A las seis de la tarde el filo cortó el agua y el diluvio llegó. Justo en ese momento, la bandera de México descendió lentamente del mástil que corona la torrecilla del reloj en el Palacio Municipal de Autlán. Escoltada por policías, fue trasladada al Altar a la Patria, que es una escultura del tamaño de una habitación que cada año se instala para hacer guardias de honor durante la ceremonia del Grito. Los policías explicaron que su función en ese momento era solo depositarla y retirarse, pero la bandera no podía quedarse sola. Insisto: en ese momento, sobre Autlán caía un diluvio.
Para la columna de esta semana me pareció oportuno compartir con los lectores de El Letrero en la Pizarra la experiencia que viví como integrante de la Junta Patriótica de Autlán el pasado 15 de septiembre, cuando se vive el clímax de las fiestas patrias con el Grito, los fuegos artificiales y una fiesta que se mimetiza con el acto cívico de rendir honores a la bandera y a los héroes. Este año, esas horas pasaron por agua y, que así ocurriera, me hizo pensar que las tormentas, una vez que pasan, no dejan el mundo exactamente igual que como lo encontraron: hay de tormentas a tormentas y de transformaciones a transformaciones. Pero siempre algo cambia.
Regreso a las seis de la tarde. En el rol de guardias correspondía a estudiantes de una escuela de Autlán relevar a los policías; sin embargo, los niños, con toda justicia, decidieron que el vendaval que se sentía podía ponerlos en riesgo. Así que seis integrantes hicimos el recorrido al altar, mientras otros organizaban a las personas para que no se mojaran o resguardaban los micrófonos que soportaban el agua.
Desde el Altar a la Patria, y durante alrededor de 25 minutos, observé lo más duro de la tormenta: vientos que agitaron el lábaro patrio, una cortina de agua que apenas permitía distinguir los edificios a 50 metros de distancia, ríos que comenzaron a correr por las calles y que nos hicieron temer, por un momento, que lo que ya estaba montado no resistiera. El agua amainó y otro equipo nos relevó, y así hasta el final de la ceremonia, en la que participaron decenas de autlenses pertenecientes a escuelas, instituciones públicas, partidos políticos y dependencias de gobierno. Además, estuvieron presentes cientos de personas que, con un paraguas, sortearon la lluvia.
La experiencia me hizo pensar en las tormentas mexicanas. En el padecimiento de las personas desaparecidas y sus familias. En las precarias condiciones laborales y de vida que están desincentivando a las personas a tener hijos. En las amenazas externas que mantienen tensos los tambores de guerra. En los propios procesos internos, cada vez más confrontados y sin muchas alternativas sólidas.
La violencia de las borrascas asusta y, por momentos, paraliza. Si en medio de ellas encontramos la manera de organizarnos, de protegernos los unos a los otros, de buscar refugios y sumar esfuerzos, las aguas y los vientos frescos pueden ser el origen del reverdecimiento de los campos.
No es solo una cuestión de punto de vista, sino de actuación en ese escenario en el que, incómodo y por momentos peligroso, hay algo claro: la bandera que representa el pacto que nos integra no puede quedarse sola.





