Crónicas al Estremo | Nos han robado las palabras

Fischia il vento e infuria la bufera

Scarpe rotte eppur bisogna andar

A conquistare la rossa primavera

Dove sorge il sol dell’avvenir.

“Fischia il vento” – Canción partisana italiana

Por: Sebastián Estremo

Ciudad de México. 15 de febrero de 2021. (Letra Fría) Hay muchas palabras que, como hispanoparlantes, solemos utilizar mal. “Demasiado”, por ejemplo, se utiliza demasiado a la ligera, a menos que esa personita a la que “amas demasiado” la ames tanto que hasta daño te hace. “Mediocre” es otra que especialmente los analistas deportivos utilizan mal a menudo, un equipo que queda en los últimos tres lugares de la tabla no es mediocre, es malo. Y así hay varias palabras más cuyo uso se “abarata” pero que su “mala utilización” no tiene grandes repercusiones.

Naturalmente mi columna del día de hoy no trata sobre lexicología, sino sobre aquellas palabras que al ser utilizadas a la ligera sí tienen repercusiones serias en la conformación política de la sociedad. Se me vienen a la mente unas cuantas: socialismo, comunismo, fascismo, feminicidio, terrorismo, burgués, anarquía, revolución, y seguramente habrá muchas otras más. A diferencia de las palabras del párrafo anterior, cada una de estas son conceptos producto de procesos históricos complejos que tardaron años en desarrollarse. Algunas de estas palabras no son solo conceptos, sino corrientes de pensamiento enteras que dan pie a largos e interesantes debates. No son ideas que surgieron de alguna institución gubernamental o académica, ni tampoco son palabras que puedan ser definidas y encasilladas por la RAE, más bien son nociones que se construyen histórica y colectivamente y que tienen unos cuantos referentes. No se puede hablar de socialismo ni de comunismo sin conocer los postulados de Karl Marx, así como tampoco se puede entender qué es el anarquismo sin identificar las ideas y razonamientos de Proudhon, Kropotkin o Bakunin. Es precisamente por ello que utilizar cualquiera de estas palabras a la ligera tiene repercusiones que afectan gravemente “el nivel” de politización de las personas. Cuando utilizo la palabra “nivel” no me gustaría que se imagine como una especie de videojuego donde uno va superando etapas hasta llegar a un punto donde “uno lo sabe todo”. Me refiero más bien a un proceso continuo de formación política (que nunca acaba) que se nutre por medio de lecturas, discusiones y por supuesto experiencias y que al sumarlo conforma la consciencia política de la sociedad (y en específico de los trabajadores).

Dicho lo anterior concreticemos un poco. En nuestros días (y desde hace unas cuántas décadas) en todas partes escuchamos que se le dice socialista a cualquier hijo de vecino como Andrés Manuel López Obrador, Joe Biden, o incluso Bernie Sanders. Naturalmente existen muchos tipos de socialismo, pero la idea básica mínima para que alguien pueda ser considerado como socialista es que pretenda, por medio de algún tipo de estrategia, llegar en algún punto a la erradicación de la propiedad privada de los medios de producción en beneficio de una administración proletaria dirigida en un primer momento por el Estado y a la larga, al menos teóricamente, a la disolución del Estado y la instauración del comunismo. Es ridículo que la oposición de estos personajes les llame socialistas o comunistas porque no lo son. Ni están cerca de estarlo. Ni a AMLO ni a Bernie Sanders les interesa un carajo erradicar la propiedad privada de los medios de producción. Es más, ni siquiera les interesa redistribuirla (por más que de dientes para fuera digan que sí). El enemigo número uno de un socialista es la burguesía, los grandes empresarios. Pactar alianzas y hacer llamados para trabajar conjuntamente con ellos es algo contrario al socialismo. Es bastante grave que algunos de sus seguidores crean que estos personajes son socialistas (o peor aún ¡comunistas!) pues habla de un “nivel” de politización bastante limitado

Salvini atento todavía sopla el viento, pinta de alguna organización comunista en Napoli, Sebastián Estremo (2019)

Aunado a lo anterior, no es casualidad que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) no lleve en su nombre la palabra “comunismo” pues sería un absurdo ponerle a un Estado la palabra “comunista”. Es una contradicción. Así como Partido de la Revolución Institucional (¿cómo demonios pude una revolución ser institucional?) es uno de los absurdos conceptuales más grandes de México. Aún así, en la escuela, en los medios y hasta en artículos académicos hay personas con cierta “credibilidad” que se atreven a decir cosas como “la China comunista” o “la Venezuela comunista”. ¡De comunistas no tienen nada! ¿Cómo voy a tomar en serio el análisis político de una persona si usa a la ligera palabras que no entiende en su justa dimensión?

