia que tiene en su vida diaria el italiano y por las telenovelas mexicanas, lo cual a mí me parece asombroso. Llegué a la Rruga Papa Gjon Pali II (Juan Pablo II) y ahí, en las orillas del Blloku, me encontré con la famosa Piramida. Es un monumento que fue diseñado por los hijos de Enver Hoxha tras su muerte para que funcionara como museo en su honor. Sin embargo, esto nunca llegó a concretarse del todo pues a los pocos años se desintegró el bloque socialista y Albania fue integrada a la esfera de influencia estadounidense. El monumento sirvió en 1999 como base militar de la OTAN durante la guerra de Kosovo y ahora es el lugar favorito de muchachos en patineta, dealers y prostitutas. Como sucede en la mayoría de los países de los Balcanes después de 1991 tras la fragmentación de la Unión Soviética y las guerras en Yugoslavia, muchas cosas quedaron a la mitad sin nunca concluirse. Caminé hacia las afueras de la ciudad por una larga avenida y me encontré con muchas casas y edificios grises, con escaleras que no llevan a ningún lado y paredes a medio construir. Después de mucho andar llegué al aeropuerto que lleva el nombre de la Madre Teresa de Calcuta pues una de las muchas reivindicaciones del nacionalismo albanés es que la polémica monja que construyó su imagen por medio del sufrimiento de los pobres era albanesa por más que hubiera nacido en Macedonia. No deja de llamar la atención que una de las calles principales de Tirana y que el principal aeropuerto del país lleven el nombre de dos figuras de la Iglesia Católica en un país con una abrumadora mayoría musulmana. Europa es mucho más que Londres o París, solo hay que voltear más al oriente.

Una pinta que reivindica Çamëria como territorio albanés en un mercado de Tirana (Foto: Sebastián Estremo, 2015)

El nacionalismo albanés es un tema complejo y delicado. Desde hace décadas Albania no lleva buenas relaciones con la mayor parte de sus vecinos. Uno de sus principales conflictos lo llevan al sur, con los griegos, con quienes se disputan la región de Çamëria. Sin embargo, hay otro todavía más sensible relacionado con la ex Yugoslavia. Kosovo es una región particularmente importante tanto para los serbios como para los albaneses. Gran parte de los mitos que dan origen al nacionalismo serbio tienen su origen en esta región pues una enorme cantidad de templos ortodoxos serbios fueron construidos ahí en el medioevo. Para los albaneses Kosovo es importante simple y llanamente porque la mayor parte de su población es albanesa. Es decir, los albanokosovares modernos están intrínsecamente ligados a Albania. Con los conflictos en Kosovo muchos albanokosovares huyeron de su país y se refugiaron en Albania. Sin embargo, como suele suceder con los refugiados, por más albaneses que fueran muchas personas en Albania no los recibieron de la mejor manera. En la actualidad la vertiente más nacionalista del país aboga por la creación de una Gran Albania que estaría compuesta por el territorio de Albania, Kosovo, Çamëria y partes de la actual Macedonia, Serbia y Montenegro. Este tipo de discursos son los que se hacen visibles siempre que la selección albanesa se enfrenta a cualquiera de estos países.

Uno de los búnkers de Hoxha en las montañas (Foto: Sebastián Estremo, 2015)

Uno de los mejores momentos que tuve con Clara fue cuando subimos en teleférico al Dajti, una montaña a las afueras de Tirana que en los días despejados permite ver hasta la costa de Durrës en el Adriático. Antes de subir Clara me explicó que durante gran parte del gobierno de Hoxha los albaneses vivieron con el temor de una invasión yugoslava, así que el régimen decidió construir cientos de miles de bunkers indestructibles a lo largo de todo el país. Los bunkers más grandes y lujosos estaban reservados para la casta burocrática. El resto, al ser Albania un país eminentemente rural, fueron desperdigados entre las montañas. Mientras íbamos subiendo vimos decenas, tal vez cientos de búnkers que básicamente eran unas corazas indestructibles con una pequeña apertura donde se supone debían esconderse familias enteras. En otras palabras, eran agujeros en el suelo entre las montañas. Tras la fragmentación yugoslava el gobierno albanés pensó en remover los búnkers, pero estos realmente eran indestructibles, así que varios de ellos simplemente los decoraron con pintura.

