Las modas digitales dicen mucho de lo que somos, de lo que aspiramos y de lo que nos duele. Estos días ha sido tendencia el año 2016, al que miles de personas regresan con publicaciones de fotos, videos e historias de esa época cargadas de nostalgia. Esa emoción subyacente me parece que es la clave. Nos asomamos a una década atrás como quien abre una ventana a un mundo menos doloroso, lo cual no es del todo cierto. 2016 fue un punto de inflexión, no una época dorada.
Déjenme puntualizar que también he disfrutado de ver fotos y videos de hace diez años, de escuchar la música de esa época y de recordar el tipo de situaciones que vivía, que ciertamente en nada se parecen a las actuales. Bajo ninguna circunstancia menosprecio subirse a esta tendencia, pero creo que demanda un filtro crítico para evitar que se reduzca a la experiencia anecdótica.
2016 fue el año en que se estrenó en el cine Capitán América: Civil War; el año en que Michael Phelps se consagró en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro con más medallas de oro que nadie en la historia; el año en que Autlán y Jalisco volvieron a ser gobernados por el PRI, con Fabricio Vizcarra y Aristóteles Sandoval, respectivamente. También fue el año en que se empezaron a romper los moldes que contuvieron, en relativo orden, al planeta después de la Segunda Guerra Mundial.
Algunos acontecimientos
El Reino Unido materializó el Brexit, su salida de la Unión Europea, lo que se identificó como el inicio simbólico del repliegue nacionalista, del cuestionamiento al multilateralismo y de la ruptura de consensos que permitían afrontar los retos y las amenazas de manera colectiva. La expresión más radical y más reciente de esa lógica es el gobierno de Donald Trump queriéndose adueñar de Groenlandia.
A nivel nacional también cambió el escenario: el amplio espectro de expresiones políticas mexicanas se redujo a dos opciones: fifí o chairo, sin derecho a disentir en los matices, y la polarización implantada en el discurso se enquistó en nuestras acciones, lo que hace difícil vernos sin hostilidad en medio de la innegable diversidad. Había más certezas y menos ambigüedad. Los memes en internet eran para reír más y para pelear menos. Pero no se trata de romantizar, sino de entender que las novedades e incluso los conflictos ocurrían en un marco reconocible y que ahora cambian sin previo aviso.
La nostalgia
Nostalgia. Esa palabra es utilizada con frecuencia en La Odisea para describir el deseo doloroso de Ulises por volver a Ítaca, su patria, o más concretamente, el recuerdo de su patria. Al regresar, se encuentra con su palacio invadido y con un sinfín de hombres que aspiran a su trono y al amor de Penélope, su esposa. El paraíso ya no existe. Lo que existe es la posibilidad de reconstruirlo.
Recordar 2016 es una oportunidad para pensar en lo que perdimos cuando dejamos de ver la cooperación, a pequeña y gran escala, como una forma de afrontar los problemas comunes. Cuando empoderamos discursos nacionalistas que hoy tienen al planeta al borde del colapso.
Es la oportunidad de ver lo que se perdió y de reconocer que aún quedan posibilidades de reconstruirlo; pero para eso, es necesario ver al pasado con más criticidad y menos romanticismo, mientras al futuro hay que verlo con esperanza.