Ya que estamos hablando sobre socialismo y comunismo es necesario hablar de la “Anarquía”. Esa palabra que ha sido estigmatizada durante siglos. Recuerdo que hace unos cuantos años, un medio de comunicación mexicano con “buena” reputación, cubrió una acción en la que un pequeño grupo de anarquistas prendieron fuego a una agencia de automóviles en la colonia Nápoles en la Ciudad de México. La nota además de tendenciosa y cuyo autor estoy seguro no tiene la más remota idea de lo que es el anarquismo cerraba con una de las frases más amarillistas que he leído en mi vida “son terroristas, como los de Iraq”. Hay muchos puntos en los cuales socialistas y anarquistas difieren profundamente. Sin embargo, ambas son corrientes de pensamiento que persiguen la destrucción del capitalismo y a la larga la instauración del comunismo (aunque algunos anarquistas se refieran al comunismo con otra palabra). Para estas dos corrientes hay ciertos principios que son innegociables (al menos a nivel teórico), como por ejemplo concebir una nueva forma en la que nuestra especie se relacione con la Naturaleza o una estrecha vinculación con las ideas feministas desarrolladas en el pasado y el presente por socialistas y/o anarquistas (no por liberales). Todo anarquismo incluye ideas feministas, pero no todo feminismo es anarquista. Todo anarquismo es ecologista, pero no todo ecologista es anticapitalista.

Pese las semejanzas entre ambas corrientes las formas son importantes y los anarquistas difieren de los socialistas principalmente en el hecho de que para llegar al comunismo no es necesario pasar por la etapa de transición de un Estado socialista. En otras palabras, el anarquismo es enemigo de la propiedad privada de los medios de producción y del Estado. Para esta corriente un Estado socialista no es más que una nueva forma de dominación de una clase social sobre otra (en este caso la “casta burocrática” del Estado socialista remplaza a la burguesía) al que Volin (anarcocomunista ruso del siglo anterior) y otros autores llaman “Capitalismo de Estado”. El anarquismo está en contra de todo tipo de organización política y social jerárquica (a cualquier escala) y propone mecanismos de participación política “horizontales”. Anarquismos, como socialismos (o feminismos o ecologismos), hay muchos, y no todos son compatibles entre sí (lo mismo aplica para socialistas, feministas y ecologistas).

En los medios de comunicación masivos (ninguno se salva) se describe al anarquismo como sinónimo de caos y a los anarquistas como mercenarios e infiltrados. Desde el Estado se escriben definiciones sobre lo que es el anarquismo y se hace una distinción entre los “buenos” y los “malos” anarquistas. ¡Otro de los absurdos conceptuales con los que nos bombardean todo el tiempo! El simple hecho de que el Estado defina lo que es el anarquismo es una imposición ideológica. Es absurdo tomar si quiera en consideración la categorización entre “buenos” y “malos” anarquistas por parte del Estado porque el anarquismo será siempre enemigo del Estado. Todo anarquista es enemigo del Estado y todo Estado es repudiable para un anarquista. Es posible encontrar ciertos principios básicos dentro de esta ideología, pero por su propia naturaleza crítica y diversa es imposible asignarle una definición rígida. Los medios de comunicación masivos caricaturizan y estigmatizan al anarquista como un ser violento, inadaptado y sediento de sangre al mismo tiempo que omiten todas las propuestas históricas del pensamiento ácrata en torno a diferentes aspectos de la vida como la pedagogía, la geografía, la economía, las artes y un largo etcétera. Un anarquista por supuesto que puede ser violento, pero eso no es lo único que lo constituye. El asunto acá es que en los medios vende más la idea de un temible encapuchado incendiario que un verdadero análisis sobre los objetivos y el origen de las ideas de estos “villanos”. En el capitalismo el objetivo es generar ganancia, no explicar procesos, de ahí que el discurso anarquista difícilmente se hará visible dentro de estructuras que no son las que ellos mismos ocupan (como un centro de trabajo) o construyen.