Desde el teleférico se veía la mancha entera de la ciudad. Clara me contaba como cuando su amigo recién fallecido vivía solían subir en su motocicleta entre los senderos. El parque del Dajti es una reserva natural fabulosa. Pasamos ahí el día entero y cuando comenzó a oscurecer decidimos regresar a casa. En el paisaje volvió a dibujarse la silueta de la mancha urbana de Tirana con las lucecitas de las casas. Sin embargo, la mitad de la mancha estaba completamente negra. Resulta que un gran porcentaje de los hogares de la capital no tienen acceso a electricidad y en invierno su única forma de mantenerse calientes es por medio de la quema de leña. De ahí la bruma permanente y el olor tan característico de la ciudad.

Aproveché mi último día en Albania para ir a la ciudad portuaria de Vlorë. Esta pequeña localidad turística tiene la peculiaridad de que desde un túnel es posible ver como las aguas de diferentes tonalidades de azul del Adriático y del Jónico se encuentran. Desafortunadamente no supe cómo llegar hasta ahí. Sin embargo, lo que si vi fue la famosa isla de Sazan donde en tiempos del régimen socialista los niños iban de excursión y donde ahora la entrada está prohibida pues, se supone, hay un inmenso almacén de kalashnikov. Según Clara todas las familias albanesas esconden una de estas armas en sus casas. No me sorprendería, pues durante mi estancia tres personas diferentes se ofrecieron a enseñarme a disparar. Las secuelas de las guerras no se acaban con la firma de tratados. De regreso a Tirana pude ver en la carretera otro centenar de construcciones que quedaron ahí, en medio de la nada, como si de pronto todo el mundo se hubiera ido. Quién sabe cuánto tiempo lleven ahí…

El día de mi partida no creo que Clara se haya puesto muy triste. Tenía sus propios asuntos oscuros que resolver con lo que ella llamaba su MIP (Most Important Person). Yo también quedé aliviado, aunque también triste por no haber podido encontrar a una sola persona que encontrara algo de belleza en este país. Estoy seguro de que los hay, pero para eso probablemente deba aprender algo de albanés y deba alejarme de los círculos de extranjeros prejuiciosos. El autobús que me llevó a Salónica tardó más de doce horas, una de ellas se debió a que un policía griego se empecinó con la idea de que yo era un terrorista del Estado Islámico y me hizo un largo interrogatorio. Más allá de la experiencia personal esto es un claro indicador de lo turbulentas que son estas fronteras. De regreso con el resto del grupo varios de ellos se acercaron a darme ánimos. Yo agradecí mucho el detalle.

Meses más tarde, ya en México, me enteré de que Clara no se llamaba Clara. Albania me enseñó que la curiosidad mató al gato y que a veces es mejor no preguntar.

Una vista de la ciudad de Tirana (Foto: Sebastián Estremo, 2015)

LL/LL

*Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la fuente. Se prohíbe su reproducción si es con fines comerciales.

Sebastián Estremo nació en la Ciudad de México en 1991. Es Licenciado en Geografía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Maestro en Estudios de Asia y África con especialidad en Medio Oriente por El Colegio de México, se desempeña como cartógrafo y profesor particular de turco y de francés.

Apasionado por la historia, la geografía y los idiomas ha emprendido diversos viajes por México y el mundo recopilando las historias de vida de las personas que se han cruzado por su camino. Su género preferido es la crónica y su inspiración el periodista polaco Ryszard Kapuściński.

Ha publicado crónicas de sus viajes por el Kurdistán en medios independientes y artículos periodísticos y mapas en medios electrónicos.

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