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El Coajinque y el agua tapatía

Carlos Efrén Rangel habla nuevamente del agua, pero en esta ocasión hace referencia al arroyo Coajinque, que fue durante muchos años el límite sur de Autlán y un espacio de recreación. El cauce está seco la mayor parte del año y abundan los espacios que son utilizados como basureros.

El Coajinque. Foto: Topete.

“Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. Al refrán mexicano lo único que le falta es la explicación para los lampiños que no han vivido la tortura de afeitarse en seco.

La semana pasada tuve presente en este espacio la didáctica del agua: las formas en que la contaminación y la ineficacia del sistema de agua potable en Guadalajara provocaron movilizaciones sociales con reclamos por lo pestilente y sucio del vital líquido. Estas movilizaciones fueron reprimidas y dejaron lecciones a la sociedad civil sobre participación en la vida colectiva, y a los gobiernos sobre la importancia de incluir una visión que supere los contratos y los esquemas financieros.

Aunque esta crisis no tuvo su origen en un solo espacio, usemos una referencia que nos sirva de contraste. El río Santiago es uno de los afluentes más relevantes para la capital de Jalisco y, hasta la década de los setenta, tenía un espacio natural de orgullo: las cascadas de El Salto fueron conocidas como el Niágara mexicano. Pero en esa época comenzaron los vertidos de aguas sucias de la industria y las viviendas, y el río comenzó un rápido deterioro que tuvo uno de sus puntos más álgidos cuando, en febrero de 2008, el niño Miguel Ángel murió intoxicado días después de caer al río.

En Autlán no hay una cascada de esas dimensiones, pero sí un espacio emblemático: el arroyo Coajinque, que fue durante muchos años el límite sur del pueblo y un espacio de recreación. No hace mucho me encontré una fotografía. La leyenda dice que la tomó Topete y no hay fecha visible.

En esa fotografía aparecen nueve varones rodeados de enormes árboles. Esto no es raro, pues la memoria colectiva tiene claro que la hoy calle donde se ubican la UPN y la unidad deportiva Cosío Vidaurri era conocida como la calle de los huitzilacates, por la abundancia de estos gigantes que alcanzan hasta los 15 metros, de los que solo queda uno, frente a un restaurante de mariscos.

El contraste entre la foto y la actualidad golpea: es una zona deforestada, el cauce está seco la mayor parte del año y, en cambio, abundan los espacios que son utilizados como basureros. El más grave en este momento se ubica a unos 500 metros arroyo arriba del puente: toda una pendiente de la margen norte es vertedero de desechos. Y a partir del vado de la colonia Camichines, se agrava el problema de las aguas negras y el drenaje, que despiden el mismo aroma que los tapatíos describen en el agua que sale de las llaves.

Dirán que el agua potable de Autlán no tiene el mismo origen, que los pozos profundos y las tuberías que vienen de Manantlán plantean otros retos. Y seguramente tendrán razones técnicas. Pero el agua tiene componentes de civilidad y de responsabilidad colectiva incompatibles con normalizar la descarga de basura y de aguas negras, tal como ocurrió en el Niágara mexicano, que hoy es uno de los rostros más dramáticos y visibles de la contaminación del agua en la capital de Jalisco.

agua

Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Maestro en Educación Básica.

Actualmente es profesor de español en secundaria y de Maestría en la Unidad 143 de la UPN. Desde los 17 años ejerció como reportero y comunicador en radiodifusoras y periódicos locales en Autlán. Aficionado práctico de la literatura, la crónica taurina y las columnas de opinión.

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