Reina comenzó el oficio de pepenadora hace 12 años, su labor es independiente y no tiene seguro médico que la respalde. (Foto: Esther Armenta León)

Vivir de la basura: historia de una pepenadora en Autlán

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Reina comenzó el oficio de pepenadora hace 12 años, su labor es independiente y no tiene seguro médico que la respalde. La madre y trabajadora en el relleno sanitario, pasa de 6 a 7 horas al día para recolectar aproximadamente 400 kilos de materia reciclada, por semana, que vende a un precio malbaratado que ronda en menos de 3 pesos el kilo, según sea el material a intercambiar.

Por: Esther Armenta

Autlán de Navarro, Jalisco. 07 de julio de 2020. (Letra Fría) Reina no vio al bebé sin vida el 18 de noviembre del año pasado, pero recuerda la presencia de un hombre muerto al que los pepenadores también encontraron en los surcos del relleno sanitario de Autlán, años previos al 2019. Sobre los montículos de basura, la vida de pepenadores y aves de rapiña conviven con la muerte, la que se manifiesta en objetos liquidados por el desuso y abandono de quienes fueron sus dueños en tiempos útiles. 

Por las mañanas, Reina deja el rol de madre en casa y dedica las horas a sentir el sol abrazar su cuerpo, al que cubre desde los pies y hasta la nuca, para que las brasas disipadas en rayos de luz no la quemen.

Con su atuendo parece zapatista; tiene el rostro cubierto y su mirada jugando a ser desafiante durante las 6 o 7 horas que pasa caminando entre la podredumbre de una ciudad que desecha cartón, aluminio y vidrio sin medida, el que luego es recogido y vendido por un precio malbaratado que ronda en menos de 3 pesos el kilo, según sea el material a intercambiar.

Reina es pepenadora, y en la cacería del reciclaje su suerte no es privilegiada; no hay nada de extraordinario. Ella comenzó ese oficio hace 12 años, dice que lo único que haya en su rastreo, es la incertidumbre de recoger una enfermedad, no dice cuál,  podría tratarse de cualquiera: una infección desconocida o incluso coronavirus, enfermedad bastante popular en los últimos 3 meses. Si los miedos de la mujer con el rostro oculto se materializan y ella o alguno de sus compañeros se enferman a causa de su trabajo en el relleno, la cuenta sonará en la economía familiar, su labor es independiente y no tienen seguro médico que los respalde

En Autlán se violenta la Norma Oficial Mexicana 087. (Foto: Esther Armenta León)

Los peligros de contraer una enfermedad, podrían venir, a primera vista, de los contenedores que vuelcan jeringas, trajes quirúrgicos y otros instrumentos de curación  hospitalaria, los cuales según la Norma Oficial Mexicana 087, no deberían estar aquí, en el relleno. 

Cuando Reina se aleja de los montículos de basura y toma una pausa, explica que la basura hospitalaria es la de mayor riesgo para ellos.

“Para nosotros yo digo que las jeringas y las volturas, ya últimamente las avientan así nada más, antes era una fosa y ahora las avientan como sea”. 

Con los pasos clavados en los cúmulos de basura y los ojos libres, Reina se convirtió en acechadora de miedos a comienzos de marzo, mes declarado el inicio de la  emergencia sanitaria por coronavirus en Jalisco. Fue entonces cuando los temores de la ciudad, a 6 kilómetros del basurero,  cobraron forma de cubre bocas y se mudaron ahí, al borde de las suelas de sus zapatos, los que escalan cerros imitadores de las montañas del valle, alimentados diariamente por más de 90  toneladas de basura provenientes de todo el municipio. 

Hace seis años, Autlán de Navarro producía 90 toneladas de basura diarias, pero actualmente las autoridades desconocen cuánto recibe el relleno sanitario diariamente.

Cada semana son 400 kilos de materia reciclada los extraídos por cada pepenador, según los testimonios de los trabajadores. Aún con la extirpación que hacen los más de 20 buscadores de reciclado, el lugar está al borde del colapso, su capacidad deberían tener una resistencia de 10 años, tiempo que inició a contarse en 2017 con su reapertura, pero a 3 años de eso, los cerros artificiales parecen agonizar con el 70 por ciento de su capacidad ocupada.

Al paso de los años, son los buscadores de residuos los que presencian la evolución del terreno y el crecimiento de la mancha desorganizada de desechos que vienen de todas partes: hospitales, fiestas, oficinas, escuelas.

La madre y trabajadora en el relleno sanitario, pasa de 6 a 7 horas al día para recolectar aproximadamente 400 kilos de materia reciclada, por semana, que vende a un precio malbaratado que ronda en menos de 3 pesos el kilo, según sea el material a intercambiar. (Foto: Esther Armenta)

Las vidas desiguales y distantes de la ciudad, se vuelven una en el sepulcro de artículos coleccionados en el suelo a partir de la década de los 90´s, cuando se abrió por primera vez el basurero en la parte alta del terreno, hoy convertido en una montaña fétida. En la parte baja, donde trabaja Reina, el hedor no es menor, los rastros de existencia parecen desprender su alma pestilente. 

“La mera verdad sí da miedo, porque al enfermarse uno ya no van a dejar entrar a nadie aquí, al relleno. Dice la recolectora, mientras carga una bolsa negra llena de botellas de plástico, antes de dar otro paso y volver a trabajar”.

Debería tener miedo, es justificado. Héctor Olivares, maestro en salud pública del Instituto Nacional de Salud Pública, dice que pepenadores y recolectores de basura, pueden ser portadores, en cualquier momento, de infecciones parasitarias, infecciosas y enfermedades crónicas que no se ven de inmediato, pero que terminan por aparecer.  

“Hay quienes duermen y se reproducen en esos espacios, están sometidos a una serie de mecanismos que transforman cualquier nivel de calidad de vida. Piensa en la misma cuestión física de su desempeño, en la escasez de agua para lavarse las manos, que deban comer en esos entornos, que están lejos de la ciudad para ir y venir, hay mayor exposición de riesgo que los que tienen posibilidad de otros estilos de vida”, dijo a Letra Fría.

La exposición permanente de este grupo no ha sido de interés para las autoridades, asegura el médico de profesión, pues de tomarlas en cuenta, su lugar de convivencia tendría otras características. 

“Yo creo que ellos son un grupo vulnerable muy poco abordado por las mismas instituciones de salud, cuando se habla de grupos vulnerables hablamos de otros, pero este grupo social en específico; los pepenadores, son un grupo social marginado y tienen riesgo potencial a enfermedades”.

La gente que habita el relleno es muy evidente, tan pronto llegas están ahí, dispersos entre la humedad y el  sonido de la aplanadora que no cesa. A veces buscando, otras tomando el desayuno debajo de los árboles en el camino que lleva hasta el relleno, pero están ahí, a pesar de la invisibilización del gobierno y las instituciones.

MA/MA

*Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la fuente. Se prohíbe su reproducción si es con fines comerciales.

Periodista egresada de la Licenciatura en Periodismo en el Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara. Tiene afinidad al periodismo narrativo. Colaboradora en Letra Fría desde 2017 y reportera a partir de mayo del 2019.

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