Pie de página: Una pinta anarquista en Guadalajara, Sebastián Estremo (2020)

Hablando de violencia habría que distinguir entre la violencia sistémica y la violencia liberadora. Ricardo Flores Magón bien decía “que a sangre y fuego caiga lo que a sangre y fuego se sostiene”. No ha de sorprender a nadie que aquello que se sostiene a sangre y fuego ridiculice en el discurso a toda aquella violencia (liberadora) que busca acabar con su dominio. Hacerle homenajes junto con la bandera o ponerle a una estación de policía el nombre “Ricardo Flores Magón” es un ataque frontal al anarquismo y al propio Flores Magón. Pongo de ejemplo a Flores Magón pues él era un anarquista que (por consiguiente) luchaba contra la idea misma de un Estado mexicano, y sin embargo la historiografía oficial se las ha ingeniado para construir una imagen de él como revolucionario que vaya acorde a su conveniencia. Claro que era un revolucionario, pero no en el sentido que lo entienden los liberales. No en el sentido que nos lo pinta el Estado mexicano. Él combatía la desigualdad social de una forma mucho más profunda, lo cual terminó por costarle años en prisión y, finalmente, la vida.

De nueva cuenta, así como socialismos y anarquismos hay muchos, lo mismo aplica para esa palabra tan de moda que ahora sale hasta en comerciales: “revolución”. La propia etimología de revolución nos evoca muchas sensaciones y emociones. Una revolución subvierte el orden establecido e implementa uno nuevo. Un revolucionario es lo contrario de un reformista, pues el segundo no busca destruir las estructuras, sino que, en el mejor de los casos, cree que estas funcionan y que se pueden arreglar. La pregunta aquí es ¿qué consideramos como orden establecido? y sobre todo ¿hasta donde estamos dispuestos a llegar para cambiarlo? ¿realmente lo queremos cambiar? Para los socialistas y los anarquistas la revolución implica la destrucción del capitalismo y la constitución al corto, mediano y largo plazo de un “nuevo” tipo de personas que se erigen en torno a los nuevos valores de la revolución. Cualquier cosa que no pretenda erradicar ese orden establecido no es revolucionaria. Esto explica por qué para los anarquistas los socialistas no son revolucionarios pues se quedan cortos al perpetuar la desigualdad por medio de las estructuras jerárquicas con las que se organizan (como el Estado bajo la idea de la dictadura del proletariado o la lógica de partido y de cuadros políticos). A diferencia del socialista que cree en una vanguardia que guíe a las masas, el anarquista busca la emancipación de las personas por sí mismas. El socialista impone un discurso, el anarquista busca razonarlo y construirlo conjuntamente. Pero volviendo a la revolución, el problema con esta palabra es, como con todas las demás, cuando se le llama “revolución” a algo que no es una revolución.

Una confusión muy típica de nuestros días es confundir los movimientos de resistencia con los movimientos revolucionarios. El revolucionario no solo busca erradicar el orden existente de las cosas, no solo busca prenderle fuego a todo y combatir a sus enemigos, sino que también pretende construir algo nuevo sobre las cenizas de ese viejo mundo. En palabras de Buenaventura Durruti, anarquista español en tiempos de la Guerra Civil, “[los revolucionarios] llevamos un nuevo mundo en nuestros corazones”. El revolucionario hace constantes análisis del pasado, el presente y el futuro y tiene, aunque sea de forma precaria, una estrategia para acercarse a la revolución. Va más allá de las emociones y del presente inmediato. Los movimientos de resistencia resisten, pero no van más allá (aunque eso no significa que un movimiento de resistencia no pueda transformarse en uno revolucionario o que no tenga dentro de sí “semillas revolucionarias”). En otras palabras, todo movimiento revolucionario es un movimiento de resistencia, pero no todo movimiento de resistencia es revolucionario. Cuando usemos esta polémica palabra llamada “revolución” valdría la pena siempre añadirle un apellido que nos ayude a identificar a qué tipo de revolución nos estamos refiriendo y qué tan lejos queremos llegar. Me voy a tomar la libertad de dar un ejemplo, la famosa 4T, en el mejor de los casos y siendo bastante benévolos, sería un movimiento reformista; cualquier movimiento de un grupo en específico (étnico, religioso, de género, etcétera) que sea sistemáticamente oprimido pero que no pretenda mejorar las condiciones para el conjunto de la humanidad sería uno de resistencia; y el intento por implementar el confederalismo democrático que se está gestando principalmente en el Rojava (Kurdistán)  es un movimiento revolucionario porque es ante todo una corriente anticapitalista que contempla a toda la humanidad y ha generado otro tipo de estructuras que trascienden la lógica del Estado.

Carteles de apoyo al proceso revolucionario en Rojava, Kurdistán, Sebastián Estremo (2014)

Podría seguirme largo y tendido sobre cada una de las palabras que he enunciado anteriormente. Todo fascismo es autoritario, pero no todo autoritarismo es fascista. La palabra “fascista” es una que se puso mucho de moda y que se usa mucho a la ligera (como una especie de insulto) porque se desconoce su dimensión histórica y las implicaciones sociales y económicas que van implícitas con esta ideología. “Feminicidio” es otra de estas palabras. No todo asesinato de una mujer es un feminicidio, ni toda mujer es asesinada por el “hecho de ser mujer” (lo cual no niega que es algo que en efecto sucede con mucha frecuencia en México y el mundo). Por poner un ejemplo relacionado con el movimiento kurdo, la ejecución de Sakine Cansız no fue un feminicidio, pero el asesinato de Kevser Elturk (una guerrillera cuyo cadáver fue desnudado, maltratado y exhibido en redes) vaya que lo fue. Saquen ustedes mismos sus conclusiones sobre casos particulares que han sucedido en México.

El problema de “abaratar” el uso de estas palabras es que pierden la fuerza que deberían tener. Es como cuando una persona dice todo el tiempo que algo es “maravilloso”. Si se le dice “maravilloso” a todo, la fuerza de la palabra “maravilla” queda diluida por su mala utilización. En cambio, si una segunda persona utiliza la palabra “maravilloso” muy ocasionalmente, la fuerza de esa palabra es mucho mayor. Uno tomará mucho más en serio la palabra “maravilloso” de alguien que no la utiliza a la ligera. Es lo mismo con los conceptos o categorías políticas. Si se usan a la ligera cuando realmente se nos presenten de frente tal vez no seremos capaces de reconocerlos, y eso, a diferencia del “mal uso” de la palabra “demasiado”, “mediocre” o “maravilloso” en términos políticos es algo bastante grave.

Pero este no es un fenómeno que se haya dado por los designios del destino. Esto es producto de una mala formación política por parte de la clase trabajadora propiciada por las élites. La estructura del capitalismo se manifiesta en todas partes. En el momento en el que un concepto, una corriente de pensamiento o una figura como Flores Magón es definida desde los parámetros del capitalismo se borra su esencia, su significado y por consiguiente se limita la comprensión de estas ideas. Nos han robado las palabras y con ello también nos roban las ideas y otras formas de construir un mundo nuevo. Es un hecho que para “arreglar” nuestro presente y futuro no sirven los paliativos, sino que es necesaria una revolución a escala global. Para terminar con la explotación del ser humano por parte del ser humano es necesario trascender las estructuras que fueron construidas para sistematizar esa explotación y construir unas nuevas. Esa es una revolución. Sin embargo, cada uno de nosotros debería de preguntarse y responderse honestamente si realmente le interesa cambiarlo. ¿Por qué tipo de revolución está luchando y qué tan lejos está dispuesto a llegar? Quizás así volvamos a darle el peso y significado que realmente se merecen palabras tan importantes como de las que he hablado a lo largo de este texto, y tal vez esto pueda ser el inicio de algo mucho más ambicioso y gratificante que solamente vivir resistiendo.

Twitter: @S_Estremo

MA/MA

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Sebastián Estremo nació en la Ciudad de México en 1991. Es Licenciado en Geografía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Maestro en Estudios de Asia y África con especialidad en Medio Oriente por El Colegio de México, se desempeña como cartógrafo y profesor particular de turco y de francés.

Apasionado por la historia, la geografía y los idiomas ha emprendido diversos viajes por México y el mundo recopilando las historias de vida de las personas que se han cruzado por su camino. Su género preferido es la crónica y su inspiración el periodista polaco Ryszard Kapuściński.

Ha publicado crónicas de sus viajes por el Kurdistán en medios independientes y artículos periodísticos y mapas en medios electrónicos.

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